Escándalo Eclesiástico (En Extremadura)
En el monasterio extremeño de Guadalupe se celebró recientemente una piadosa “concentración”, con todas las connotaciones propias de “peregrinación”, a la que además, y en plenitud de razones, no le faltó el añadido de “protesta”, lo que en este caso le supuso un plus de interés y de devoción, que la hizo ser aún más religiosa.
El caso al que hice aquí ya repetidas referencias es que la Virgen de Guadalupe, patrona canónica y oficial de Extremadura, cuya fiesta es a la vez la oficial de su Comunidad Autónoma, eje y signo de identidad del pueblo y de sus gentes, sigue perteneciendo eclesiásticamente a la demarcación diocesana “primada” de Toledo, junto con una treintena de localidades, veinte de la provincia de Badajoz y once de la de Cáceres. La historia refiere que estos territorios, con sus pingües beneficios y rentas económicas, fueron comprados por los entonces todopoderosos arzobispos medievales de Toledo, con otros lugares, pero de los que hoy tan sólo siguen permaneciendo los de la región extremeña, como botín y restos de pasadas glorias.
La asociación “Guadalupex” reúne, congrega y encauza las aspiraciones de unidad religiosa y cívica de los extremeños, con el compromiso de no cejar en la constructiva tarea de gestionar que cuanto antes la provincia eclesiástica de Extremadura coincida en sus límites autonómicos, tal y como lo demandan el sentido común, el pastoral y el político . No son pocos los cristianos extremeños que mariológicamente se sienten huérfanos al no pertenecer el santuario de su Patrona -“Patrimonio de la Humanidad” por más señas-, a cualquiera de las diócesis de la robusta y entera “tierra de los Conquistadores”.
Así las cosas, pese a dificultades hasta “canónicas” a la hora de calificar la citada peregrinación -como si la patente y acreditación del nombre tuviera que ser oficial-, con cortapisas episcopales para la celebración de la misa y con el silencio de medios de comunicación social afines, el hecho es que, dentro del orden religioso y cívico, la “peregrinación-protesta” al santuario de la Virgen de Guadalupe resultó un éxito demostrable tanto con medidas de fervor como con las de los cómputos numéricos.
El título de mi artículo lo justifican la ausencia de representantes episcopales de las tres diócesis extremeñas y de la de Toledo y la sensación generalizada de que la voluntad del Pueblo de Dios por esas tierras es coincidente con lo expresado y vivido en la referida “peregrinación-protesta”.Quienes piensen de otra manera, seguramente que encontrarían caminos de convencimiento mediante las fórmulas hoy al uso coincidentes con procedimientos limpia y sagradamente democráticos. Saltan a la vista y así lo reconocen el mismo Código de Derecho Canónico, los concordatos, la Conferencia Episcopal, el Concilio Vaticano II y la misma Asamblea Regional de Extremadura, las ventajas que tiene el que los límites de las demarcaciones- circunscripciones eclesiásticas coincidan con los político-administrativos, en beneficio del pueblo en general, que es también Pueblo de Dios.
El hecho tachado como escandaloso es ciertamente único en España y poco coherente además con el sentido de la común-unión, misión y ministerio de la Iglesia por definición propia, y más en un mundo como el actual tan necesitado de ejemplos y vivencias radiantemente comunitarias, sagradamente exentas de cualquier atisbo que pueda significarles a tierras desamparadas como las extremeñas una señal de desprestigio, que solamente podrían fundamentarse y hallar alguna explicación en los más añejos capítulos de historias medievales aureoladas de artificios “primados” cardenalicios, propios del “tercer rey de España”.
En realidad la Iglesia está ya sobrada de escándalos de otro tipo como para que no se hagan toda clase de esfuerzos humanos y divinos para ahorrarle los inherentes a las incoincidencias rutinarias oficiales de los límites administrativos de las respectivas diócesis. Con comprensión y absolución somos ya muchos los que prometemos seguir empeñados en contribuir a que cuanto antes se elimine esta ocasión de escándalo y desprestigio absurdo que se les propina a los extremeños que, al igual que otros pueblos de España, intentamos también sanamente descubrir y fundamentar nuestras raíces autonómicas.
