Un cardenal se confiesa

El texto siguiente está tomado de la novela de Vicente Blasco Ibáñez, “La Catedral”. No es un caso real, sino supuesto, pero tremendamente realista, verosímil, sugestivo y de acuerdo con el corazón humano. Puede servir para crítica sabia de la ley actual del celibato clerical.


Se trata del diálogo confidencial del supuesto cardenal Don Sebastián, con Tomasa, la jardinera, antigua amiga de infancia, mujer sencilla pero llena de sabiduría.

Pero ahí va la narración que no tiene desperdicio:


“Que se enteren todos en Toledo que el arzobispo no quiere ver a sus canónigos, y que esto lo hace por dignidad, no por soberbia, pues al mismo tiempo baja a ver a su antigua amiga la jardinera.

Y el temible hombrón reía como un niño al pensar en el disgusto que esta visita podía
dar a los del cabildo.

—Y no creas, Tomasa —decía el prelado —, que he venido a verte sólo por conveniencia:
esta tarde estaba triste en palacio, me aburría. Visitación anda ocupada con unas amigas
de Madrid, y yo he sentido ese arrechucho que me da de cuando en cuando al recordar
el pasado. Sentía necesidad de verte, y pensado además en que el jardín de la catedral
es siempre fresco. Fuera de aquí hace un calor de horno. ¡Ay Tomasa, qué fuerte te veo! ¡Tan delgada y tan ágil, te mantienes mejor que yo! No estás envuelta en grasa como este pecador ni tienes dolencias que te amarguen las noches. Tu pelo aún está casi negro, la dentadura se conserva bien; no necesitas, como este cardenal, llevar un artefacto
dentro de la boca... Pero de todos modos, Tomasa, eres vieja como yo. Nos quedan
pocos años de vida por mucho que el Señor quiera conservarnos. ¡Quién pudiese volver a
aquellos tiempos, cuando subía a tu casa con la sotanita roja, en busca de tu padre el sacristán, y te quitaba el almuerzo! ¿Eh, Tomasa?...

—¿Te acuerdas cómo se burlaba de mí tu pobre padre? «Este chiquillo —decía en la
sacristía—es un Sixto Quinto.» «¿Qué quieres ser?», me preguntaba. Y yo respondía siempre lo mismo; «Arzobispo de Toledo.» ¡Y poco que se burlaba el buen sacristán de la seguridad con que hablaba yo de mis pretensiones!

Cuando me consagraron obispo, cree, Tomasa, que me acordé mucho de él, sintiendo que hubiese muerto. Habría gozado viendo sus lágrimas de alegría al contemplarme con la mitra en la cabeza... Yo os he querido siempre; sois una familia excelente, y muchas
veces me matasteis el hambre.

—Calle, señor; calle y no recuerde esas cosas. Yo soy la que tengo que agradecerle que sea tan bueno, tan llanote, a pesar de su categoría, que casi es la que viene detrás del
Papa... Y la verdad es—añadió la vieja con la arrogancia de su franqueza—que nada pierde siendo así. Amigas como yo no tendrá usted ninguna. A usted no le rodean más que aduladores y pillos, como a todos los grandes de la Tierra.

Si se hubiera quedado en cura de misa y olla, nadie lo miraría a la cara; pero Tomasa continuaría siendo su amiga, siempre dispuesta a hacerle un servicio. Si le quiero tanto, es porque usted es sencillo y afable. Si gastase orgullo, como otros arzobispos, le besaría el anillo, y hasta la vista. El cardenal en su palacio y la jardinera en su jardín. El prelado acogía con sonrisas la franqueza enérgica de la buena mujer.

—Usted siempre será don Sebastián para mí—continuó—. Cuando me dijo que no le
llamase eminencia y todos esos tratamientos que le da la gente, lo agradecí más que si me hubiese regalado el manto de la Virgen del Sagrario. Se me atragantaba tanto tratamiento; me daban ganas de gritar: «¡Pero qué porra de eminencia e ilustrísima, si nos
hemos arañado de pequeños mil veces, porque este grandísimo ladrón no veía mendrugo
ni albaricoque en mis manos que no quisiera zampárselo!» Gracias que le hablo de usted
desde que le vi beneficiado de la catedral, pues a un sacerdote no está bien tutearle
como a un monago.

Y don Sebastián erguía su cuerpo de anciano obeso, estirando los brazos con la arrogancia de los últimos restos de su vigor. —Usted ha sido siempre muy hombre—dijo
la jardinera—. Yo se lo digo muchas veces a ciertos curitas que hablan de usted, criticándolo por si patatín o patatán. «No jueguen ustedes con su eminencia, que es muy capaz de entrar un día en el coro, y a éste quiero y a éste no, sacarlos a todos a bofetada limpia.

—Más de una vez he estado tentado de hacerlo—dijo el prelado con firmeza, brillando
en sus ojos una chispa de energía—. Pero me detiene la consideración de mi cargo y mi
carácter de sacerdote pacífico. Soy pastor del católico rebaño, no lobo que aterra a las ovejas con su fiereza. Pero a veces no puede uno más, y ¡Dios me perdone!, he sentido la tentación de levantar el cayado para empezar a golpes con el rebaño rebelde que se guarece en la catedral.

—Tú no sabes, Tomasa, lo que esos hombres me hacen sufrir. Quiero dominarlos,
porque soy el amo, porque me deben obediencia con arreglo a la disciplina, sin la cual
no habría Iglesia ni religión, y se me resisten y me desobedecen. Mis órdenes son cumplidas a regañadientes, y cuando quiero imponerme, hasta el último cura sale con lo que llama sus derechos, y me pone pleito, y acude a la Rota y a Roma si es preciso. Vamos a ver: ¿soy el amo o no lo soy? ¿Es que el pastor discute con sus ovejas y las consulta para guiarlas por el buen camino?... Me marean y aturden con sus pleitos y cuestiones. No hay entre ellos ni medio hombre; todos son chismosos y cobardes. En mi presencia tienen la vista baja; sonríen y alaban a su eminencia, y apenas vuelvo la espalda, son víboras que intentan morderme; lenguas de escorpión que nada respetan...

¡Ay Tomasa! ¡Hija mía! ¡Tenme lástima! Creo que cuando pienso en esto me pongo muy enfermo. Y el prelado palidecía, abandonando su asiento con gesto doloroso, como si sus entrañas se conmoviesen con intensas punzadas.

—No haga usted caso—dijo la jardinera—. Usted está por encima de todos; usted los
vencerá.

—Claro que los venceré; ¡pues no faltaba más! Sería la primera vez que quedase debajo.
Estas triquiñuelas de comadres me molestan poco. Sé que al final veré a mis pies a los
repugnantes enemigos. ¡Pero sus lenguas, Tomasa! ¡Lo que dicen de los seres que más,
amo en el mundo! Esto es lo que me hiere, lo que me mata.

Nota: La crítica completa comprende otros dos post. Pueden servir para crítica sabia de la ley actual del celibato clerical. El corazón humano es así.

José María Lorenzo Amelibia

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