Pueden creerme, no tengo complejo de víctima, pero desde mi conversión a Cristo en octubre de 1950 he sentido sobre mi espalda el látigo de la persecución, de una forma o de otra. Al leer en el Evangelio de Mateo que son bienaventurados los que padecen persecución, bienaventurado me considero yo. Que la persecución nos llega por causa de la Palabra, como advirtió Jesucristo, no tengo dudas. Por las experiencias vividas puedo decir que soy del color de los perseguidos. Pero dejo la persecución y paso a la escritura.
La verdadera facilidad para escribir deriva del nacimiento, no de los estudios. El talento por sí solo no basta para hacer un escritor. Es preciso que tras la escritura haya una persona de auténtica vocación.
Yo nací escritor, como nací varón y gordito.
Mi primer intento de un periódico evangélico –lo he contado en otras ocasiones- fue estando en el servicio militar, en Santa Cruz de Tenerife. Sólo salió el primer número. Aquella España gobernada por el Nacionalcatolicismo no estaba para permitir la publicación de semejante literatura herética, menos aún escrita por un soldado llegado del extranjero, a quien se suponía espía, y además protestante.
En cuanto me reincorporé a la vida civil, ya en tierras por entonces más tolerantes, inicié en Tánger la publicación de un periódico llamado LUZ Y VIDA, que poco después se transformó en LUZ Y VERDAD, tamaño revista. Puesto que estaba destinada a los evangélicos españoles, la administración de la misma se llevaba desde España. Este trabajo lo hacía gratis Lorenzo López Estors, que entonces vivía en la calle Horno del Cabañal, en Valencia.