El Sagrado Corazón y la cultura del encuentro

Estamos en el mes del Sagrado Corazón y quiero acercar a vuestras vidas el significado profundo de esta devoción y esta realidad, para ser constructores de la cultura del encuentro. En los momentos más importantes de su vida pública, precisamente para favorecer y evaluar la comunión entre sus discípulos, Jesús los llamaba a un lugar aparte para hablarles al corazón desde su Corazón. Ahora, el Señor quiere hablarnos al corazón, desea decirnos en la intimidad lo que es indispensable para alimentar nuestra vida. Cuando tenemos el Corazón de Cristo vemos claramente que es en la comunión con el Padre y con su Hijo muerto y resucitado, en la comunión en el Espíritu Santo, es decir, en el misterio de la Trinidad, donde encontramos la fuente, el modelo y la meta del misterio de la Iglesia. Y donde encontramos los fundamentos para construir la cultura del encuentro.

No hay discípulo sin el corazón de Cristo, que es como decir que no hay discípulo sin comunión; no hay discípulo que pueda escaparse de construir la cultura del encuentro. Hay una tentación que nos viene dada por nuestra cultura: ser cristianos con espiritualidades individualistas, que disipan la realidad y la certeza de que la fe nos llegó a través de la comunidad eclesial y así tuvimos la experiencia de tener una familia que es la Iglesia católica. Es esto lo que nos libera del aislamiento y nos convoca a tener el Corazón de Cristo y a realizar la misión hablando a los hombres con este.

Con el recuerdo de la carta Tertio millennio adveniente, con la que el Papa san Juan Pablo II nos invitaba a prepararnos para vivir y acometer la evangelización del tercer milenio, quiero deciros con fuerza que la Iglesia, que es «comunidad de amor», está llamada a reflejar la gloria del amor de Dios que es comunión. Es así como atraerá a los hombres y mujeres de este mundo y a todos los pueblos hacia Jesucristo. Esta carta apostólica animaba a renovar el interés que debe tener la Iglesia por las grandes cuestiones de este tercer milenio y hacía una propuesta clara: hacer una nueva civilización, la «civilización del amor» o, como hoy tan claramente nos dice el Papa Francisco, hagamos y vivamos la cultura del encuentro, con relaciones entre los hombres sustentadas en el amor, la justicia y la paz.

La Iglesia de la que somos parte es clave para alentar esta cultura del encuentro. Y lo hace cuando los discípulos misioneros asumimos y nos dejamos trasplantar el corazón y que en nosotros esté el Corazón de Cristo. Recorramos la hermosa y bella aventura de la fe, en la comunión y en la unidad, reflejando la gloria de la comunión trinitaria. Como nos decía el Papa Benedicto XVI, «la Iglesia crece no por proselitismo, sino por atracción: como Cristo atrae a todo a sí con la fuerza de su amor». Y la Iglesia atrae cuando vive en comunión; nos lo dijo el Señor: seremos reconocidos si nos amamos los unos a los otros como Él nos amó. La comunión y la misión están profundamente unidas entre sí. La comunión es misionera, nos provoca a salir. Y la misión es para la comunión.

Hoy el Señor invita a la Iglesia a que afronte las grandes cuestiones que afectan a los hombres e ilumine todas las situaciones con la luz y la fuerza de Jesucristo. La Iglesia sabe que esto lo tiene que hacer viviendo en la alegría y la esperanza. No puede vivir de otra manera desde que el Señor vino a este mundo e hizo a la Iglesia mensajera de su Buena Noticia. Esta familia construida por el Señor y a la que Él le ha dado la misión de decir a todos los hombres desde dónde y cómo se construye la cultura del encuentro no puede vivir de otra manera. Te ama y te da su Corazón, para que el tuyo se agrande y se haga vida y verdad en nuestra vida, haciendo de nuestro mundo una gran familia, tomando la decisión de vivir como Iglesia, encontrándonos con todos los hombres en la situación en la que están, pero siempre siendo esa Iglesia en la que cada uno acogemos, somos sensibles a los problemas de los hombres y de esta humanidad, desde la identidad de quien puso los fundamentos que la engrandecen y conforman. Volver a las raíces para proyectar futuro es necesidad. Y las raíces están en vivir que la Iglesia es comunión de amor en la diversidad de carismas, ministerio y servicios puestos a disposición de los demás, para que circule la caridad.

