Conjunción de elementos para inducir a creer.

La literatura ha convertido todo eso en metáfora o alegoría. La religión en Mitos, relatos misteriosos, fábulas, leyendas y quimeras, impregnadas de misterio tanto más cuanta mayor es la fantasía del rapsoda. Propias para hacer llorar al niño o emocionar al anciano.
Han creado semi-divinidades con poderes --espíritus, dáimones, “demonios”-- como personificación de “lo malo”, todo para poderlo conjurar. Todas las religiones los han creado, “por si acaso”. Y los han creado quizá antes de que surgiera la imagen del Dios bueno: el mal es fuente primera de religiosidad.
Lo puro y lo impuro, o cómo el asco que determinada persona pudo sufrir de un alimento en mal estado pasó a las generaciones posteriores.
O cómo algo deseado y no tenido engendró, del deseo, el apetito y la bondad. Es un suponer.
La conjunción de todos los elementos anteriores, todos a la vez, pueden hacer surgir en el individuo una idea, la de que existe “algo espiritual” a lo que hay que temer o respetar.
Ciertamente es difícil comprender en su totalidad al hombre –comprehenderlo--, pero para eso está la Psicología científica.
Hay estados de ánimo que “sienten” el misterio especialmente en determinados lugares, que vislumbran “algo raro” en ellos; es el sentimiento de terror nocturno en parajes escondidos; es la espalda insegura al dejar un lugar.
Son sentimientos, por otra parte, que incitan a la erección de un templo en determinado sitio con la no percibida intención de que Dios se enseñoree del paisaje.
Nada que la cultura de determinada época no explique o que una correcta educación no cure. Representaciones de la imaginación visual o auditiva que una mente despierta puede comprender.
Siempre la presunción de grandes dioses que están por encima de todo. Es esa divinidad, dicen, latente en todas las religiones, aún las más primitivas. Es el presentimiento, dicen, el que percibe tal “realidad”.
De nuevo un Dios “deducido” de presentimientos vagos.