Pasear en otoño sobre alfombra de hojas... ¡Cuántos coloreados matices de cuero y de tabaco! ¡Y cómo crujen, lloran por el suelo, los abiertos pañuelos de almidón y tristeza! "Mucha flor en primavera / buen otoño nos espera", dice la sabiduría popular. Pero, ¿y las hojas, que tan bien protegieron al fruto, del pájaro y la canícula? Rompen el cordón umbilical del árbol y se dejan caer a la fosa común del bulevar o el bosque.
José Emilio Pacheco tiene una hermosa teoría sobre las hojas secas y su destino de llama y vuelo:
UN DIBUJO DE OCTUBRE
Verdes por última vez,
las hojas cuentan sus historias,
se hacen preguntas,
intercambian recuerdos,
se reconcilian o se dejan de hablar
mientras el viento lo permite.
Mañana el cuerpo entero les dolerá.
Todo el año vivido les caerá encima
como el flagelo de un rayo.
Marchitas e inservibles se arrastrarán por el suelo,
girarán en la hoguera.
Convertidas en humo
llegarán a la gloria
precaria e inestable del bosque de las nubes.
DEL VIEJO MEMBRILLO...
Andrés Trapiello, observando el otoño, se sorprende al descubrir una rama cuajada de fruto y herida de muerte por el suelo. Y, como buen poeta, contempla más allá de su miopía, y nos entrega una bella parábola sobre la vida y la misión:
Del viejo membrillo
la rama más vieja
se quebró. Caída
la encontré en la hierba.
Herrumbrosa rama
de membrillos llena,
apagada y muda
como la tristeza.
El hacha fue haciendo
melodiosa y lenta
su trabajo. Un triste
manojo de leña.
Sonaban los golpes
a calladas quejas.
La tarde pasaba
inhóspita y muerta.
Yo entonces pensaba:
un día quisiera
para mí la suerte
de esa rama vieja.
Cargado de frutos
posarme en la tierra
silenciosamente
y dormirme en ella.
El viento de otoño
subía. La huerta
quedaba entre sombras.
Cruzó una oropéndola.
A mis pies estaba
el montón de leña
y una blanda capa
de hojarasca negra.
Se doraba el hacha
con la luna llena.
Quisiera... Qué importa
lo que yo quisiera.
ESTRAMBOTE FINAL
Al evocar los versos magníficos de Trapiello, me ha sido imposible no asociarlos a un poema muy tierno de mi padre, bastante poeta. Había fallecido una persona muy joven. Y el ángel de la guarda del juglar familiar le sopló al oído el siguiente epitafio:
SANTIDAD
Los Ángeles la trasplantaron con cautela
una mañana, silenciosamente,
depositándola sobre la tierra.
Era arbolillo breve
y ya cargaba sus frutos
que, cual fuegos de artificio y de luz,
a todos alcanzaba de regreso
incendiándolos de amor y de virtud.
Apenas crecía, pero la carga
la iba doblando lentamente
hasta que un día...
un día se quebró
bajo la exuberancia de su fruto en sazón,
dejando la última mirada
fija, Allá Arriba,
en espera de los Ángeles
de la divina Recolección.