Las peregrinaciones precisan ser programadas y realizadas con ponderación Casi toda la verdad sobre los Años santos

Año santo compostelano.
Año santo compostelano.

¿Y por qué esta gracia del "Año santo" es solo para los católicos, apostólicos y romanos, y no para a toda la humanidad, sean de la religión que sea, o de ninguna de ellas?

¿Por qué privilegiar a unos pocos católicos, que tuvieron acceso a noticia tan redentora y cumplieran con exactitud las normas establecidas en los cánones y en las ordenanzas “jubilares”?

¿Cuánto cuesta —también en dinero— la organización de un “Año santo”, con sus gestiones diocesanas y, sobre todo, las relacionadas con la Curia Romana?

Lo de los “Años santos” es algo serio. Muy serio. Y más lo es, lo de la verdad que implícitamente y de por sí predica que, parte del mismo es o puede ser mentira. De la verdad —toda la verdad—, como en la inmensa mayoría de los casos “intra” y “extra” eclesiales nadie es poseedor o poseedora. Sería vacuo, absurdo y ofensivo empeño pretenderlo, por mucho que se pretenda dar la impresión de estar para ello capacitado.

Inmersos en noticias relacionadas con tantos “Años santos” como se registran en la actualidad eclesiástica, no estarán de más estas y otras reflexiones acerca del rezo y de la vida de algunos de sus principales misterios, teológicos y populares.

Partiendo de su definición, urge reseñar elementalmente que se trata del “jubileo o indulgencia plenaria, solemne, y universal concedida por el Papa en determinados momentos, que incluye el perdón de las penas correspondientes a los pecados cometidos”. Como en este caso concreto del Jubileo, la indulgencia, es “plenaria”, ni del pecado por grave o mortal que sea, quedará ya rastro alguno para el resto de esta la vida y también de la otra. 

A nadie podrá parecerle ni excesiva ni exagerada tan generosa concesión divina, administrada por su representante en la Tierra, que es el Papa. Pero no pueden orillarse preguntas como estas: ¿Y por qué esta gracia solo para los católicos, apostólicos y romanos, y no para a toda la humanidad, sean de la religión que sea, o de ninguna de ellas? ¿Por qué privilegiar a unos pocos católicos, que tuvieron acceso a noticia tan redentora y cumplieran con exactitud las normas establecidas en los cánones y en las ordenanzas “jubilares”?

En el contexto activamente redentor de la Teología y Pastoral de los “Años Santos” en el que nos encontramos, ¿qué  solución más  fácil y eficaz cabe que la de hacerse, ejercer y profesar de peregrinos por esos caminos de Dios, teniendo como meta el lugar o santuario  al que la “Santa Sede” le hizo el regalo  espiritual, por las razones  o motivos que sean, unos avalados por la historia y otros por las leyendas, reliquias y reliquiarios, milagros y milagrerías, aún  contando con que lo que de verdad importa, salva y redime es la buena conciencia y no los ritos?

Convertir a la mayoría de los miembros de la Iglesia activa en permanentes peregrinos, a la búsqueda de las gracias y la perdonanza inherentes a la concesión de los “Años Santos”, dentro y fuera de España y como oficio-ministerio sagrado, tomado al pie de la letra, se me antoja un atrevimiento infeliz y nada cristiano. 

Por muy “homo viator” que se sea y se intente seguir siendo, por mucha y muy rica que sea la naturaleza que se le presente al peregrino —“per agrum”—, por los sacrificios que lleven consigo recorrer los caminos —y salvarse de sus salteadores—, por muchos episodios de hospitalidad y acogida que se experimenten, reciban e impartan, por largos y reconfortantes actos contemplativos y de comunión y sacrificio, así como por las misteriosas enseñanzas que susciten las obras de arte que hicieron posibles antes otros peregrinos, la verdadera vocación como cristianos, está en el ejercicio de su profesión y oficio, con el compromiso de amar a Dios y servir al prójimo. 

Las peregrinaciones, aún las enriquecidas con las indulgencias plenarias, precisan ser programadas y realizadas con ponderación, sentido común,  y religiosidad de la buena.  En la historia de la ascética, se registran tiempos y ocasiones en las que prevaleció con vigencia el dicho adoctrinador de que “qui multum peregrinantur, raro sanctificantur”, que “en román paladino” no quiere decir otra cosa si no que “quienes dedican sus vidas a peregrinar en demasía y por razones no siempre legítimas, se alejarán indefectiblemente de la salvación”.

¿Cuánto cuesta —también en dinero— la organización de un “Año santo”, con sus gestiones diocesanas y, sobre todo, las relacionadas con la Curia Romana? ¿Son rentables los “Años Santos”, no solo para el sector turístico, hoy tan necesitado de ayudas también “divinales”? ¿Lo son para los responsables de su organización y ejercicio eclesiástico y sus mediadores?

El capítulo de las indulgencias merece capítulo aparte. Es muy importante y a muchos papas, cardenales, abades, clérigos y laicos les supuso intensos dolores de cabeza y los “llevaron y trajeron” por la Calle de la Amargura, culpando de casi todo ello, a veces indebidamente, a Martín Lutero.

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