Olegario González: "Respuesta consciente y memoria agradecida"

Les agradecemos que se hayan querido unir a esta celebración de alabanza y acción de gracias a Dios. Así, esa más numerosa mayor acción de gracias a El redundará en mayor alegría y esperanza para todos nosotros.
¿A qué hemos subido hoy aquí? ¿Qué nos ha traído a esta altura de Gredos? ¿Qué reúne a personas de tan distinta procedencia y a profesionales de tan diversa competencia, viniendo desde Madrid, Salamanca, Granada, Ávila… a paisanos de este vecindario residiendo aquí o lejos de aquí, a amigos de pueblos de alrededor y de otros lejanos? ¿A qué he venido yo y a qué habéis venido todos vosotros conmigo?
La respuesta es sencilla en un sentido, aun cuando la explicación de fondo sea compleja: hemos venido a dar gracias a Dios, que se nos ha manifestado en Jesucristo, y porque éste nos ha dejado a los hombres su Evangelio, su Santo Espíritu y su Ministerio apostólico. De ese ministerio de gracia fui yo hecho partícipe hace 50 años, al ser consagrado sacerdote por el Señor obispo de Ávila Don Santos Moro Briz un 21 de febrero a las 8 de la mañana en la iglesia del primer monasterio de la Madre Teresa, San José de Ávila. Ese es el motivo y el centro de esta celebración: Hacer memoria de las misericordias del Señor, recordar y agradecer, alabar y revivir, confiar y esperanzar. Ella, la santa y escritora, puso precisamente este título al relato de su vida: “Libro de las misericordias de Dios”
A celebrar las misericordias de Dios he venido yo hoy aquí, y a uniros a ella os invito a todos integrándonos en esa suprema acción de gracias a Dios, que es la eucaristía. Mis palabras tendrán tres momentos: en primer lugar intentaré recordar, a la luz de los textos bíblicos que hemos oído, cual es el sentido del ministerio apostólico, luego explicitaré qué memorias, promesas y esperanzas lleva consigo primero para mí y luego también para Vds. este acto actualizador de mi ordenación sacerdotal (digo, también para Vds. porque a la vez que yo revivo mi ordenación cada uno de los presentes podrá revivir sus promesas y compromisos de vida, sus profesiones y fidelidades que requieren ser reafirmadas y consolidadas siempre de nuevo); finalmente les dirigiré una palabra, doblada de agradecimiento respecto del pasado y de consejo respecto del futuro.
¿Cuál es el sentido del ministerio sacerdotal en la iglesia, al que yo fui integrado? El tiene unos contenidos objetivos, que no inventamos cada uno de los que somos ordenados sacerdotes, sino que nos vienen dados por la revelación de Dios, tal como ella es transmitida e interpretada por la tradición y quedó sedimentada en la Sagrada Escritura, cuyos textos hemos leído y escuchado. ¿En qué medida estos cuatro textos iluminan el misterio de la existencia sacerdotal? Cada uno esclarece, poniéndolo en primer plano, uno u otro de los tres elementos fundamentales: el elemento profético (proponer la palabra de Dios haciéndola resonar crítica y consoladoramente en el corazón del mundo), el elemento apostólico (explicitarla con autoridad y actualizarla sacramentalmente), el elemento crístico (reflejar con la entera vida propia la persona y el mensaje de Cristo). Hacia ellos vuelvo la mirada para ver quien soy como sacerdote.
