Charles Darwin: "Ciencia y fe se encuentran"

A doscientos años del nacimiento y ciento cincuenta de la publicación del libro El origen de las especies, del naturalista inglés que conmocionó al mundo con su teoría de la evolución, sigue generando polémicas la explicación del origen y destino del universo inanimado y vivo. Carlos Roberto nació en Sherewsbury, el 12 de febrero de 1809. Su padre lo envió primero a Edimburgo a estudiar medicina y más tarde a Cambridge humanidades pues pensaba dedicarlo a la carrera eclesiástica. Pero su afición iba por otro lado. Le encantaba coleccionar insectos.

En 1831 traba amistad con el botánico Henslow quien le ofreció un puesto sin remuneración en la expedición hidrográfica a Tierra de Fuego. Cinco años duró aquella expedición que lo hizo consagrarse definitivamente a las ciencias naturales. Vivió el resto de sus días en las cercanías de Londres, en Down. Publicó numerosas obras, siendo la más famosa y polémica la citada al comienzo.

El evolucionismo fue una inquietud, una hipótesis formulada desde diversas ciencias en la época moderna. El tránsito de formas simples a formas cada vez más elevadas y complejas de las sociedades, el paso de estados primitivos salvajes a los altos estadios de las sociedades civiles modernas se encuentran en autores como Hobbes y Locke en el siglo XVII y en los fisiócratas del XVIII.

Las bases de la moderna teoría de la evolución biológica, elaboradas por Darwin tienen cuatro causas: la selección natural, la herencia genética, la herencia por la influencia del ambiente y las mutaciones. Caía así por tierra el fijismo acientífico generando una polémica que traspasó el campo de las ciencias y penetró los de la filosofía, la ética y la religión.

Hoy día, la evolución entendida como un proceso continuo de mutación de las especies es un hecho admitido. Sin embargo, estamos ante un panorama abierto que tiene que ver desde el origen del universo hasta las manipulaciones de la ingeniería genética. Hay una ebullición e indagación que incluye la cosmología y la astrofísica, pasando por la física cuántica y la biología molecular, el inmanentismo espiritualista new age, la biología evolutiva, las mitologías clásicas y las nuevas mitologías y el transhumanismo del hombre biónico.

Ciencia y fe se encuentran, no para descalificar la una a la otra, sino para integrarla y buscar mejores vías de humanización a un mundo sumido en mayores riesgos que el de nuestros antepasados. Como dijo hace poco Benedicto XVI “el mundo, lejos de estar originado por el caos, se asemeja a un libro ordenado. Peso a los elementos irracionales, caóticos y destructivos que han intervenido en el curso de su transformación, se mantiene comprensible a la mente humana”.

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo , arzobispo de Mérida (Vanezuela).
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