Limpia, para Jesús

Blancos, sin mancha los corporales que sostienen la Hostia Santa durante la celebración de la Eucaristía. Blanca, pura, limpia había de ser la Virgen Inmaculada que mantuvo en su seno durante nueve meses a Jesús, nuestro Dios.
Ella nos enseñará el camino de la verdadera limpieza interior, cuando nos acercamos a la Eucaristía. ¿Por que tantas comuniones no transformarán nuestras almas?
Es necesario purificarnos, desprendernos del apego al placer;
llevar un ramillete de sacrificios cada vez que nos acercamos a la Eucaristía. Entonces, sí, desaparecerá la rutina, el egoísmo, la tibieza que hacen presa en nuestra alma.
"¿Es que creéis que vosotros sois más felices en el baile que yo en la oración?", decía a la juventud de Santa María de Sando su párroco el P. Nieto. Y en otra ocasión, ante sus seminaristas: "¡Qué feliz el sacerdote que ha trabajado todo el día por Dios, cuando a la noche va a hacer la oración junto al Sagrario"!
Me llena de ilusión, me estimula a la adoración silenciosa ante la Eucaristía, la vida de este santo jesuita enamorado del Sagrario. ¡Buscar la felicidad por los verdaderos cauces: limpieza de corazón para acercarnos al Sacramento! Como María Inmaculada cuando llevaba en sus entrañas al Rey de los reyes. ¡Ella que fue espejo de justicia, causa de nuestra alegría, el primer templo vivo del Dios santo!
Cuando pienso en la intimidad con Jesús sacramentado, en la Virgen María, en la suerte de ser cristiano, en el privilegio de cooperar a difundir el Reino de Dios, me parece imposible no ser del todo feliz aun en medio de las pruebas.
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