a) Jeremías 1,3-10
Aquí nos encontramos con la elección, que desde siempre hace Dios de una vida para contar con ella, poniéndola a su servicio. “Desde el seno de tu madre te llamé”. Un nombre propio y una llamada están en mi origen. ¡Grandeza de la voz del Señor que llama junto al susto y sobrecogimiento de quien es requerido y reclamado, requisado y enviado para una misión que le excede absolutamente!. Porque, ¿cómo hablar del Eterno con palabras temporales, del Santo en medio de un mundo que está bajo el pecado, del Trascendente desde la vulgaridad cotidiana?. Por eso, todo aquel que es llamado a semejante misión de altavoz de Dios, no puede por menos de gritar como el profeta Jeremías, asustado: “Yo soy un muchacho; yo no sé expresarme, yo no puedo ir”. Siendo de Cardedal, habiendo pisado cada una de las sendas perdidas de estos montes, y habiendo andado los caminos de la trashumancia desde estas sierras altas hasta las llanuras bajas de Extremadura, las frases de Jeremías son en mi caso absolutamente literales. Y ante ese temor receloso de quien no sabe hablar, responde la palabra del Señor: “!No digas soy un muchacho, pues a donde quiera que yo te envíe irás y todo lo que te mande dirás”. Tener que hablar en nombre de Dios, no ser capaz de hacerlo a la vez que sentirse moral y personalmente desproporcionado al mensaje que uno anuncia, ser empujado y potenciado por Dios mismo para hacerlo: he ahí la paradoja, (el pensar que excede la mera racionalidad nuestra) y los tres momentos dramáticos del ministerio sacerdotal.
b) Salmo 138.
Cuando una persona nos llama con amor, su palabra nos trasforma cualificándonos para responder. Esa divina palabra, vocativa y provocativa, nos suscita, junto con el temor y temblor, el inmenso gozo de haber sido elegidos por Dios para colaborar con él en el mundo. Tanto la vocación ministerial como la laical, son una inmensa gracia nunca solo un privilegio individual sino una misión y responsabilidad comunitarias. Y ante ese honor, don y gracia, sólo es posible la actitud doble: la respuesta consenciente y la memoria agradecida. Dar gracias es el acto supremo de la dignidad humana y la expresión más bella de toda celebración. Recordar, pensar y agradecer tienen la misma raíz. Por eso yo ahora hago memoria de aquella llamada de Dios que recibí en el pasado, la agradezco en el presente, y ante el futuro dejo en manos de Dios confiada mi esperanza. Y lo hago como lo hace el salmista siempre: en medio de la asamblea, junto a aquellos que habéis hecho conmigo o junto a mí el camino del ministerio apostólico, el camino de la fe y el camino de la vida. Desde el asombro y conmoción de entrañas proclamo ante el altar en presencia de todos vosotros:
“Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
Delante de los hombres y de los ángeles tañeré para ti;
Me postraré hacia tu santuario
Y daré gracias a tu nombre
Por tu misericordia y tu lealtad
Porque tu promesa supera mi esperanza;
Cuando te invoqué, me escuchaste
Acreciste el valor de mi alma.
……………………………….
El Señor completará sus favores conmigo
Señor, tu misericordia es eterna,
No abandones la obra de tus manos”. Salmo 138 (137)
c) San Pablo 2 Corintios 4, 7-10
San Pablo es el exponente supremo de este contraste entre la grandeza divina del evangelio de la gloria de Dios que se refleja en el rostro de Cristo por un lado, y por otro nuestra humana debilidad y desproporción como mensajeros suyos. “Llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros. Nos aprietan por todos los lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados pero no abandonados; nos derriban pero no nos rematan. En toda ocasión y por todas partes llevamos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. Ahí aparece la debilidad de la fe ante la razón, de la iglesia ante el mundo, del sacerdote ante aquellos a quienes invita a creer. ¡Debilidad asumida, gozada y padecida, de hombres pecadores que se remiten al Dios santo en quien encuentran juicio de condenación para sus pecados, pero de aprobación para un mensaje que los sostiene, supera y juzga siempre! Es en esa debilidad asumida, padecida y gozada, donde aparece la fortaleza de Dios, esa fortaleza que no violenta, esa voz que no fuerza, sino que encanta, seduce y arrastra. Voz que una vez oída, ya nunca se puede olvidar. Y si por desidia, negligencia o pecado alguna vez la apagáramos u olvidásemos, nuestro espíritu volverá a clamar secretamente por ella, porque es el fuego que nos hizo arder y alumbrar, fue la espina en el corazón clavada que uno necesita volver a sentir; y sin ella ya no es posible vivir.
d) San Juan 17.
