La vida consagrada en Venezuela

sus hijos, ser portadores de un testimonio y unas obras que sirvan a la sociedad como reflejo de las bienaventuranzas.
Me atrevo a afirmar que en Venezuela no tenemos conciencia plena del significado de esta forma de vivir el ristianismo. La razón es sencilla. Durante la colonia fueron muy pocos los conventos de religiosos y religiosas, situados la mayor parte de ellos en las ciudades principales. Los misioneros que se adentraron por todos los rincones de nuestra intrincada geografía, iban en pareja y a veces en solitario, durante meses y años, y sólo volvían a sus conventos a retomar fuerzas y a buscar recursos para sus obras de avanzada. La guerra de independencia prácticamente acabó con los conventos masculinos y las primeras reglamentaciones republicanas cercenaron su crecimiento y marcaron su paulatina desaparición.
Guzmán Blanco, a su vez, prohibió los monasterios femeninos y expulsó a todas las monjas del país.
Quedó Venezuela sin un solo representante de vida consagrada hasta que el Ilustre Americano dejó estas tierras y se permitió la entrada a algunas congregaciones femeninas para atender los hospitales. Poco después vinieron los primeros religiosos que abrieron tímidamente centros educativos. A la par surgieron las congregaciones femeninas venezolanas con el carisma sanitario y educacional. Vigentes las normas que prohibían su entrada, el gobierno de Gómez dejó que llegaran algunas congregaciones tanto masculinas como femeninas, comenzando así una nueva era para la vida consagrada en Venezuela.
Habrá que esperar a mediados del siglo XX para que la presencia de vida religiosa se multiplicara en toda la extensión de la patria, con miembros venidos, sobre todo, de la vieja Europa. De una veintena de congregaciones se pasó a las cifras actuales cercanas a los doscientos institutos dedicados a los más variados servicios: educación, sanidad, presencia en los barrios y en las zonas fronterizas, de misión y en casi todo el territorio nacional. Poco a poco fueron surgiendo también vocaciones nativas en la mayor parte de estos institutos. Es el rostro que presenta hoy la vida consagrada. Ellos y ellas han vivido con pasión esta vocación de servicio y han amado a nuestra gente con pasión.
A pesar de las crisis del mundo contemporáneo, del cambio de paradigma que influye en el aspecto vocacional, nuestra Iglesia debe unirse también al año decretado por el Papa, no sólo para agradecer esta presencia, sino para avivarla y hacerla más penetrante para bien de todos, principalmente de los más pobres y alejados, primeros destinatarios de sus carismas. Los frutos están a la vista y es obligación nuestra acrecentarlos.
Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo