La otra ley de la santificación: mayor inversión, mayor rentabilidad.
En el resto de las religiones "serias" hay individuos a imitar, personajes que han pasado a la historia por su bonhomía... pero no son númenes, semidioses o intercesores "obligados".
También en esto la Religión Cristiana se apropió del Olimpo clásico, elevando a tal categoría, la de semidioses, a sus personajes más eximios.
Esto ya es indicativo de algo. Algo que debiera hacer pensar a quienes orlan la testa de sus progenitores en la fe con luminarias circulares a quienes elevar quejas y pedir favores.
Aparte de tales consideraciones “numinosas”, La Iglesia Católica ha llegado, de manera subrepticia, a tal figura programática y dogmática también por la vía de la teoría económica: jamás se puede hacer una “inversión” en vano y el tinglado de la santidad es una inversión sumamente rentable.
Uno de los prototipos inversionistas en lo divino fue el siniestro Cirilo de Alejandría, recordado no ha mucho por su papel instigador en la muerte de la célebre Hipatia de Alejandría.
Es evidente que Cirilo ha dejado de estar presente entre las masas crédulas y, como mucho, será objeto de estudio por algún despistado que quiera obtener el "summa cum laude". Entre otras cosas porque no tiene otro cometido añadido contra males de costado o afecciones de riñón.
Este buen hombre, el siniestro Cirilo de Alejandría, gran “doctor” de la Iglesia, dilapidó sumas ingentes de dinero –no suyo, sino de la comunidad cristiana de Alejandría— para conseguir que María fuese proclamada “madre de Dios”, Zeotokos. Dejó esquilmada su "diócesis" para décadas sucesivas.
Pero rentable fue la inversión a la vista del resultado histórico: de una tal María surgieron cientos de miles de vírgenes, “a tanto” la peregrinación y “a tanto” la prorrata por corona y manto. Y no es pensable que el catálogo disminuya o se haga concentración de ellas: cada una aporta su granito de sentimiento.
La rentabilidad santera dura lo que dura. No es probable que la Madre Maravillas tenga virtualidad crematística dentro de cien años, pero mientras tanto su intercesión libra de la bancarrota al menos a las Carmelitas Descalzas de Aldehuela.
Congregación sin santo, está destinada al olvido más siniestro y a su extinción. Es lo "segundo" que procuran las sociedades sacras de nueva hornada y a ello se aplican comisiones específicas de congregantes festeros.
El nuevo santo es garantía de predilección divina. Y mientras así se lo crean quienes a él confían su párkinson, salvada está la plebe congregacional: favor recibido, favor pagado... que nunca el fervoroso será desagradecido.