La referencia última de todo sacerdote, en cuanto apóstol (cualificado, autorizado, enviado) de Cristo, es su persona, su mensaje, su forma de vida, su muerte y su resurrección. El no quedó agotado y muerto en la geografía e historia pasadas, sino que acompaña vivo y vivificante a su iglesia, y de manera especial conforta a quienes eligió para ser los portadores de su palabra, vigías de su iglesia y atalayadores de su verdad en el mundo. El evangelio de Jesús es nuestro faro y fortaleza; su santo Espíritu es el ancla firme de nuestra confianza. Ante sus apóstoles Jesús oró al Padre la noche de la última cena diciendo: “Guárdalos en tu verdad…Yo por ello me santifico para que también ellos sean santificados en la verdad”. Esa oración de Jesús, esa fidelidad del Padre y esa fuerza del Espíritu son el fundamento de nuestra esperanza, para permanecer tan enhiestos como humildes, mientras somos conscientes de la paradoja que es nuestra existencia. He ahí las tres señas de identidad del sacerdote: heraldo de un mensaje de Dios iniciado en los profetas y consumado en Jesús (Evangelio); apóstol enviado de una persona (Jesucristo); padre y maestro de una forma de existencia posible a todos los hombres, como inicio de una existencia comunitaria en paz y libertad, fruto de la justificación de Dios y exigitiva de justicia, para los que han acogido el mensaje de Jesucristo y se han configurado a su persona (Iglesia).
II
A la luz de estos textos nuestra celebración tiene que ser vivida como eco y respuesta agradecida a esas palabras del Señor, a su ministerio de gracia prolongado en la historia. Yo personalmente tengo que agradecerle que me haya incorporado a la gran cadena de testigos y de predicadores, de maestros y de guías que me han precedido en la iglesia y en el mundo. Por eso quiero vivir esta celebración ejercitando tres actitudes: recordar (memoria), reafirmar (presencia), prometer (esperanza).
a) Recordar (memoria).
Recordar es reparar con asombro, ante todo, en el hecho mismo de existir, de vivir setenta y cuatro años, de habérseme descubierto Dios en la fe , de haberme hecho confianza, de haber pervivido en este ministerio durante cinco decenios, siguiendo el texto del Eclesiástico que dice: “Permanece en tu tarea y en tu quehacer envejece”. Y al recordar todo esto me sobrevienen los nombres de tantos compañeros en el viaje de la fe, del ministerio sacerdotal y de la iglesia, que en la galerna vivida en estos decenios de vuelcos históricos quedaron hundidos como barcos tras naufragio. Yo he perdurado, y ante este hecho, a la vez que recuerdo sus nombres con amor y en amistad intercesora, sólo sé decir obligado y humillado: “Gracias, Señor, por la gracia con que me has prevenido, acompañado y sostenido hasta hoy; en adelante mantenme fiel y alegre en tu santo servicio”
b) Reafirmar (presencia).
En este acto de hoy me dejaré llevar por una de las grandes luminarias de la sabiduría y de la fe, de la teología y de la iglesia, San Agustín, que en la mitad de su vida sintió la necesidad de pararse a considerar quien había sido Dios para él, y quien había sido y era ahora él, Agustín, para Dios . Y escribió su obra doble: primero “Las Confesiones” y luego las “Reconsideraciones”. Las primeras para recoger su vida anterior y tomándola en propia mano resanarla, personalizarla y ofrecérsela a Dios ; las segundas no para “retractarse” en el sentido que esta palabra tiene hoy entre nosotros (desdecirse de lo dicho), sino para repensar con mayor serenidad y distancia todo lo que había escrito, matizando en unos casos, rechazando en otros, reafirmándose en las líneas fundamentales de su inicial conversión al Dios, humilde y amoroso, entregado por nosotros en la carne de Cristo.
