No Se Juega (Con el Espíritu Santo)
El Espíritu Santo, es la menos y la peor conocida de las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Las causas y explicaciones son muchas. Unas, conscientes y la mayoría, inconscientes. Entre ellas destacan la poca fiabilidad que catequistas y evangalizadores les han conferido a las palabras de las que hacer uso para dar a conocer tal misterio. Otra razón superpuesta es la del historial de herejías y pseudo- herejías, a las que, sobre todo en los primeros tiempos de la Iglesia, la figura del Espíritu Santo ha promovido u ocasionado, con las consiguientes descalificaciones y condenaciones eclesiásticas.
“Espíritu” y “Santo” son palabras misteriosamente eternas y, por tanto, también sagradamente actuales. Su novedad es activa y constante. Sin Espíritu Santo no hay vida. Ni cristiana, ni tampoco de la otra. Sin Él no hay Iglesia. Ni hay Dios. Es obvio que se es y se ejerce como cristiano, gracias a la gracia del Espíritu Santo. Con el desconocimiento que del mismo se tiene, y con su lejanía y arcano, resulta milagroso que el Pueblo de Dios pueda seguir su camino hacia realidades y metas de integración salvadora, universal y eterna. Urge insistir catequéticamente en la existencia y operatividad del Espíritu Santo en la actualidad, en un intento por subsanar una de las más desoladoras carencias que padece la formación que se dice religiosa.
Así las cosas, no es de extrañar que apenas se le haya predicado al Pueblo de Dios -que es “Pueblo” y “de Dios” gracias al Espíritu Santo-, que este es la verdadera e inexhausta fuente de la gracia, que insta y facilita pensar en Dios y en sus cosas, que es el generador, la defensa y la tutela de la liberación de la ley, del pecado y de la muerte, y que sus dones y frutos son, y seguirán siendo, la fortaleza, la ciencia, la piedad, el temor de Dios, la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la filiación divina, la santidad y la paz, en el organigrama de la vida cabalmente cristiana. Tal y como corren hoy los tiempos, destacaría de modo eminente la acción del Espíritu en orden a la creación y mantenimiento de la unidad entre todos, previo el entendimiento de las lenguas en las que hable cada uno de los componentes del mundo universo, dentro y fuera de la misma Iglesia.
De manera, a veces timoratamente candorosa, falta de sustantiva y elemental formación cristiana en relación con el Espíritu Santo, el olvido de su presencia y actividad en la Iglesia alcanza caracteres de desolación lamentable y hasta pagana. En ocasiones, profana, pese a que no han de faltar cristianos, bienintencionados, simples y sencillos, que le rindan respeto, reverencia y admiración a determinadas y supuestas reliquias quiméricas, como pudieran ser las plumas de ángeles y arcángeles y del mismo Espíritu Santo.
Pero la verdadera execración e irreverencia se encuentra en el juego en el que se ejercitan algunos con responsabilidades dentro de la Iglesia, adjudicándole al Espíritu Santo nombramientos y decisiones de carácter eclesiástico que, bien analizadas, respondieron y responden en exclusiva o fundamentalmente a intereses personales o de grupo o de capillitas. El Espíritu Santo jamás será pantalla, excusa o justificación de ciertos nombramientos o decisiones que se tomen en la Iglesia, y en su nombre. Esgrimir su nombre sacrosanto como interpretación de su voluntad, es grave pecado, no infrecuente, por otra parte, en la institución eclesiástica.
Por “Santo”- “Santísimo”- y por “Espíritu”, el Espíritu Santo - su nombre y actividad- es convertido y tratado por algunos con perfidia, deslealtad y felonía, con olvido de que cuantos pecados se cometan contra la Tercera Persona de la Santísima Trinidad tienen harto remisión difícil.
La aplicación a la vida real de las denuncias que conllevan estas leves y discretas sugerencias sobre el Espíritu Santo resultaría ser tan fácil como bochornosa.
“Espíritu” y “Santo” son palabras misteriosamente eternas y, por tanto, también sagradamente actuales. Su novedad es activa y constante. Sin Espíritu Santo no hay vida. Ni cristiana, ni tampoco de la otra. Sin Él no hay Iglesia. Ni hay Dios. Es obvio que se es y se ejerce como cristiano, gracias a la gracia del Espíritu Santo. Con el desconocimiento que del mismo se tiene, y con su lejanía y arcano, resulta milagroso que el Pueblo de Dios pueda seguir su camino hacia realidades y metas de integración salvadora, universal y eterna. Urge insistir catequéticamente en la existencia y operatividad del Espíritu Santo en la actualidad, en un intento por subsanar una de las más desoladoras carencias que padece la formación que se dice religiosa.
Así las cosas, no es de extrañar que apenas se le haya predicado al Pueblo de Dios -que es “Pueblo” y “de Dios” gracias al Espíritu Santo-, que este es la verdadera e inexhausta fuente de la gracia, que insta y facilita pensar en Dios y en sus cosas, que es el generador, la defensa y la tutela de la liberación de la ley, del pecado y de la muerte, y que sus dones y frutos son, y seguirán siendo, la fortaleza, la ciencia, la piedad, el temor de Dios, la sabiduría, la inteligencia, el consejo, la filiación divina, la santidad y la paz, en el organigrama de la vida cabalmente cristiana. Tal y como corren hoy los tiempos, destacaría de modo eminente la acción del Espíritu en orden a la creación y mantenimiento de la unidad entre todos, previo el entendimiento de las lenguas en las que hable cada uno de los componentes del mundo universo, dentro y fuera de la misma Iglesia.
De manera, a veces timoratamente candorosa, falta de sustantiva y elemental formación cristiana en relación con el Espíritu Santo, el olvido de su presencia y actividad en la Iglesia alcanza caracteres de desolación lamentable y hasta pagana. En ocasiones, profana, pese a que no han de faltar cristianos, bienintencionados, simples y sencillos, que le rindan respeto, reverencia y admiración a determinadas y supuestas reliquias quiméricas, como pudieran ser las plumas de ángeles y arcángeles y del mismo Espíritu Santo.
Pero la verdadera execración e irreverencia se encuentra en el juego en el que se ejercitan algunos con responsabilidades dentro de la Iglesia, adjudicándole al Espíritu Santo nombramientos y decisiones de carácter eclesiástico que, bien analizadas, respondieron y responden en exclusiva o fundamentalmente a intereses personales o de grupo o de capillitas. El Espíritu Santo jamás será pantalla, excusa o justificación de ciertos nombramientos o decisiones que se tomen en la Iglesia, y en su nombre. Esgrimir su nombre sacrosanto como interpretación de su voluntad, es grave pecado, no infrecuente, por otra parte, en la institución eclesiástica.
Por “Santo”- “Santísimo”- y por “Espíritu”, el Espíritu Santo - su nombre y actividad- es convertido y tratado por algunos con perfidia, deslealtad y felonía, con olvido de que cuantos pecados se cometan contra la Tercera Persona de la Santísima Trinidad tienen harto remisión difícil.
La aplicación a la vida real de las denuncias que conllevan estas leves y discretas sugerencias sobre el Espíritu Santo resultaría ser tan fácil como bochornosa.