Fue el cardenal Segura una maravilla de obispo celoso y con afán de santidad, en muchos aspectos, pero aquí me voy a fijar en SUS SOMBRAS, SUS TALANTES NEGATIVOS, para que sirva de reflexión a nuestros queridos obispos y dignatarios eclesiásticos y no tropiecen en parecidas piedras.
En Sevilla, Bueno Monreal
Una vez tomada posesión de obispo coadjutor, Bueno Monreal visita a las máximas autoridades. Convoca después rueda de prensa y radio en San Telmo, su residencia, y se presenta a sí mismo como cirineo del Cardenal Segura. Al día siguiente aparece en el BOE el nombramiento de Bueno Monreal.
El primer sábado presidirá la sabatina, feudo de Segura, pero se decide a entrar en él. Entretanto Segura entra por Lourdes, su amado y dulce lazareto espiritual.
En Sevilla, Segura
Llega a Sevilla el Cardenal. Casi media hora estuvieron juntos ambos prelados. Pero fue la media hora más larga de mi vida - dirá más adelante Bueno Monreal -. Segura le hará ver en esa media hora que Bueno no era nada en Sevilla. Le pidió las "Letras Pontificias" del nombramiento. Pero sólo tenía el documento que le había dado el Nuncio. Le arguye el cardenal que sin letras pontificias nadie puede tomar posesión; que pedirá aclaraciones a Nunciatura. "Mientras tanto, no puedo designarle a usted ningún poder jurisdiccional que yo solo conservo. Puede retirarse". Y tenía razón canónica Segura.
Pasaron los días. Bueno Monreal se hallaba como recluido en San Telmo, sin ninguna labor que hacer. Predicó Segura como todos los años la novena de la Inmaculada en la catedral. Realizó después la coronación de la Virgen de la Amargura. No para de actuar como único Arzobispo. Y suena su canto de cisne en una exposición mariana sin crónica. Hasta que al fin llegaron las Letras Pontificias. Bueno Monreal, el 14 de diciembre de 1954, presenta las bulas. A partir de esta fecha la figura de Don Pedro, cardenal Segura y Sáez, aunque conserva el título honorífico de Arzobispo de Sevilla, es raída de las páginas de los boletines del Arzobispado.
El cardenal Segura ya es un sol puesto; sólo se asomaba a hacer la sabatina ante la Virgen de los Reyes. La despedida de sus adictos, ante la puerta del palacio arzobispal, abunda en vivas al Mindszenty español. Pocas muestras de sentimiento recibió desde el exterior tras su remoción; una de ellas fue la de Pildain, el obispo de Canarias. Segura le contesta diciéndole que lo acepta "como un regalo de Dios"; le dice también que le gustaría ir a hacer Ejercicios Espirituales a la isla. Segura y Pildain se admiraban mutuamente. Eran de la misma hechura. Más tarde Segura le confiesa: está pasando el amargor del nombramiento de Bueno Monreal como administrador apostólico de Sevilla. Y añade: "Es una nueva intriga contra mí"; y añade palabras muy duras contra Roma.
La cuesta cada vez más empinada
Todavía en Navidad de 1954 no dudó en enviar su felicitación a Pío XII. Y en verano del 55, desde Cuenca, le escribe: "He de decirle con toda humildad a Vuestra Santidad que no estoy conforme con la actuación de la persona de este señor que, más bien que coadjutor, ha sido y es un destructor de la obra pastoral por mí realizada por espacio de dieciocho años [...] Se mete audazmente en cosas personales mías, cual la intervención en la obra personal que, con fondos míos, he hecho en el llamado Cerro de los Sagrados Corazones. [...] Yo le suplico humildemente protección contra este abuso, y que me permita vivir en mi Palacio Arzobispal en paz y gracia de Dios... con una vida de silencio, de oración y de paz sin molestar absolutamente a nadie. Parece que con los constantes disgustos que me dan pretenden renovar mi enfermedad [...]Yo ruego encarecidamente a Vuestra Santidad que no intervenga en este asunto el Nuncio de Vuestra Santidad, por haber comprobado ciertamente que me considera como un enemigo y me perjudica cuanto puede".
