SER TIERNO CON EL DÉBIL Y NECESITADO

He conocido a personas que se jactan de ser duras en la educación de hijos o discípulos. No es cosa buena ni para ellos ni para los sujetos pacientes. No saben lo que se pierden y el mal que hacen. La dureza de corazón incapacita para crear empatía con el otro, para situarse en el lugar de quien está junto a nosotros. La ternura es virtud tanto de hombre como de mujer, no tiene sexo. Y no confundamos tener capacidad de ablandarse con ser blandengue; son cualidades muy distintas; se diferencian tanto como la virtud y el vicio.



Cuánto agradezco a las personas que me ayudaban a ponerme en pie, a sostenerme unos segundos sin apoyarme en nada, en los días de mi recuperación de la tetraplejia. Lo hacían con mimo, con cariño; con el noble sentimiento de adhesión afectiva: eso es la ternura. Una vez vi a un obispo que llevaba por la calle a su hermana en una silla de ruedas. Me conmovió, porque por ahí va la ternura cuando se hace con rostro sereno, alegre, con interés por el débil.

Oía una noche hace muchos años a un vecino que decía – creo que a su esposa – “No me conmueven lágrimas de mujer”. Ese machismo insensato e inmisericorde es el polo opuesto a la ternura con el débil.


La ternura nos invita a proteger al niño, al necesitado, al enfermo, al mendigo, al indefenso. Nos induce a aproximarnos con bondad al solitario que se encuentra como perdido en tierra extraña, al nuevo miembro que accede a un lugar desconocido de trabajo. Cuando hemos tratado a nuestros menores con ese cariño tierno, crecen en ambiente de seguridad; son después personas de corazón amable. También ellos de mayores sabrán proteger y acoger al indefenso, al extranjero, al distinto o arrinconado. Ser tierno no es sinónimo de debilidad. Todo lo contrario: es fortaleza, es asemejarse al Señor que en su providencia nos sostiene y no nos abandona. La Biblia está llena de citas sobre la misericordia y ternura de Dios.

A veces sentimos un pudor excesivo cuando queremos ser buenos con el débil y necesitado; hemos de superarlo. Pienso que debemos suavizar el tono de nuestra voz cuando tratamos con el enfermo o con quien está en un apuro. Hemos de dar paso a nuestros sentimientos de amor y comprensión; saber ofrecernos en amistad. La caricia discreta, el apretón de manos, la sonrisa franca de acogida son signos que hemos de fomentar en nuestras relaciones humanas con quienes en alguna circunstancia están por debajo de nosotros. Es necesario discurrir, en nuestros ratos de oración ante el Señor, sobre modos concretos de ejercitar, en el diario vivir, la quinta bienaventuranza: “Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia”.

José María Lorenzo Amelibia
Si quieres escribirme hazlo a: josemarilorenzo092@gmail.com
Mi blog: http://blogs.periodistadigital.com/secularizados.php
Puedes solicitar mi amistad en Facebook pidiendo mi nombre Josemari Lorenzo Amelibia
Mi cuenta en Twitter: https://twitter.com/josemarilorenz2
Volver arriba