La gracia de estado frente al malestar de los ungidos.

Hay veces en que uno no sabe si puede haber puntos de contacto con los creyentes o no, porque son concepciones diametralmente opuestas de la vida y del mundo.
Se da por supuesto que nos referimos a los creyentes en tanto en cuanto mantenedores o defensores de una determinada visión de la vida.
Cuando hablan del mundo lo entienden como algo “destinado a”, “en función de"... amén de tildarlo de intrínsecamente perverso: el mundo, como uno de los enemigos del alma. Al menos podemos estar de acuerdo en que, en esto, no estamos de acuerdo.
Según dicha concepción del mundo y de la vida, el individuo ha de construir y forjar su personalidad subjetiva bajo presupuestos de huída, lucha, enfrentamiento, afanes de conversión, recelo… Evidentemente también podemos estar de acuerdo en que en esto no hay acuerdo. La personalidad del hombre ha de forjarse según criterios sociales y socializantes e integradores.
Esto, en psicoanálisis, es indicativo de que existen unas fuerzas poderosas más o menos ocultas que les inducen a pensar y tomar postura ante la vida en una determinada dirección.
Dicen que el consagrado al Señor dispone de una gracia especial, que llaman “gracia de estado”. Tampoco en esto podemos estar concordes, porque jamás la psicología podrá descubrir ni su existencia como influjo vectorial ni su esencia: dado que no se puede saber nada de ella, tampoco puede ser objeto de análisis. Si un paciente acude a consulta por dolores punzantes en el pecho y le dice al doctor que son debidos a un rayo de luz que ha salido del sagrario, ¿qué podrá decir el médico?
Lo que sí es cierto, palpable, evidente y analizable es la personalidad especial del “elegido del Señor”. ¿Es por la “gracia de estado”? Convencidos estamos de que no. Es algo más sencillo de explicar: se debe a las características de su función y al adoctrinamiento recibido en choque continuo con la realidad.
Hasta los aspectos más nimios de la vida del consagrado han contado con el análisis puntual de la teología. Cualquier aspecto de su vida, positivo o negativo, contaba con la correspondiente disquisición teologal. Pero dos mil años de “análisis” no han conseguido erradicar los traumas padecidos una y otra vez por muchísimos “ungidos de Dios”.
Los problemas, dificultades, traumas… vividos por ellos son específicos, es decir, no se dan en ambientes externos. Podrán decir que “en todas partes cuecen habas” o negar la evidencia diciendo que “nunca había sido tan feliz como después de consagrarme a Dios”. Cierto que habrá más de uno que viva “en plenitud” la vida a la que “ha sido llamado”, pero la inmensa mayoría padecen conflictos psicológicos –de mayor o menor calado y duración, manifestados antes o después— que les son propios.
Lógico es preguntarse por qué, si tienen una “gracia especial” que les ayuda en las dificultades. Cuando un sacerdote, un fraile, una monja… experimentan “tentaciones” de abandono, de dejar todo, de “largarse”, las más de las veces acuden al confesor, al director espiritual, rara vez al psicólogo o al psiquiatra (a fin de cuentas, terapeutas de uno u otro signo).
¿En qué lugar queda esa gracia si no sirve de nada cuando más se la necesita, si el sentimiento regresa una y otra vez? Si la vocación para elegido del Señor lleva consigo una “gracia de estado”, lógicamente todo sacerdote o religiosa podrá encontrar curación a sus temores, males, padecimientos, angustias… en el propio camino individual. Pero, ah, la gracia de estado sólo subviene males espirituales. Los padecimientos físicos, de convivencia, de desafección... no tienen cabida.
Cuando el canónigo, a las tres de la tarde un domingo “cae en la tentación” de visitar a tal viuda o a tal piadosa soltera y se dedica a hurgar en sus sentimientos, a inquirir sobre sus prácticas higiénicas, revolviendo en su armario, solazándose con la suavidad de su ropa interior… sabiendo que “eso no está bien”, ¿dónde está la gracia de estado para resistir el deseo vehemente de salir?
Cuando la monja roza una y otra vez el costado de la hermana y siente alborotarse su interior con un extraño gozo y vuelve la cabeza una y otra vez buscando sus miradas… ¿dónde está la “gracia de estado” que no reprime tal sentimiento de clara homosexualidad?
En un “ataque” de honestidad intelectual –parece— el llamado “doctor angélico”, Tomas de Aquino, dijo que “la fe presupone el conocimiento natural, como la gracia presupone la naturaleza y la perfección presupone lo perfectible". Su afirmación es, lógicamente temporal, porque la sociedad de su tiempo se atenía a ese pensamiento. Hoy no es así. De hecho la existencia de los consagrados al Señor es clara evidencia de una contradicción continua de la naturaleza. ¡Es más, parece que para eso es “la gracia de estado”, para no “sucumbir” a la naturaleza!