Corría el año 1983, cuando la iniciativa del diaconado permanente comenzó a extenderse por España. Escribía en “La Vanguardia” el sacerdote Ramón Ribera un artículo muy sabroso y muy crítico con esta novedad dentro de la Iglesia. Decía que eran tales diáconos más o menos unos monaguillos al servicio de algunos curas.
Que sin ellos se podía pasar igual en la Iglesia. Que dar la comunión, asistir a algún entierro, testificar un matrimonio, celebrar paraliturgias los domingos, donde no hay sacerdote, lo puede hacer cualquier seglar, y de hecho lo está haciendo, con excepción de las bodas, que también podría hacerlo cambiando un poco el Derecho.
Por otra parte, Ribera lo miraba como una discriminación con los sacerdotes casados a quienes no se les permite ni siquiera estas cosas. Ha rechazado la jerarquía la ayuda valiosa de miles y miles de sacerdotes dispensados para contraer matrimonio, en detrimento de una angustiosa carencia de ministros del Altar.
Pasan los años. Al menos podían tener en consideración a estos diáconos permanentes y, dentro de su matrimonio, conferirles el sacerdocio para paliar de alguna manera un poco la carencia de vocaciones. Pero ni una cosa, ni otra. Continúan los sacerdotes secularizados impedidos para el sagrado ministerio, por la terrible osadía de haber contraído matrimonio!!!! Y siguen nuestros queridos diáconos permanentes haciendo de monaguillos para algunos curas y sin solucionar para nada el angustioso problema de las vocaciones sacerdotales.
Mientras tanto aumenta la indiferencia religiosa, la increencia y la impiedad. “Dejad cuarenta años un pueblo sin sacerdote y terminará adorando a las bestias”, decía el cura de Ars. Algo de esto está sucediendo. Y no echéis la culpa a los curas que necesitaban el sacramento del matrimonio y se casaron. Muchos de ellos se ofrecieron para continuar ejerciendo estando casados. Pero por razones que nuestros jerarcas las saben, la cosa sigue igual. ¿Hasta cuándo? ¿Habrá en realidad tiempo de remediar el mal de la increencia, cuando al fin caigan en la cuenta nuestros jerarcas de que es útil para la Iglesia el sacerdocio de hombres casados?
¡Y algo más que parece chusco! Me escribía hace unos meses un diácono permanente que se había quedado viudo. Me decía con angustia que no le era permitido casarse de nuevo. ¿Qué hacer? La única solución, secularizarse. ¿Será posible? No conozco el nuevo Código de Derecho Canónico. Se me hace extraño. ¿Cuándo vamos a ser un poco más normales?
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