La parsimonia vacía de los ritos.
Mes de agosto, fin de las faenas agrícolas --eso en otros tiempos, que en los actuales hace ya más de un mes que se han terminado--, fiestas patronales, entre ellas la más señera, "la Virgen de Agosto"...
Todo ello ha dejado de tener el sentido y la solemnidad que en otros tiempos tenía. Hoy los pueblos celebran sus fiestas en función de los turistas o de los vecinos autóctonos emigrados a las ciudades... Hay más gente.
Y comienza la fiesta con cohetes, pregones, música inaguantable que hace vibrar el estómago y "misa mayor".
Cuando los veo ante mí con los ojos de la ironía, se me nubla la vista por las ganas de reír. Procesión de entrada. Lentos, parsimoniosos, serios, circunspectos, a paso de elefante, sintiendo los ojos pringosos de los fieles sobre el cogote; revestidos de acartonados colorines. Si hay obispos, tocados con gorros altos y picudos bordados con todo primor por monjas anónimas que pusieron todo su orgullo en ese trabajo; el báculo repujado de plata como tercera pierna siempre al frente amortiguada por zapata de goma; larguísima venia ante el ara; incienso, humo que recorre los espacios, olor que trasplanta recuerdos; besos a la piedra; brazos que se alzan; cantos que han hecho deserción de cualquier relación con el sentimiento...
Todos los ritos, de todas las religiones, son iguales, pero los que he conocido en Centro y Sudamérica al menos tienen más “ritmo”, más “fiesta”, más movimiento, más “ganas de vivir” –si tal se puede llamar a ritos que sólo hacen relación a la muerte y a sus muertos--.
Todo eso, hoy, como mero folklore. Todas las celebraciones públicas festivas de raigambre religiosa han derivado hacia el “ámbito cultural”, turismo y folklore.
El que canta a la “virgen dolorosa” se siente observado por las cámaras de televisión y ya no sabe si canta por... o canta para... La romería a la ermita siempre se queda en la campa que se extiende frente a la fábrica de la iglesia: allí se busca el sitio para extender los manteles; lo importante es la música, el baile y la convivencia festiva... Todo ha parado en epifenómeno de culturas escleróticas.
El problemas de tales celebraciones es que no hay "repuesto". Y porque no tenemos repuesto estamos asistiendo a la pretendida creación de pseudo-mitologías futuristas derivadas de culturas de cáscara.
No hay naves espaciales ni tarots salvadores para las inquietudes humanas. El repuesto ha de ser otro.
Y por no echar por tierra tanta elucubración esotérica, dejemos tales “evidencias” en el pre o sub-mundo de lo hipotético, digno de mejor suerte probatoria. El repuesto es otro.
Todo ello ha dejado de tener el sentido y la solemnidad que en otros tiempos tenía. Hoy los pueblos celebran sus fiestas en función de los turistas o de los vecinos autóctonos emigrados a las ciudades... Hay más gente.
Y comienza la fiesta con cohetes, pregones, música inaguantable que hace vibrar el estómago y "misa mayor".
Cuando los veo ante mí con los ojos de la ironía, se me nubla la vista por las ganas de reír. Procesión de entrada. Lentos, parsimoniosos, serios, circunspectos, a paso de elefante, sintiendo los ojos pringosos de los fieles sobre el cogote; revestidos de acartonados colorines. Si hay obispos, tocados con gorros altos y picudos bordados con todo primor por monjas anónimas que pusieron todo su orgullo en ese trabajo; el báculo repujado de plata como tercera pierna siempre al frente amortiguada por zapata de goma; larguísima venia ante el ara; incienso, humo que recorre los espacios, olor que trasplanta recuerdos; besos a la piedra; brazos que se alzan; cantos que han hecho deserción de cualquier relación con el sentimiento...
Todos los ritos, de todas las religiones, son iguales, pero los que he conocido en Centro y Sudamérica al menos tienen más “ritmo”, más “fiesta”, más movimiento, más “ganas de vivir” –si tal se puede llamar a ritos que sólo hacen relación a la muerte y a sus muertos--.
Todo eso, hoy, como mero folklore. Todas las celebraciones públicas festivas de raigambre religiosa han derivado hacia el “ámbito cultural”, turismo y folklore.
El que canta a la “virgen dolorosa” se siente observado por las cámaras de televisión y ya no sabe si canta por... o canta para... La romería a la ermita siempre se queda en la campa que se extiende frente a la fábrica de la iglesia: allí se busca el sitio para extender los manteles; lo importante es la música, el baile y la convivencia festiva... Todo ha parado en epifenómeno de culturas escleróticas.
El problemas de tales celebraciones es que no hay "repuesto". Y porque no tenemos repuesto estamos asistiendo a la pretendida creación de pseudo-mitologías futuristas derivadas de culturas de cáscara.
No hay naves espaciales ni tarots salvadores para las inquietudes humanas. El repuesto ha de ser otro.
Y por no echar por tierra tanta elucubración esotérica, dejemos tales “evidencias” en el pre o sub-mundo de lo hipotético, digno de mejor suerte probatoria. El repuesto es otro.