El Evangelio de san Lucas nos hace preguntarnos lo mismo que preguntaban a Juan Bautista: ¿Entonces, qué hacemos? ¿Qué hacemos nosotros? Para Jesucristo y sus discípulos no bastan las respuestas que reciben los oyentes de Juan Bautista: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene»; «no exijáis más de lo establecido»; «no hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie» (cfr. Lc 3, 11-14). Son respuestas humanas, buenas y necesarias, pero Jesucristo va hasta al fondo y mucho más allá. No basta dar la túnica, hay que dar la vida misma. Ya lo dice Juan Bautista: «El que viene detrás de mí es más fuerte que yo», y nos invita a entrar en comunión con Él y dar la vida. Se trata de dar el ser como Él nos lo da: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego» (cfr. Mt 3, 11). Esto es lo que tenemos que dar, el ser que ha puesto el Señor en nuestra vida: el Espíritu de Amor, de entrega, de servicio, de fidelidad, de comunión, de riesgo por el otro hasta dar la vida. Para ello seamos discípulos misioneros con el Corazón de Cristo.

El siglo XXI debe lograr una base que sirva de referencia a la sociedad en el orden económico, político y social. Por eso, defender la libertad auténtica, la verdad, la justicia y la paz, como bienes imprescindibles para una sociedad que se precie de humana y con aspiraciones a un progreso humano, es urgente; pero esto no puede hacerse a cualquier precio y de cualquier manera. Jesucristo nos enseña el modo y la manera, las dimensiones que tiene que tener el corazón del ser humano que arriesgue la vida por construir esta cultura del encuentro:

1. Requiere de hombres y mujeres que se dejen amar por el Señor: que sientan en sus vidas el amor de Dios y con ello la alegría de quien se sabe querido por Dios y llamado por Él para realizar su misión. Las palabras del apóstol san Pablo tienen una fuerza especial en nuestra vida: «Alegraos siempre en el Señor […].Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús» (Flp 4, 4-7).

2. Requiere de hombres y mujeres que sepan que, cuando los pueblos nos debatimos en confrontaciones de todo tipo, los desacuerdos continúan, las guerras aumentan y los muros de separación no disminuyen, hay que superar los prejuicios religiosos, raciales, nacionales e internacionales, con convicción profunda avalada por la manera de entender la vida de Jesucristo. Los seres humanos nos tenemos que encontrar en algún lugar más profundo que nos haga sentir que somos una misma familia. Y queridos hermanos, ese lugar ni son ideas ni plataformas especiales, aunque nos haga construir algunas necesarias, es una persona y tiene un nombre: Jesucristo. Solamente incorporando a nuestra vida el estilo y la manera de vivir del Sagrado Corazón que es Jesús mismo podemos hacer la cultura del encuentro. Y esto es posible, ahí tenéis hombres y mujeres que lo han llevado a cabo, desde los primeros discípulos del Señor, los apóstoles, hasta esos santos conocidos por nosotros como santo Tomás de Villanueva, san Juan de Ribera, san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier, santa Teresa de Ávila, santa Soledad Torres Acosta o san Juan de la Cruz; pasando por hombres y mujeres más cercanos como esa gran santa Edhit Stein, el padre Kolbe, Pedro Poveda o Teresa de Calcuta. No dudéis. Ellos han realizado la cultura del encuentro que hace XXI siglos inauguraba Jesucristo de una vez para siempre.

3. Requiere de hombres y mujeres que construyan esa cultura del encuentro digna de la persona humana y de una verdadera cultura de la libertad y de la solidaridad: para ello hay que abordar los elementos centrales para cualquier civilización, pero sobre todo hay que tener en cuenta los valores morales y los contenidos religiosos que no son independientes de los componentes económicos, políticos y culturales. Seamos serios y profundos: ¿cómo proponer y luchar por la paz en esta sociedad en la que el conflicto es algo constitutivo de la realidad cotidiana?, ¿cómo ser justos en medio de un sistema basado en el lucro y en la competitividad?, ¿cómo renovar la cultura que tiene estructuras de pecado? Hay respuestas para ello. El Corazón de Cristo nos lo dice cuando se convierte para nosotros en escuela y santuario de la humanidad nueva que nace del encuentro con Jesucristo. La Iglesia tiene una misión preciosa y apasionante: hacer que los hombres no olviden a Dios, dándole rostro. Olvidarlo trae la negación del hombre. Con el olvido de Dios se niega al autor de la vida y, por tanto, el valor de la vida. Hay muestras concretas en nuestro contexto cotidiano: el terrorismo, el aborto, la violencia... Hay que promover una nueva cultura, la del encuentro, la del amor mismo de Dios. Hay que mostrar a este mundo alternativas vitales y morales que hacen al hombre más feliz, más solidario, más pacífico y más libre.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid
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