No casa muy bien la pretensión con la situación: el crédulo pretende llegar a la unión con Dios por el conocimiento y el sentimiento, por el sacrificio y el desprecio de las cosas de esta mundo.
Pero también y necesariamente se afana por las posesiones de la tierra, también pone mojones a sus fincas, también busca el mejor restaurante, también atiende al intestino grueso en paredes de azulejos hasta el techo, también pone rejas a las ventanas de su casa...
Es en todo igual a los demás.
Pero cuando penetra en el templo, necesariamente siento pudor por todo eso, pretende olvidarlo porque no “casa” con la casa de Dios... No puede meter el mundo por la “aguja” de la Iglesia.
Y, por descontado, no sabe que los accesos traseros son verdaderos portalones.