Ciegos que pueden leer

No me refiero a los invidentes. Son otra clase de ciegos y ellos lo ignoran. Tal vez dentro del número de estos pacientes nos encontremos tú y yo. Y, si no somos capaces de advertirlo, ¿cabe mayor debilidad?
Nos damos cuenta de cómo otros enferman y mueren. Llevamos veinte años de salud, salvo ligeras indisposiciones. Y ni siquiera nos planteamos la posibilidad de engrosar la plantilla de los pacientes de hospitales. Se vive mejor así.
Hace ya bastantes años me decía una chica muy formal y seria: "Yo pienso que no me he de morir, aunque sé que no es verdad". Y era grande la sinceridad con que hablaba a aquella muchacha. Yo nunca me lo había formulado, pero me di cuenta entonces de que tal vez mi pensamiento iba por los mismos derroteros del de mi compañera.
Para nosotros no van ni la enfermedad, ni la muerte. Es para otros. Cuando nos toque, nosotros seremos los "otros" para algunos. No cabe ninguna duda.
¿Quizás la misma naturaleza nos ha dotado de esta capacidad de olvido ante un tema tan importante? No lo sé. Ya decía la canción antigua: "a lo loco se vive mejor". Y las personas más sensatas añadían: "pero se muere peor".
De manera casi imperceptible avanzamos en edad y encanecemos. A algunos la experiencia les dota de sabiduría. A otros, ¡que si quieres! Sería necesario que la vieja de la guadaña visitara al amigo íntimo o que uno mismo recibiera en su persona el aviso inconfundible de la realidad más temida.
No es el ciego más grave quien no ve, sino el que no quiere ver. El primero se da cuenta de todo que le rodea. El segundo, no.
Me he propuesto cumplir el consejo que me daban en un libro bueno: "piensa que hoy el el último día de tu vida. Pero has de pensarlo con alegría e ilusión. No con tristeza preocupada." Dejar nuestros trabajos tan bien hechos que cualquier persona que nos suceda pueda ultimarnos con facilidad.
Todo es cuestión de dos palabras: sensatez y corazón. La sensatez nos impulsa a mirar la realidad tal y como es: la vida es breve y conviene aprovecharla según la voluntad de Dios. El corazón nos abre la capacidad de entrega a nuestros prójimos, de enamoramiento de Dios.
Si vamos modificando nuestro proceder con arreglo a estos criterios, dejaremos el mundo de los ciegos que son buenos lectores. La fe será el sol que ilumine y dé calor a nuestra existencia.
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