La otra tarde fuimos a despedirnos de mis tíos Juan y Encarna. Regresan a Francia para estar con sus hijos y, de paso, evitar los fuertes calores que se aproximan a nuestra tierra. Durante la merienda salieron a relucir temas antiguos de familia. Me encantan. Nos contaron la anécdota de un aparato de radio, comprado a plazos, que les habían regalado a mis abuelos. Verán que la historia no es de ayer sino de mediados del siglo pasado. Fue el primer ejemplar de esa especie que llegó al lugar. Siendo una familia de origen humilde, recibieron el obsequio como un gran tesoro. Coincidió por aquel tiempo que la instalación de luz eléctrica en las casas era muy reciente. El que más, tenía una sola bombilla en el comedor y eso ya era todo un lujo.
El aparato, por el costado que daba al corazón, causó admiración en los paisanos. Sin embargo, por el otro, el del hígado, acarreó problemas. Pasada la novedad de los primeros días, los vecinos comenzaron a quejarse diciendo que desde que el artilugio había llegado, las bombillas alumbraban menos y la luz se iba con más frecuencia. Nadie sabía adónde, pero se iba. Y cuando regresaba, lo hacía sin dar explicaciones. Digo esto último porque la gente quería que la explicación fuera “el novedoso regalo”.