Las fragancias de Bagdad

Los años pasan y la paz no llega en Irak. Recuerdo con nostalgia mis estancias en esta bulliciosa ciudad de Oriente Medio. Durante los meses de abril y mayo pasear de buena mañana por un jardín contiguo a una de nuestras casas era como un sueño. Las calles no habían recuperado sus ruidos después del descanso nocturno. Había un gran silencio, era como la expectación del nuevo día que amanecía.

Las flores aromáticas se esmeraban en desprender sus suaves perfumes:las magnolias abrían grandes sus pétalos y con ellos llenaban el aire de su exquisito perfume. El jazmín trepando por las paredes con sus diminutas y alegres florecillas se afanaban en regalar al ambiente la suavidad de su aroma,los arbustos de las gardenias con sus lindas flores blancas exhalaban sus olores para saludar el sol naciente. Era como una sinfonía de perfumes. El aire suave invitaba a pasear y a dar gracias a Dios por todo lo que envolvía aquel lugar. Luego con paso tranquilo y reposado entraba en la iglesia para alabar al Señor por todo lo que ya desde las primeras horas de la jornada me ofrecía. Luego me esperaba el trabajo cotidiano, con el calor de la jornada, el ruido de los hombres y las mujeres preparando sus puestos en el mercado. La vida recobraba su frenesí, pero todavía guardaba en mí, la suavidad de la fragancia matutina.

De todo aquello, ¿qué debe quedar ahora en esta destruida ciudad? Muerte, llanto, explosiones, ruinas. ¡Qué mal te han tratado Bagdad!Texto: Hna. María Nuria Gaza.
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