A nuestros queridos obispos: Vemos con gozo cómo, minorías de sacerdotes jóvenes en distintas diócesis, viven con verdadero fervor su entrega al Señor. Se confiesan con frecuencia, practican la dirección espiritual y la oración mental.
Intentan enamorarse de Dios. Son esperanza de santidad, aunque, como me decía un amigo, no es difícil ser santo hasta los treinta años. Lo difícil es perseverar. Los obispos sé que han puesto en ellos mucha esperanza. Pero también hay que animar a la santidad a los mayores, tan baqueteados por enseñanzas un tanto ambiguas.
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