La misericordia de Dios y la nuestra

Así ha sido. Juan Pablo II tuvo un especial aprecio a la devoción nacida de esta aparición de Cristo. Beatificó a sor Faustina Kowalska en 1992 y la canonizó en el 2000, el mismo año en el que estableció que el segundo domingo de Pascua se celebre en la Iglesia la fiesta de la Divina Misericordia.
Este domingo nos disponemos pues a meditar sobre este don divino, que ya al principio de la humanidad se manifestó cuando Dios hizo la promesa de un Redentor. Al cumplirse la plenitud de los tiempos, Jesús nació de María Virgen, quien exclamaría en el canto jubilar del Magníficat: “Su misericordia se extiende de generación en generación”.
También en la nuestra, tan necesitada del perdón de Dios y de su mirada amorosa, la invocación a la misericordia divina es la fuente de nuestra esperanza. En efecto, ¿qué solución nos queda cuando en la vida parece que se nos cierran todas las puertas? Pienso, sobre todo, en tantas personas atribuladas por dolores físicos, y también morales, que aún son más duros. El recurso a la Divina Misericordia es la única solución para no desesperarse.
Y pienso sobre todo en nuestra responsabilidad. Si Dios actúa con su corazón amoroso, también nos pide que actuemos así nosotros con los hermanos más necesitados. Mediante parábolas nos enseñó que no debemos pasar de largo ante el sufrimiento ajeno. Incluso exclamó una vez: “¡Misericordia quiero, no sacrificios!”, ante una forma de entender la religión desencarnada, hecha de rituales.
Jesús es ejemplo de misericordia para que la practiquemos en abundancia. La crisis económica en la que vivimos nos debe impulsar a pensar más que nunca en los pobres, en las personas que viven solas, en las que no tienen casa o están a punto de perderla, en las que no llegan a fin de mes por la reducción de salarios o la condición de parados, en las que pasan hambre.
En este sentido deseo elogiar una vez más la actuación de organizaciones, como Cáritas y tantas otras, que tienen como motivo fundacional esta ayuda. Su actuación, igual que el voluntariado, es una forma encomiable de ejercitar la misericordia que, aún pareciendo humana, es divina.
† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado