No he ido a Lugo.
Han sido otras ocupaciones las que me han tenido algún tiempo alejado del ordenador. No un viaje a Lugo como algunos han pensado. Y eso que la ordenación de monseñor Carrasco puede indicarnos aproximadamente los apoyos que en estos momentos tiene el cardenal Rouco. Con vistas a las próximas elecciones.
Intentaré buscar la lista de obispos asistentes y si no la encontrara el lunes llamaré al obispado de Lugo para pedirla. Y si se negaran a dármela también lo comunicaría.
Lugo no es una ciudad muy monumental. Tiene unas impresionantes murallas romanas muy bien conservadas y es hermoso el conjunto de la catedral y el palacio episcopal. Pero las catedrales gallegas, salvo Santiago y Orense, aunque muy dignas , son de segunda división. El resto, bastante prescindible.
En Galicia, los monumentos maravillosos son los monasterios. No hay ninguna región de España que se le pueda comparar. Todas están a enorme distancia de los cenobios de mi tierra natal. Animo a todos a conocerlos. Y quedaréis asombrados.
San Esteban de Ribas de Sil, Osera, Celanova, Sobrado de los Monjes, Montederramo, Carboeiro, Acibeiro, Monfero, San Salvador de Lorenzana, Melón, Samos, Armenteira, San Martín Pinario, San Payo de Antealtares, Santa María de Oya... Son un conjunto tan impresionante, donde el románico y el barroco rivalizan en belleza, que si mis paisanos espabilaran un poco convertirían esa ruta no ya en patrimonio de la humanidad sino en una afluencia inmensa de turismo.
Y a eso se une una cocina extraordinaria. Muy elemental si se quiere, porque en Galicia hasta hace muy poco sólo se cocía, pero con unas materias primas de tan primerísima calidad que todo resulta buenísimo. Y me quedo corto. En lo que sí han derrochado más imaginación es en la repostería. Magnífica. De las mejores de España. Los vinos en cambio son en mi opinión muy flojitos. El clima no da para más. Cierto que hay albariños carísimos. Y muy agradables. Pero nada más. Hacen las delicias de los horterillas. Que cada vez los hay en mayor número. A mí, además, me dan ardor de estómago. Salvo los godellos. Nada que ver con Godayol. Tan desconocidos y en mi opinión los mejores.
Pues todo eso en unos paisajes increíbles. Galicia es verde. Hasta en agosto. Y cuando el verde del prado y del bosque se besa con el azul del mar creo que será difícil encontrar algo más bello. Y ese beso es tan casto que entre el verde y el azul está siempre el amarillo cegador de unas playas de finísimas arenas o el gris y el marrón de los acantilados. Casi como si ese beso tan ansiado jamás llegara a consumarse.
No busquéis más. Con lo que os he dicho quedarán vuestros ojos saciados de belleza. En vuestra boca un recuerdo indeleble y seguro que unas ganas de volver. Por supuesto que los amantes del arte encontrarán más cosas. Pero ya casi todas de segunda división. Aunque ciertamente sean muy bellas. Una joya visigoda en Santa Comba de Bande y otra mozárabe en Celanova. Espléndidas. Mil iglesias rurales de un románico encantador. De visita obligada la anterior catedral de Mondoñedo que hubo de retirarse de la costa ante las razias normandas.
El gótico, extrañamente, apenas existe en Galicia. Rivadavia, las ruinas en Pontevedra... Quienes busquen ese arte que apunta al cielo pueden ahorrarse el viaje. Y dos preciosidades modernistas. Ambas de Palacios. El del Palacio de las ratas de la plaza madrileña de Cibeles. En Carballino y en Panjón.
Siento haber defraudado a quienes esperaban una crónica, con pitillo homilial incluido, de la ordenación episcopal de Don Alfonso Carrasco Rouco. Pero los obispos y los Roucos pasan. El arte ofrecido a Dios nos maravillará siempre. Y siempre nos hará pensar en Aquel a quien nuestros mayores, Santa Comba tendrá ya catorce o quince siglos, con escasísimos recursos y medios, quisieron darle, para su honor y gloria, lo poquísimo que tenían. Y ese poquísimo es hoy inmarcesible belleza. Dios hasta paga así.
Concluyo diciendo que me parece que a Galicia le llega con Don Alfonso un excelente obispo. Y lo necesitaba. Más en estos días en los que tanto se habla de que Don Luis Quinteiro, el obispo de Orense, va a ser llamado a otros destinos. Nos quedan Don Julián Barrio, el metropolitano, el único que podrá llevar palio sobre sus hombros en la catedral de Lugo, que siempre quiere que suene tan bajito el diapasón. Don José Diéguez, querido obispo de mi ciudad natal, que odia el diapasón. Y el obispo de Mondoñedo que hasta el momento parece que desconoce la existencia de ese instrumento.Todos me dicen que es una buenísima persona pero yo, hasta hoy, todavía no me lo he encontrado. Yo sé que existe Mondoñedo y su señor obispo. Pero es que yo de Galicia sé mucho.