La palabra latina “confessio” tenía en sus labios, como en los textos de los salmos, un triple sentido que me quiero apropiar yo hoy:
-confessio laudis: proclamación de la divina alabanza en adoración y agradecimiento
-confessio fidei: manifestación pública de la fe personal que he recibido en la iglesia y a la que sirvo
-confessio peccatorum: reconocimiento y acusación de los propios pecados, pidiendo perdón a Dios y a todos vosotros. Y lo hago repitiendo la fórmula de la liturgia: perdón por mis pecados de palabra y de obra, de acción y de omisión. Perdón, Señor, y perdonadme vosotros: la acción mal hecha o la esperanza defraudada. El cristiano no se exculpa ni proyecta sus culpas sobre el prójimo, sino que mira a su interior. En el reconocimiento objetivo de sus acciones es donde adquirimos la libertad verdadera, donde resanamos la memoria, despejamos la inteligencia y limpiamos el corazón, para poder iniciar cada día nuestra existencia en gozosa novedad, sin quedar apresados por el pasado, ni fascinados o angustiados por el futuro. Dios es siempre mayor y mejor, anterior a nuestra debilidad y posterior a nuestros pecados. ¡El mayor pecado contra Dios es la desconfianza en su amor creador o la desesperanza de su perdón paternal! En el tríptico que recibirán al salir tienen esa confesión mía ante Dios y ante Ustedes.
c) Prometer (esperanza).
La vida está siempre pendiente. Nunca está hecha del todo mientras nuestra libertad sigue abierta y Dios está por delante. Vivir es construir y reconstruir, recuperar y proyectar. Esta es la gloria del hombre que cuenta con su pasado y su futuro pero no es víctima de ninguno de ellos: en el presente recoge y actualiza su pasado a la vez que anticipa y proyecta su futuro. Ya lo dijo el poeta: “No están el ayer ni el mañana escrito”. No somos víctimas de los tiempos. Es en el hoy de cada día donde se decide el último sentido de lo vivido, y lo consumamos en el ahora por un acto de la libertad presente. Por eso hoy yo, recogiendo mi vida pasada y poniéndola delante de Dios, anticipo la futura, diciendo: “Señor, hazme sentir tu fidelidad hasta el final. Y éste final sea como Vos queráis y cuando Vos queráis”. Mírame con misericordia, dame la medicina según sea la herida y ofréceme la ropa según venga el frío
III
Al realizar esta memoria, confesión y promesa ante Dios, quiero explicitar también mi agradecimiento para con todos vosotros. Cuando vuelvo la mirada a mi existencia es el asombro lo que me sobreviene. Primero, porque se me ha pasado la vida, porque ya lo tengo todo por detrás y porque no es posible empezar de nuevo. ¡Esa es la grandeza y el riesgo de la libertad, que nuestras acciones son definitivas en su bondad o maldad, con todas sus consecuencias inherentes a los actos, y que no están en nuestra mano, ni son reconstruibles a capricho! Luego, siento una inmensa necesidad de agradecimiento. Por ello tendría que ir reviviendo todos los pasos y paisajes, exteriores e interiores de mi trayectoria: desde la casa y escuela de Cardedal, pasando por Arenas de San Pedro, Ávila, Munich, Roma. Salamanca, Madrid hasta llegar como el viejo marinero de un largo viaje a este puerto de Lastra del Cano en medio de todos vosotros, donde allí en el fondo está la pila bautismal (mi comienzo de historia de gracia) y donde aquí a mis espaldas está el cementerio que me espera (mi comienzo de vida eterna definitiva).
Ahora tendría que proferir tantos nombres propios y rememorar todos los rostros de quienes con su luz me han ido alumbrando el curso de la vida: desde mis padres (huérfano de apenas un año y meses sólo conocí el rostro de mi madre) y mi familia a los profesores, a los compañeros, y a todos vosotros: gentes de este pueblo, a los compañeros y alumnos de la Universidad Pontificia de Salamanca, comenzando por Don Antonio Rouco, Cárdenal arzobispo de Madrid siguiendo por Don Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao y Don Carlos López, obispo de Salamanca, para nombrar solo a los aquí presentes, junto a Don Jesús Burillo nuestro obispo de Ávila junto con los sacerdotes de esta diócesis , y luego todos los demás amigos: amigos de Academia, como admirable lugar de generosa convivencia, de diferencia aceptada y de libre colaboración; amigos de Salamanca, de donde han venido no pocos y entre ellos el grupo de médicos y enfermeras, que con tanto desvelo cuidaron mi salud a lo largo de estos años, especialmente en los agrios dos últimos.
