Mirar los modelos de mortificación. ¡Y en vísperas de Noche Vieja, toma esa!


Otra vez con renuncia y mortificación - ¡qué contraste! - en vísperas de Noche Vieja. Pero ahí va. Siempre he envidiado a esos hombres que se abrazan al sufrimiento y no andar buscando para sí ningún placer o comodidad. No desprecian ni una sola ocasión tanto en lo que el Señor les envía en su Providencia como en lo que ellos mismos toman por iniciativa.

No sé si te ocurrirá lo mismo. Me suele parecer cuando me toca sufrir que esos sufrimientos jamás se me habrían ocurrido a mí; me resultan como inoportunos Parecen de lo más absurdo: humillación producida por el padre de un niño, inestabilidad en el puesto de trabajo, un accidente, avería del coche en el momento más inoportuno, marginación por parte de personas inútiles... Cuesta abrazarse con estos dolores absurdos; y sin embargo, ahí está toda la Providencia Divina.

El Padre Nieto, desde tiempos inmemoriales, nunca buscó un placer. Así lo aconsejaba también a sus dirigidos: renuncia a todo placer, aunque sea honesto. Yo sé que en el Evangelio, en diversas ocasiones se tropieza con el placer. Incluso Jesucristo comía y asistía a banquetes; incluso hacía notar la diferencia entre El y el Bautista.

Por supuesto que no achacaremos a quien se permita algunos placeres lícitos de hombre vulgar y menos santo; pero la verdad es que me produce un no sé qué de veneración y de admiración la postura y el consejo de Nieto. Porque noto que de tal manera nos domina lo sensible, lo cómodo y placentero, que veo lógica la postura de rechazar en principio la búsqueda directa de todo placer, aunque de hecho en algunas ocasiones se admita cuando, sin buscarlo directamente, surge. Por ejemplo: en una reunión de amigos, en una invitación. Pero cuánta fuerza de voluntad se necesita y cuánto amor de Dios para llevar a cabo este criterio
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