Uno de los grandes autores cristianos de la antigüedad fue Orígenes (185-253). Su mente fue una de las más fértiles que hubo en aquellos primeros siglos de la era cristiana y su campo de pensamiento abarcó las más diversas disciplinas teológicas: exégesis, apología, dogmática, crítica textual y homilética, entre otras. Llegó a ser director de la escuela de Alejandría y reunió alrededor de sí un gran número de alumnos que venían de todas partes para sentarse a sus pies y aprender de él.
A pesar de su categoría, tras su muerte, sería condenado por ciertas proposiciones doctrinales que había en sus obras, en las que entraba en terrenos pantanosos en los que no se hacía pie, al haber ido más allá de la seguridad y firmeza que nos marca la Palabra de Dios. Claro que teniendo en cuenta que su método favorito de interpretación de la Escritura era el alegórico o místico, por el que buscaba encontrar siempre un sentido elevado y escondido en el texto, se comprende que desvariara entrando en lo fantasioso.
Una de esas proposiciones, fruto de su especulación, fue la enseñanza sobre la preexistencia de las almas, según la cual las almas humanas fueron creadas antes que el mundo y que al apartarse de Dios, junto con los ángeles que cayeron, fueron desterradas a morar en cuerpos.