Si hubiera muchos así se renovaría la faz de la tierra.

Confiando en Dios y para hablar de Cristo. A los ojos del mundo sería una enorme insensatez. Y yo, desgraciadamente, tengo demasiado mundo en mis ojos. Pero cuando al atardecer de la vida les examinen de amor, ese matrimonio y sus hijos se van a encontrar que no hay nota para ellos. La matrícula de honor es demasiado poco.
Yo no sé casi nada de los kikos, incluso su estilo me rechina un tanto. Argüello con su guitarra el 30 de diciembre, no sé cuantas especies de sardanas bailadas al final de la concentración de aquel día... Pues seguramente no es lo que más me vaya. Pero me sentí feliz cantando con toda aquella multitud, arrastrado por Kiko, la profesión definitiva de nuestra fe. Resucitó. Aleluya.
Sin eso no hay nada. Digan lo que digan teólogos herejes o sabios de este mundo. Tal vez el resucitó no fuera la canción más apropiada para aquel día. Pero resultó genial.
Tendrán seguramente defectos, ¿quién no los tiene?. Sin embargo su entrega es admirable. Están llenando el mundo de jóvenes sacerdotes, en días en los que las vocaciones escasean, y sus laicos sobrecogen por su absoluta disponibilidad. ¿Dónde está lo más difícil? Pues allí vamos. Dejándolo todo. Sin esperar nada salvo la soledad y el abandono en los brazos amorosos del Señor.
El testimonio que nos relata Bruno es impresionante. A todos os animo a leerlo. Y seguramente sacaréis las mismas conclusiones que yo. Lo mierdas que somos la inmensa mayoría de los católicos y el gozo de estar en una Iglesia donde haya gente como esa.