Y no en último lugar a esa familia especial que son mis lectores, quienes silenciosamente y en la distancia han reclamado de mí razones, han compartido conmigo pensares y esperanzas en unos casos, discusión y búsqueda polémica de la verdad en otros; lectores de textos breves de periódicos, lectores de revista o pequeño folleto, lectores de libro mediano o de grueso tomo. A quienes se asustan ante el estilo, vocabulario o grosor les he repetido que yo he tenido el deber de escribir todo eso, que en cambio nada tiene obligación de leerlo ni es necesario para la salvación eterna, pero que si a pesar de todo lo leyeren, alaben a Dios y recen por el autor. Como hombre y como creyente soy hijo de la cultura y he encontrado a Dios por el camino de los libros.
Algunas capítulos de ciertos autores no sólo me han dado que pensar sino también me han hecho arder y llorar, rezar y vivir enardecido. Por eso me doy entero en cada página que escribo y me obsesionan las palabras, porque cada una de ellas puede ser un vehículo de Dios y convertirse en fuente de luz y salvación, o por el contrario sumir al futuro lector en la duda o perplejidad perturbadoras. También con la palabra puede uno ser traidor o mártir (testigo, que pone en juego la propia persona hasta el riesgo de la muerte para acreditar la realidad de lo que ha visto o cree verdadero). Algunos se han indignado ante la máxima musulmana: “La tinta de los sabios vale más que la sangre de los mártires”. No sería legítima si con ella se insinuara que basta dar razones de la propia fe, y que en caso de peligro de muerte sería posible ocultarla o negarla; sin embargo mantiene su verdad al sugerir que creer reclama principios y fundamentos, mostrando la razonabilidad de lo que se confiesa y que, por tanto, los escritores que defienden la fe en tiempos de inclemencia social, cultural o política, son el equivalente de los mártires en tiempos de persecución. Creer implica pensar y un pensamiento que no se suicida a sí mismo lleva inexorablemente primero a coger las preguntas y luego a sopesar las respuesta de la fe, llegando hasta aquel borde en el que la libertad es intimada a desbordarse en el consentimiento y en el amor a Alguien mayor, que nos funda, llama y acoge, o a retenerse en la poquedad de la propia vida que es gloriosa pero no puede ocultarse su finitud, pecado y muerte.
Hoy me hubiera gustado decirles otras muchas cosas, pero no es posible. En ese tríptico que les entregarán a cada uno a la salida de la iglesia, encuentran una breve carta, en la que les expreso mis mejores deseos a la vez que, por viejo, me permito darles algún consejo: Que sean buenos, que sean buenos ciudadanos, que sean mejores cristianos, que se animen a construir esa comunidad de paz y esperanza que es la iglesia en el corazón del mundo y al servicio de una sociedad mejor; iglesia que pese a todo y en medio de todo es vestíbulo de la gloria de Dios y patria de sorprendente libertad para el hombre. Permítanme que me exprese con tal claridad y que si para algunos de Vds. esta confesión eclesial no les es evidente o ciertas experiencias negativas no los ayudan a pensar en esa dirección, acéptenla al menos como mi testimonio personal, resultante de una historia vivida y de una reflexión sostenida alo largo de medio siglo.
IV
Termino, y lo hago preguntándome con el salmista: “¿Cómo corresponderé y qué daré al Señor por todo el bien que me ha hecho?” Y respondo con sus propias palabras: “Recibiré el cáliz de la salvación invocando con gozo y esperanza su santo nombre”. Ese cáliz es el que vamos a ofrecer en esta eucaristía, junto con los frutos y signos de nuestra vida que, convertidos en el cuerpo y sangre de Cristo, serán nuestra gloria y nuestra paz. Esa paz y esperanza, la alegría y la fortaleza que de él derivan, son las que yo les deseo a todos al regresar cada uno a la dura y gozosa labor de cada día. Que Dios los acompañe ahora y siempre.
Ávila 21 de febrero 1959-Lastra del Cano 12 de julio 2009
Olegario González de Cardedal (Tomado de Ecclesia)