Monjas que van a la peluquería y se hacen la manicura

«¡Grandísimo mal el de los religiosos!», exclamaba Santa Teresa de Jesús en el libro de su Vida. «El fraile y la monja que van a comenzar a seguir el llamamiento tienen más que temer a los mismos de su casa que a todos los demonios», proseguía la santa de Ávila, que algo sabía de conventos y monasterios.

Y concluía: «No sé de qué nos espantamos de que haya tantos males en la Iglesia, pues los que habían de ser los dechados, para que todos imitasen sus virtudes, tienen más que borrado el trabajo que el espíritu de los santos pasados dejó en las órdenes religiosas».

¿Volvería a escribir hoy lo mismo Santa Teresa al contemplar a nuestros religiosos? Si la santa regresara vería, desde luego, congregaciones boyantes y fieles a su carisma. Ahí está la orden que ella misma reformó, las carmelitas, con un goteo permanente y fructífero de vocaciones. O las clarisas, que han convertido su convento burgalés de Lerma en un hervidero de vocaciones. O el testimonio heroico de las Misioneras de la Caridad y de muchos religiosos dedicados a los más pobres.

Pero quizás también contemplaría con lástima órdenes religiosas mustias y apagadas. Conventos donde la oración es voluntaria y a gusto del consumidor. Monjas que van a la peluquería, se hacen la manicura y salen juntas de compras. Librerías religiosas que venden libros de esoterismo, budismo y de doctrinas contrarias al Magisterio. Sacerdotes que viven un voto de obediencia «dialogado» y que hablan mucho a los alumnos de sus colegios de solidaridad, justicia y utopía, pero muy poco de Dios.

Y Santa Teresa regresaría al cielo, probablemente, con un sabor agridulce al ver a nuestros religiosos.

Alex Navajas (La Razón)
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