Un soneto bien medido.

Un comentarista crítico, que llevaba bastante tiempo sin aparecer por aquí me dedica un soneto. Que está bien medido y es ingenioso. Aunque él lo colgó en un post y una tontina en otro, aquí lo traigo para conocimiento general.

Roja la boina, negra la pezuña
del rencor que le tiñe y que le empreña,
prosa de buitre más que de cigüeña,
tan sólo escupe, ensaña y refunfuña.

Insulta a cada obispo que no empuña
su carlistona fe, cuerva y fraileña,
pero en su blog le sigue mucha peña
que ríe sus mordiscos de garduña.

Saco de vanidad y mala entraña,
pelado si la envidia fuera tiña,
sienta cátedra cínica y gazmoña:

Pobre gallego lleno de morriña
del “francofrancofrancorribaspaña”:
don Francisco José de la Ponzoña.

Pues sí señor. Eso es un verso y no los ripios que producen vergüenza ajena a los que nos tiene acostumbrados una señora o señorita mucho más habitual que el autor del soneto.

Ayer tuve un día que encumbró todavía más mi supervalorado ego. Hace algún tiempo un querido amigo escribió que yo era el Ussía de la información religiosa. Entonces se infló si cabe más mi vanidad. Y cuando ayer vi que otro amigo, aunque éste desconocido, me comparaba con Jiménez Losantos, y como elogio, ya estuve a punto de desvanecerme de autosatisfacción.

Y luego el soneto. ¿Qué es contrario? ¿Qué más da? Que hablen de uno aunque sea mal. A Bartolomé José Gallardo le hizo más famoso aquel inmortal soneto: Caco, cuco, faquín, bibliopirata que toda su obra.

No es el que ahora reproduzco comparable pero está bien versificado, tiene mordiente, no sé si de garduña o de simple gato casero, pero la tiene, me divirtió leerlo y me ha molestado tan nada que aquí queda. Es más, me considero honrado por la composición.

Tiene algunas contradicciones conceptuales propias del desconocimiento pero valgan como licencia poética. No son precisamente los carlistas los del francofrancofrancoarribaspaña. Pero bueno. Jamás en mi vida he sido carlista ni falangista. Pero vale. Mientras vivió Franco yo simpatizaba con la persona del conde de Barcelona. Pero qué más da. Sobre todo habiendo desaparecido totalmente aquellos fervores de juventud.
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