El "pequeño Ratzinger" cambia de registro

Ni antes era tan halcón ni ahora es tan paloma. Pero el cardenal Antonio Cañizares ha ganado con su estancia en Roma. Ha cambiado el provincianismo por la universalidad y la Iglesia de la roca asediada y de las esencias patrias por la de una Iglesia profundamente espiritual y enraizada en Dios, pero, al mismo tiempo, volcada con el hombre. Una Iglesia con los dos palos de la cruz: horizontal y vertical. Hacía tiempo que no escuchaba, en España, a un cardenal hablar, como lo hizo ayer el ministro de Liturgia del Papa, con tanta claridad de la Iglesia en plan propositivo y hasta humilde y cariñoso para con la sociedad y los hombres.

Cañizares es un enemorado de España y se le nota. Y tampoco tiene empacho en decirlo públicamente. Está en Roma, pero lleva a España en el corazón y en sus afanes pastorales. Y se interesa por ella y por lo que en ella pasa, aunque no creo que regrese, para suceder a Rouco en Madrid, como se especualaba hace unos años. Su futuro, quizás cercano, pasa por la Congregación para la Doctrima de la Fe, el más importante dicasterio romano.

En cualquier caso, en este momento es el español con mayor peso y poder en Roma. Algo que sabe de primera mano el ex embajador de España ante la Santa Sede, Francisco Vázquez. Y lo dejó claro en la presentación que hizo del cardenal Cañizares. Sin escatimar elogios (como procede, en estos casos), pero elogios sentidos. Aseguró, por ejemplo, que, gracias a él, se desactivaron los "graves problemas" con el Gobierno de Zapatero. Y reconoció que fue, junto a María Teresa Fernández de la Vega, el gran muñidor del acuerdo sobre financiación de la Iglesia. También reconocio Vázquez que Cañizares es amigo del Papa y pertenece al círculo de sus más cercanos e íntimos colaboradores. Y, por supuesto, elogió su "sencillez y afabilidad", algo que le reconoce todo el mundo.

Como cuento en la crónica del acto, lo que más me sorprendió de la conferencia del cardenal Cañizares fue su cambio de "tesitura". En España se movía (o al menos, ésa era la imagen pública que transmitía, como el abanderado de los sectores más conservadores, pasando a Rouco por la derecha). En Roma, ha dejado de ser un cardenal provinciano, para convertirse en un curial de prestigio. Un cardenal que se ha mimetizado con el Papa, su amigo. No en vano se le conoce como "el pequeño Ratzinger" (apodo cariñoso que, algún día, me tendrá que agradecer).

Y, al igual que el Papa habla de lo esencial: de colocar a Dios en el centro de la vida y de la sociedad, de recuperar las raíces cristianas y de sentirnos orgullosas de ellas, de una regeneración moral y antropológica clave para la recuperación social. Habla de una Iglesia samaritana y de los pobres como lugar teológico. Y su talante expositivo es el mismo de Benedicto XVI: la oferta, la propuesta de la fe como sentido pleno de la vida.

Sin perder un ápice de su ortodoxia, Cañizares positiviza su mensaje. Y eso le hace cosechar muchas simpatías en todos los sectores de una Iglesia inclusiva y plural. Le ayuda (y mucho), su sencillez y su afabilidad de siempre. Es un gran cardenal, pero no se lo cree. Va de sencillo y de humilde por la vida. Y eso siempre se agradece. Y más si se trata de un príncipe de la Iglesia. De uno de los 209 cardenales (Vázquez dixit) que tuvo España a lo largo de su historia. Y quizás el que más alto llegue...

José Manuel Vidal
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