El cuerpo humano, ni ascetismo ni divinización

ANTONIO CRUZ SUÁREZ

Decía el poeta griego Palladas, casi cuatrocientos años antes de Cristo, que: "el cuerpo es una aflicción del alma; es su infierno, su fatalidad, su carga, su necesidad, su cadena pesada, su atormentador castigo". Y Epicteto afirmaba de sí mismo, cuatro siglos después: "soy una pobre alma encadenada a un cadáver". Lo cierto es que, como puede apreciarse en estas frases, los griegos siempre despreciaron sus cuerpos. Tales creencias se transmitieron de generación en generación al mundo occidental. Y así, Teresa de Jesús, se referiría muchos siglos después al cuerpo como "cárcel del alma".


El cristianismo oficial defendió hasta la época moderna este tipo de teología. Muchas personas, que se consideraban a sí mismas como cristianas y espirituales, manifestaban un evidente desprecio hacia el cuerpo. Lo aceptaban como si se tratara de un enemigo a quien había que combatir, castigar y humillar constantemente. No disfrutaban de su dimensión corporal ya que se sentían como obligados, de alguna manera, a albergar un alma noble dentro de una sucia prisión corporal.

Sin embargo, como escribió Pascal: "quien se cree hacer el ángel, termina por hacer la bestia". En nombre de una mal entendida espiritualidad se cometieron errores religiosos graves.

¿Qué ha ocurrido en el mundo actual con estas concepciones que infravaloraban todo lo corporal? Pues que se ha alcanzado el extremo opuesto. De la minusvaloración a la sobrevaloración o mitificación del cuerpo.

Pueden leer aquí el artículo completo de este biólogo, escritor y pastor protestante, titulado El cuerpo humano, ni ascetismo ni divinización
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