El 28 de febrero del 55 había escrito a Pla y Deniel, arzobispo de Toledo, pidiéndole su intervención para que se abstuviera de venir a Sevilla el Nuncio Antoniutti. "Los ánimos están muy excitados y la venida del señor Nuncio, que desapruebo totalmente, pudiera dar ocasión a no ligeros disturbios".
Pero el Nuncio vino 14 - 19 febrero del 1955
De momento el cardenal tomó el control y dirigió la escena con cierto refinamiento. Cuando Segura los vio llegar a la capilla mayor, se fue al centro del altar, desplegando su capa magna, calculando un primer golpe escénico. Dice el Boletín: "Monseñor Antoniutti, seguido del doctor Bueno Monreal, subió las gradas del presbiterio y besó la púrpura, haciendo lo mismo el Arzobispo Coadjutor". Segura tendió su diestra a Antoniutti y a Bueno Monreal, cuando éstos estaban en un escalón más bajo. El cardenal aparecía agigantado, los otros dos, empequeñecidos. Segura rezó las tres avemarías, y se puso a hablar sin dejar turno a nadie, regateando la salutación que Bueno había de dirigir al Nuncio. Fue un breve discurso de amor al Papa.
El Nuncio después dijo que traía una bendición especial del Papa. Y dio la bendición papal. El cardenal, en un rápido reflejo, se fue de nuevo al centro del altar para denunciar a los protestantes, a los que acusó de su caída. Segura dio la bendición papal. ¡Dos bendiciones! Y dijo: ahora el obispo o arzobispo de Antioquía de Pisidia va a entonar la Salve. Después habló Bueno Monreal. Los seguristas después vitorearon a su líder hasta que llegó a palacio.
No estaba ya el cardenal. Era en San Telmo. Pero en el discurso que allí pronunció Antoniutti dejaba entrever una imagen de Segura desobediente al Papa. "...Es inútil hacer declaraciones de amor al Papa, cuando no se quieren aceptar sus decisiones... "- dijo. Después de esto, Antoniutti ya no se atreverá a cruzar vista y palabra con el cardenal Segura. A la comida tampoco asistió nuestro hombre. Estaba, en cambio, Cantero Cuadrado, nuevo obispo de Huelva.
El 21 de mayo el cardenal, una vez en Sevilla, se agravó.
Bueno Monreal fue a palacio a visitarle para ofrecerle el santo viático, pero los sobrinos le dijeron que aún no era el momento, y además le negaron la entrada. Al día siguiente el mismo cardenal pidió el viático. Cuando se iban acercando el cabildo y Bueno Monreal, los sobrinos salieron y dijeron que se había agravado y se lo había administrado el mismo Santiago Guinea. Pero mejoró. Y tras la convalecencia marchó a Cuenca de vacaciones.
Bueno Monreal Administrador Apostólico
En el decreto se decía (20 de octubre de 1955) que el cardenal: "de edad avanzada y debilitado de salud no podía ocuparse del régimen de la archidiócesis". El paso dado por el Vaticano pretendía poner fin a un último problema que el cardenal Segura había causado a la Santa Sede:
En San Juan de Aznalfarache el cardenal hizo construir un monasterio de monjas que entregó a la congregación de las Salesas, y una residencia universitaria que puso en manos de la Compañía de Santa Teresa. De pronto, acosado por las deudas, decide expulsar a ambas congregaciones de sus respectivas sedes, y negociar el traspaso de las mismas a otras entidades.
Bueno Monreal dice a Segura que ha comunicado a las religiosas que NO desalojen "mientras no sea comunicado el desahucio por la Santa Sede". Replica Segura que el edificio es de su propiedad y lo necesita para otros fines, como son el pago de la deuda de tres millones de pesetas que debe a la casa constructora. Y trata de mover otros hilos en la Congregación de Religiosos.
Aparece Segura desconcertante, radicalizado. Refiriéndose a Bueno Monreal dice Alberto Goñi CMF: "Y ahora vuelvo a importunarle con respecto a las intromisiones de este señor, que es un verdadero lobo rapaz, como verá por la lista de cargos. Se trata de una persona de mucho cuidado que me ha destruido en pocos meses la labor pastoral de dieciocho años, y esto con la aprobación del Nuncio Apostólico y de sus cooperadores".
