A veces desalienta en nuestro camino hacia Dios vernos siempre principiantes. ¡Cuántos años y siempre luchando con las mismas faltas, y nunca consigo superarme del todo! Este pensamiento desalienta con frecuencia, y no debiera ser así.
Si amamos a Dios, ¿qué más da que hayamos avanzado mucho o poco? El único sentimiento de pena sería por no haberle agradado a El. Eso sí. Pero debiéramos alegrarnos por quebrantar nuestro amor propio que siempre quiere destacar y vencer. En este sentido la humildad puede resultar la gran beneficiada.
Por otra parte la compunción de corazón es una actitud muy buena para relacionarnos con Dios. Y, por supuesto, contentarnos con la meta que Dios nos ha trazado a cada uno. No pretender alturas a las que El no nos llama. Eso mismo vamos a pensar sobre la contemplación, tan deseada por quienes nos dedicamos a la oración. Que llegue si Dios lo quiere, cuando El lo quiera. No poner obstáculos, pero no empeñarnos en ella.
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