La resurrección de cada día

Vive el hombre renacido con Cristo; es muerte el permanecer hundido en el pecado. Muerte es la indiferencia, que es ausencia que carcome la esperanza del hombre. Es el cobarde y falso respeto humano que esconde y trata de meter en el sepulcro al que ha resucitado. Es el desprecio del favor que Dios ofrece, creyéndose uno autosuficiente y hasta orgulloso de poder prescindir de Dios.
El testimonio del cristiano resucitado con Cristo ha de llegar a un verdadero y eficaz compromiso social, participando de las esperanzas y de los sufrimientos de los hombres.
El hombre nuevo, renacido con Cristo resucitado, es el que busca sinceramente la verdad y quiere vivir en consecuencia con ella. Está abierto al Espíritu, a la posibilidad de que Dios pueda hablar con un lenguaje original y desconocido; se acepta gozoso como imagen e hijo de Dios; se ha revestido de Cristo y hace de su vida imitación de su Maestro; se siente permanentemente agradecido a la bondad de Dios; hace de la caridad y del amor fraterno norma constante de su vida. Hombre nuevo es el que ha resucitado con Cristo, goza con la esperanza y se alegra con el bien.
Hombre envejecido es el que se empeña en la mentira, confundiendo el camino de los demás; el que se cierra a cualquier tipo de conocimiento que no sea evidenciado por los sentidos; el que se empeña en desconocer su origen y su destino y camina por este mundo sin razón de ser ni horizonte que alcanzar; el que insiste en ser el único maestro de sí mismo; el que ha perdido la capacidad del agradecimiento, porque el egoísmo le ha secado el alma; el que no quiere a nadie y no se siente querido por ninguno; el que ha perdido la capacidad de gozar y de esperar.
Todo ha cambiado: de la cruz hemos pasado al gozo, de la muerte a la vida, de las afrentas a la alabanza, de las lágrimas al consuelo, del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz. Así es nuestra pascua: tránsito y cambio de lo viejo a lo nuevo, de la opresión a la justicia, del pecado a la virtud.
Cristo ha resucitado. Y con su resurrección toman nueva vida todas las cosas. El mundo entero tiene que ser como un sacramento, como una señal en la que descubramos y aprendamos a vivir en la gracia de Cristo.
Será el amor fraterno el que haga olvidar viejos odios. Será la justicia practicada con fidelidad la que deje atrás enfrentamientos enconados entre hermanos. Será la misericordia la que haga fuerte la unidad de los hombres, que un día estuvo resquebrajada por el egoísmo.
Cardenal Carlos Amigo