El caso al que hice aquí ya repetidas referencias es que la Virgen de Guadalupe, patrona canónica y oficial de Extremadura, cuya fiesta es a la vez la oficial de su Comunidad Autónoma, eje y signo de identidad del pueblo y de sus gentes, sigue perteneciendo eclesiásticamente a la demarcación diocesana “primada” de Toledo, junto con una treintena de localidades, veinte de la provincia de Badajoz y once de la de Cáceres. La historia refiere que estos territorios, con sus pingües beneficios y rentas económicas, fueron comprados por los entonces todopoderosos arzobispos medievales de Toledo, con otros lugares, pero de los que hoy tan sólo siguen permaneciendo los de la región extremeña, como botín y restos de pasadas glorias.
La asociación “Guadalupex” reúne, congrega y encauza las aspiraciones de unidad religiosa y cívica de los extremeños, con el compromiso de no cejar en la constructiva tarea de gestionar que cuanto antes la provincia eclesiástica de Extremadura coincida en sus límites autonómicos, tal y como lo demandan el sentido común, el pastoral y el político . No son pocos los cristianos extremeños que mariológicamente se sienten huérfanos al no pertenecer el santuario de su Patrona -“Patrimonio de la Humanidad” por más señas-, a cualquiera de las diócesis de la robusta y entera “tierra de los Conquistadores”.
Así las cosas, pese a dificultades hasta “canónicas” a la hora de calificar la citada peregrinación -como si la patente y acreditación del nombre tuviera que ser oficial-, con cortapisas episcopales para la celebración de la misa y con el silencio de medios de comunicación social afines, el hecho es que, dentro del orden religioso y cívico, la “peregrinación-protesta” al santuario de la Virgen de Guadalupe resultó un éxito demostrable tanto con medidas de fervor como con las de los cómputos numéricos.
El título de mi artículo lo justifican la ausencia de representantes episcopales de las tres diócesis extremeñas y de la de Toledo y la sensación generalizada de que la voluntad del Pueblo de Dios por esas tierras es coincidente con lo expresado y vivido en la referida “peregrinación-protesta”.Quienes piensen de otra manera, seguramente que encontrarían caminos de convencimiento mediante las fórmulas hoy al uso coincidentes con procedimientos limpia y sagradamente democráticos. Saltan a la vista y así lo reconocen el mismo Código de Derecho Canónico, los concordatos, la Conferencia Episcopal, el Concilio Vaticano II y la misma Asamblea Regional de Extremadura, las ventajas que tiene el que los límites de las demarcaciones- circunscripciones eclesiásticas coincidan con los político-administrativos, en beneficio del pueblo en general, que es también Pueblo de Dios.
El hecho tachado como escandaloso es ciertamente único en España y poco coherente además con el sentido de la común-unión, misión y ministerio de la Iglesia por definición propia, y más en un mundo como el actual tan necesitado de ejemplos y vivencias radiantemente comunitarias, sagradamente exentas de cualquier atisbo que pueda significarles a tierras desamparadas como las extremeñas una señal de desprestigio, que solamente podrían fundamentarse y hallar alguna explicación en los más añejos capítulos de historias medievales aureoladas de artificios “primados” cardenalicios, propios del “tercer rey de España”.
En realidad la Iglesia está ya sobrada de escándalos de otro tipo como para que no se hagan toda clase de esfuerzos humanos y divinos para ahorrarle los inherentes a las incoincidencias rutinarias oficiales de los límites administrativos de las respectivas diócesis. Con comprensión y absolución somos ya muchos los que prometemos seguir empeñados en contribuir a que cuanto antes se elimine esta ocasión de escándalo y desprestigio absurdo que se les propina a los extremeños que, al igual que otros pueblos de España, intentamos también sanamente descubrir y fundamentar nuestras raíces autonómicas.