El modo de imponerse una verdad.
bases intelectuales sólidas y extensas,
tener muy claro el ideal,
haberlo vivido,
haberlo experimentado
haber contrastado su validez
saber transmitirlo para poder convencer sin imponerlo.
La verdad sólo puede ser aceptada si se presenta desnuda: si se impone deja de ser verdad (1).
Cuando se trata de la vida de los demás, no es válida la sentencia filosófica de lo que es real es racional y lo que es racional es real, aunque salga de labios de un célebre filósofo teutón. Hacen falta más referencias.
La ejemplaridad -sensu lato-- de tal realidad de donde nace la posible autoimposición de la verdad, conlleva una reflexión subsiguiente o consecuente en el sujeto.
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Estado, proceso y suceso de que habla un filósofo. Tres momentos de la realidad. Y tres posibles referencias de verdad. La cosa es; la cosa proviene o deriva; la cosa o bien pasa ante nosotros o nosotros pasamos ante ella de manera fugaz.
En cada situación, un conocimiento, una posible reflexión y un previsible juicio. Las más de las veces nunca se llega al “es”.
Y cuando creemos llegar, el “es” queda condicionado por el “a-parece”, el suceso que esconde al “es” pero parece ser. Tal “suceso” puede generar distintos tipos de juicio en los demás: el que se cree que es, con la única referencia de “lo que está”; el del que ve venir lo que es; y el que se tenía y no cambiará por el suceso.
Puede parecer abstruso este razonamiento, pero tiene más importancia práctica de lo que parece:
--un arrebato genera un homicidio: el homicidio es un “suceso” que puede responder o no a un “proceso” (nadie “es” homicida por “estado”);
--la ley, “lo que está”, cambiará “al que cree que es” por lo que cree que “debe ser”, pero que ya era.
Tremenda y paradójica realidad. Y tres posibles pre-juicios:
--uno, “mi hijo no es así”;
--dos, “no me lo puedo creer, era un vecino ejemplar”;
--tres, “¡qué perversión, qué degenerado!”.
¿Dónde está la verdad?