Y envía otra carta a Arcadio Larraona en que le dice que tanto el edificio de las Salesas como el que ocupan las religiosas de la Compañía de Santa Teresa, se hicieron con dinero propio en terreno que cedieron a mi persona, y contraje una deuda de cuatro millones, de los cuales llevo pagado un millón". Y siguen las cuitas: le impiden la entrada al convento por él creado porque recurren a Bueno Monreal; ve en todos estos temas injusticias y arbitrariedades. Es necesaria, para él, la salida urgente de las religiosas.
Los cargos contra Bueno Monreal ocupan tres folios. Pero la reacción del Vaticano contra todo esto fue extender el nombramiento de José María Bueno Monreal como administrador apostólico "sede plena", con fecha 20 de octubre de 1955.
Hacia la total soledad
El declive tras la operación quirúrgica va asociado al desgaste moral, que sólo su entereza de carácter y su gran reserva religiosa hicieron posible que se acercara a la frontera de la muerte sin descomponer su imagen. Tras el problema de los conventos se quedó solo en su palacio arzobispal. Bueno Monreal le trató siempre con respeto. Pero no fue a mostrarle el nombramiento de administrador apostólico, porque sabía sería muy duro y tenso. El cardenal, además de sus familiares, tenía un pequeño grupo de adictos y su fiel capellán Santiago Guinea; podían verlo todos en las sabatinas. Recibía cartas de antiguos admiradores.
Había pedido aquel año el altar mayor de la Catedral para la novena de la Inmaculada, pero el cabildo se lo negó. ¡Aquel cabildo que siempre le había inclinado la cabeza con un amén! Pero Bueno Monreal le permitió asistir a la Misa de capa magna y predicar la homilía, a fin de dar el mayor realce a la fiesta de la Inmaculada. Funcionó aquel detalle, y fueron las mirras finales de sus pontificados: última capa magna, última homilía, última bendición papal. Le quedaban dieciséis meses de vida.
En las bodas de oro sacerdotales
No quiere ver a nadie fuera de sus íntimos. Junio del 56. Ni una línea hubo sobre el acontecimiento. Entonces renace su fervor monárquico y se cruza distintas cartas con don Juan de Borbón. Siente con amargura que ya se le niega el pan y la sal.
El final
Comienzan los fuertes trastornos de corazón. Tiene 77 años. Fue internado en el hospital Nuestra Señora del Rosario de Madrid. Le acompañaban sus sobrinos. No fue a visitarle Bueno Monreal. ¿Lo hubieran admitido? Su siempre fiel capellán Santiago Guinea, la superiora de nuestra Señora del Rosario estaban en todo momento junto a él. Y entregó su alma al Creador el 7 de abril de 1957, al atardecer. Él había pedido antes que le celebraran la Misa. Murió con gran piedad.
Despedida
En Madrid se volcaron. Le hicieron comitiva fúnebre oficial por el barrio de Salamanca, por varias calles. Se suprimió la circulación. Acudieron las autoridades y Franco ordenó se le hicieran honores de capitán general. En Castelló se despidió el duelo y salió el coche fúnebre hacia Sevilla. Bueno Monreal aguardaba el cortejo en San Telmo, no salió al límite de la provincia. En los pueblos, al paso del cortejo fúnebre, acudía el clero con cruces para rezar el responso.
En Sevilla se le recibe como en los tiempos mejores. Se prepara la capilla ardiente en el palacio y el pueblo pide se deje abierta toda la noche. Todos los curas diocesanos quieren decir misas ahora ante los restos del cardenal. Era, sí, Segura mucho personaje pese a todo, pese a todos, pese a sí mismo. Franco pide a todos los obispos se eleven preces por el eterno descanso del ilustre purpurado. Y dice de él que "ha sobresalido por su acendrada piedad y ejemplar caridad para con los pobres. Son igualmente relevantes los servicios que prestó a la Iglesia en nuestra Patria". Franco habla con respeto y veneración de él.
Las exequias en Sevilla, muy solemnes pero sin oración fúnebre ni homilía.
A estas alturas aún no se han acordado de rotular una calle en Sevilla con su nombre, a pesar de haber sido un pedazo de historia de Sevilla y de España. Déjenme denunciar este olvido.
(Textos entresacados del libro "Pedro Segura. Un cardenal de fronteras" de Francisco Gil Delgado. El libro consta de 786 páginas más una introducción de 26). FIN
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