Regreso de las salidas veraniegas y, entre otras cosas, reanudo mi columna semanal en esta página. Era mi intención primera poder desarrollar el último artículo que escribí, aquel en el que señalaba que el día del juicio había llegado. Con la ayuda de Dios tengo intención de hacerlo en el futuro, pero antes desearía reflexionar durante algunas semanas sobre la entrevista que, hace unos días, Rick Warren practicó a Obama y McCain, los dos candidatos a la Casa Blanca en las futuras elecciones presidenciales.
Tuve ocasión de ver el evento en Estados Unidos, con mi hija sentada a mi lado en el sofá realizando comentarios breves, pero sustanciosos. Me consta que la información prodigada en los medios de comunicación españoles –cuando existió- fue deplorable.
Por citar algún botón de muestra no sólo es que los evangélicos aparecían por enésima vez como “evangelistas” sino que algún periodista supuestamente enterado señalaba que son protestantes que no están identificados con ninguna iglesia (así, con dos linotipias).
Las interpretaciones eran aún peores y no digamos ya los comentarios sobre Rick Warren al que –se piense lo que se piense de él- nadie parecía conocer en nuestros medios a pesar de que ha vendido más de cincuenta millones de ejemplares de su libro Una vida con propósito.