Me parece que en cuestión de distracciones puede valer como norma: rechazarlas con suavidad, volver una y otra vez al asunto. Pero si no se puede con ellas, rendirse; ofrecer a Dios esta humillación pobre, muy pobre, y seguir hasta el final un día y otro. Alguna vez llegará la verdad.
A veces me viene el recuerdo del santo cura de Ars cómo vencía el tedio de la vida, del trabajo, de la mortificación. Es verdad que él no se quejaba de distracción en la oración, porque siempre estaba hirviendo de amor a Dios, pero también sentía con frecuencia un tedio vital.
Solía decir entonces: ánimo, alma mía, el tiempo pasa; la eternidad se acerca; vivamos tal como hemos de morir. Bendita sea la Inmaculada Concepción de María, la Madre de Dios. ¡Buena manera para luchar contra la distracción y el tedio vital que a veces se nos apodera!
Algunas veces me han venido ganas de dejar la oración cuando me encontraba muy distraído. Un sacerdote nunca ha de dejar la oración a no ser que le llamen para una acción apostólica. Nunca por distracción. ¿Qué mejor obsequio que permanecer en humildad junto a Dios intentando amarle entre las brumas y la hojarasca de las distracciones? Me parece que es una manera de amar. Vale la pena con las distracciones primero decir interiormente: os desprecio, con gran paz.
Y en el caso de que persistan "rendirse" ante ellas con humildad y decirle al Señor: aquí estoy envuelto en esta nube, como un jumento. Estoy seguro de que Dios nos amará más al ver nuestra indigencia.
Aquella frase que leía en Paúl Claudel, "se ora como se ama", tiene para mí especial valor para la humildad en la oración. Y si nos acordamos decirle en el momento de la distracción al Señor: Ya ves, me tienes que ayudar, porque a pesar del tiempo que llevamos de amistad, qué poco te sé amar, pues tan distraído estoy.
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