Perdonadme esta salida en el Blog. Es que a mí Galicia me tira mucho.
Intentaré buscar la lista de obispos asistentes y si no la encontrara el lunes llamaré al obispado de Lugo para pedirla. Y si se negaran a dármela también lo comunicaría.
Lugo no es una ciudad muy monumental. Tiene unas impresionantes murallas romanas muy bien conservadas y es hermoso el conjunto de la catedral y el palacio episcopal. Pero las catedrales gallegas, salvo Santiago y Orense, aunque muy dignas , son de segunda división. El resto, bastante prescindible.
En Galicia, los monumentos maravillosos son los monasterios. No hay ninguna región de España que se le pueda comparar. Todas están a enorme distancia de los cenobios de mi tierra natal. Animo a todos a conocerlos. Y quedaréis asombrados.
San Esteban de Ribas de Sil, Osera, Celanova, Sobrado de los Monjes, Montederramo, Carboeiro, Acibeiro, Monfero, San Salvador de Lorenzana, Melón, Samos, Armenteira, San Martín Pinario, San Payo de Antealtares, Santa María de Oya... Son un conjunto tan impresionante, donde el románico y el barroco rivalizan en belleza, que si mis paisanos espabilaran un poco convertirían esa ruta no ya en patrimonio de la humanidad sino en una afluencia inmensa de turismo.
Y a eso se une una cocina extraordinaria. Muy elemental si se quiere, porque en Galicia hasta hace muy poco sólo se cocía, pero con unas materias primas de tan primerísima calidad que todo resulta buenísimo. Y me quedo corto. En lo que sí han derrochado más imaginación es en la repostería. Magnífica. De las mejores de España. Los vinos en cambio son en mi opinión muy flojitos. El clima no da para más. Cierto que hay albariños carísimos. Y muy agradables. Pero nada más. Hacen las delicias de los horterillas. Que cada vez los hay en mayor número. A mí, además, me dan ardor de estómago. Salvo los godellos. Nada que ver con Godayol. Tan desconocidos y en mi opinión los mejores.
Pues todo eso en unos paisajes increíbles. Galicia es verde. Hasta en agosto. Y cuando el verde del prado y del bosque se besa con el azul del mar creo que será difícil encontrar algo más bello. Y ese beso es tan casto que entre el verde y el azul está siempre el amarillo cegador de unas playas de finísimas arenas o el gris y el marrón de los acantilados. Casi como si ese beso tan ansiado jamás llegara a consumarse.
No busquéis más. Con lo que os he dicho quedarán vuestros ojos saciados de belleza. En vuestra boca un recuerdo indeleble y seguro que unas ganas de volver. Por supuesto que los amantes del arte encontrarán más cosas. Pero ya casi todas de segunda división. Aunque ciertamente sean muy bellas. Una joya visigoda en Santa Comba de Bande y otra mozárabe en Celanova. Espléndidas. Mil iglesias rurales de un románico encantador. De visita obligada la anterior catedral de Mondoñedo que hubo de retirarse de la costa ante las razias normandas.
El gótico, extrañamente, apenas existe en Galicia. Rivadavia, las ruinas en Pontevedra... Quienes busquen ese arte que apunta al cielo pueden ahorrarse el viaje. Y dos preciosidades modernistas. Ambas de Palacios. El del Palacio de las ratas de la plaza madrileña de Cibeles. En Carballino y en Panjón.
Siento haber defraudado a quienes esperaban una crónica, con pitillo homilial incluido, de la ordenación episcopal de Don Alfonso Carrasco Rouco. Pero los obispos y los Roucos pasan. El arte ofrecido a Dios nos maravillará siempre. Y siempre nos hará pensar en Aquel a quien nuestros mayores, Santa Comba tendrá ya catorce o quince siglos, con escasísimos recursos y medios, quisieron darle, para su honor y gloria, lo poquísimo que tenían. Y ese poquísimo es hoy inmarcesible belleza. Dios hasta paga así.
Concluyo diciendo que me parece que a Galicia le llega con Don Alfonso un excelente obispo. Y lo necesitaba. Más en estos días en los que tanto se habla de que Don Luis Quinteiro, el obispo de Orense, va a ser llamado a otros destinos. Nos quedan Don Julián Barrio, el metropolitano, el único que podrá llevar palio sobre sus hombros en la catedral de Lugo, que siempre quiere que suene tan bajito el diapasón. Don José Diéguez, querido obispo de mi ciudad natal, que odia el diapasón. Y el obispo de Mondoñedo que hasta el momento parece que desconoce la existencia de ese instrumento.Todos me dicen que es una buenísima persona pero yo, hasta hoy, todavía no me lo he encontrado. Yo sé que existe Mondoñedo y su señor obispo. Pero es que yo de Galicia sé mucho.
Perdonadme esta salida en el Blog. Es que a mí Galicia me tira mucho.