Acudí a una primera Comunión en una parroquia del extrarradio de la Ciudad. Durante la homilía el celebrante hizo esta pregunta a los niños:
- ¿Qué os han dicho en casa sobre este acto tan importante?
Me extrañó que ninguno respondiera nada del gran acontecimiento eucarístico. Pero me llamó la atención la respuesta de un niño: "A mí en casa me han dicho que seamos fuertes".
Ser fuertes; la fortaleza: virtud muy importante y con frecuencia marginada dentro de nuestros criterios, pero ¡cuánta necesidad tenemos de ella y qué poco hemos meditado en aplicarla a nuestra vida! Esta virtud nos ha de ayudar a perseverar.
Cuando nos entregamos al Señor hace quizás muchos años, todo nos parecía fácil, porque ardíamos en amor a El, como los discípulos de Emaús después de la visita de Cristo. Pero fue pasando el tiempo y aquellas luces maravillosas, con la distancia, no iluminaban tan a fondo nuestro panorama. Luego vinieron las crisis.
Ahora, tal vez ha comenzado hace ya tiempo para algunos la etapa de la madurez, y con ella los achaques y enfermedades. Por una parte parece más fácil perseverar, pero por otra resulta mucho más duro.
La fortaleza es necesaria para vencer mil dificultades en la lucha contra nuestro amor propio y nuestra tendencia irresistible al placer. Pero sobre todo es necesaria para soportar el dolor y las molestias de la vida.
Me decía un viejo soldado de los tiempos de la última guerra civil: Lo más angustioso no era avanzar en el campo de batalla, cruzando el fuego enemigo; lo peor, sin duda, una noche de frío en el puesto de centinela. Allí en soledad, sin poder cambiar impresiones con nadie; sufriendo el cierzo helador de media noche; imaginando detrás de cualquier sombra al enemigo que se abalanza sobre ti.
Y ésa es la mayor dificultad de los pacientes, se encuentren en su casa o en una residencia sanitaria: las horas de insomnio; los ratos en que se enfrenta consigo mismo, sin saber qué va a ser de de él; la duda sobre si, tal vez, sea ésta su última enfermedad.
En esos momentos conviene recordar lo del chiquillo de la primera Comunión: "Que seáis fuertes". Y conseguir esta virtud con la ayuda de Dios a quien invocamos con reiterada y breve oración desde el fondo de nuestra alma. El es nuestra fortaleza, nuestro refugio, nuestro amigo, que nos espera en cualquier momento, y nunca nos abandona. Exclamar desde lo más hondo de nuestro corazón: "En ti, Señor he esperado, jamás quedaré confundido".
José María Lorenzo Amelibia
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