Un santuario

Al entrar en ella quedé impresionada por la sencillez, casi austeridad de la misma. En un armario en la propia entrada estaban los ornamentos que llevaba cuando fue asesinado, allí estaban las manchas de sangre de su martirio. Aquello era una auténtica reliquia que seguramente ya no se encuentra en el mismo lugar. Allí todo rezumaba a simplicidad. Era un apartamento reducido y lo único que resaltaba en ella era una hamaca blanca que le habían regalado los campesinos y que se encontraba instalada en el mismo lugar que él la tenía. Daba la impresión de que él todavía estaba presente. Era un verdadero santuario que te invitaba a la oración por aquel atormentado país.
Tuve también durante mi estancia la ocasión de hablar con la hija de un catequista asesinado por el simple hecho de llevar a sus hermanos la Palabra; pero el gobierno tenía por revolucionarios a los catequistas porque les enseñaban cuáles eran sus derechos. Esta joven me contó hechos significativos de la represión que sufría el pueblo.
Ahora que se acerca el 23 de mayo en que será beatificado Monseñor Oscar Romero, me viene con frecuencia a la memoria el recuerdo de la visita que realicé a este pequeño y hermoso país tan sufrido. Texto: Hna. María Nuria Gaza.