Querido señor Obispo de habla hispana: Cada vez aprecio más la idea de estar enamorado de Cristo. Durante 12 años permanecimos en el seminario para enamorarnos de Él, pero no recuerdo que nos lo dijeran así nunca. ¡Y eso que nos preparaban para el celibato! ¡Y eso que la formación de aquel entonces fue extraordinaria! Creo que debiera ser la única ilusión de un alma consagrada. Y también de quienes vivimos en otro estado eclesial. Enamorarse de Dios no ha de estar reñido con el matrimonio.
Es verdad que siempre será más completo en el célibe que lo persigue. Pero el ideal ha de ser para todos. ¡Cómo cambiará nuestro apostolado cuando hablemos con corazón enamorado! Cuando nuestro gozo sea permanecer con el Señor y nada deseemos: ni diversión, ni fama, ni dinero, ni ciencia. Nada, sino su amor.
No podemos reprocharnos el no estar enamorados de Cristo, de Dios, pero sí el no haber consumido muchas horas a solas con Él. Ese es nuestro problema. Quisiéramos ser como San Pablo, pero luego nos aburrimos y no sacamos tiempo. Entre el atrio y el altar llorarán los sacerdotes del Señor y dirán: Señor, ten misericordia de tu pueblo. Esta ha de ser también nuestra oración. Veo mi obligación psicológica de llorar mis pecados y el de los demás. Llorar, pedir misericordia al Señor por todos. Día a día pedir por la conversión del mundo. Y desde esta perspectiva, la acción pastoral.
José María Lorenzo Amelibia
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