Juan Pablo II, siempre fiel : Su herencia espiritual a los mexicanos

Cardenal Norberto Rivera Carrera / SIAME 01 de mayo.- El Papa Juan Pablo II falleció el sábado 2 de abril de 2005, en la vigilia de la festividad de la Divina Misericordia, instituida por él mismo para honrar el culto impulsado por Santa Faustina Kowalska, una religiosa polaca por él canonizada, de la que el Pontífice se consideraba discípulo.

Al hacer el anuncio de su partida a la Casa del Padre, las expresiones de multitud de católicos en todo el mundo fue unánime: ¡Santo súbito!, como una convicción de que contábamos a partir de ese momento con un nuevo intercesor. Ante la noticia sobre su beatificación no podemos dejar de admirar los caminos misteriosos de la Providencia y ahora podemos afirmar que no celebramos el 6° aniversario de su fallecimiento sino de su glorificación, confirmamos que la muerte no es el fin de la vida sino el inicio de la vida verdadera. Hoy la Iglesia nos presenta a Juan Pablo II como un modelo e intercesor poderoso de buen Pastor y nos invita a seguir sus pasos y su entrega amorosa sin límites.

¿Por qué amaba tanto a México, por qué se llamó a sí mismo “el Papa mexicano”?

¿Qué encontramos como un patrimonio espiritual que los mexicanos sentimos muy propio y que nos repitió de muchas maneras y nos marcó?

Reflexionando en el conjunto de sus mensajes en las cinco visitas apostólicas con que distinguió a los mexicanos, y que tienen de alguna manera alcance continental, resalta el tema de la FIDELIDAD.

Invitado a participar en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla, Juan Pablo II experimentó la fuerza de la fe de un pueblo que explotó en expresiones de júbilo, de multitudes que le manifestaban su amor al grito de “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”, despertando la conciencia de la vocación misionera que marcó su ministerio petrino y le abrió las puertas para regresar a Polonia como signo de esperanza y libertad.

En 1979, en la Catedral Metropolitana, Juan Pablo II en su memorable homilía del 26 de enero, se dirigía a este pueblo que lleva en su corazón la devoción a la Virgen de Guadalupe, y a la luz de la Virgen Fiel nos invitó a los mexicanos a buscar el rostro del Señor, a aceptar el misterio, a ser coherentes y vivir de acuerdo con lo que se cree, a ser constantes, a ser un México siempre fiel, a vivir en la Iglesia, pertenecer a la Iglesia, y a hacerlo cada día con mayor fervor e intensidad. Todos recordamos con cariño los slogans populares: “Juan Pablo, amigo, el pueblo está contigo”.

Contemplando a María comprendemos que no hay fidelidad si no tiene su raíz en el Amor. Juan Pablo II nos describía las dimensiones que entrañan este don de la fidelidad:

La búsqueda: Así, los católicos siguiendo a la Madre de Dios, hemos de buscar con amor el sentido de nuestra vida escuchando el llamado de Dios; hemos de tomar conciencia de nuestra identidad como hijos de Dios llamados a una vida trascendente, dándole sentido a nuestra existencia comprometiéndonos en la transformación de la realidad de nuestro México impulsados por el Evangelio.

La aceptación: Esta conciencia de nuestra identidad católica nos exige tomar una decisión, aceptar o no aceptar este designio de Dios. María nos enseña cómo debemos responder: ¡Fiat! Abandonarnos confiados al misterio de Dios en nuestra vida. Así abrimos nuestro corazón para el Dueño de la Vida habite en nosotros y así hacer en todo la voluntad de Dios. ¡Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad! La situación de nuestra Patria reclama nuestra participación, es un deber aceptar el compromiso por encarnar el Evangelio en la vida social, política, económica, cultural, etc.

La coherencia: Hacer la voluntad de Dios no es bien visto en nuestra sociedad materialista. Esto nos lleva a vivir de acuerdo a lo que creemos, a lo que nos compromete nuestra condición de bautizados, hijos de Dios. Debemos vivir conforme a nuestra fe. Debemos estar dispuestos a sufrir incomprensiones y persecuciones antes de permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree. Debemos vivir con alegría nuestra identidad de católicos y dar testimonio con respeto de otras creencias pero sin temor, pues nuestro fundamento es el amor. Juan Pablo II nos decía ¡No tengan miedo! ¡Cristo ha vencido el mal con la fuerza de su amor!

La duración: La fidelidad que tiene su raíz en el Amor, debe expresarse en el tiempo con horizontes de eternidad. Es fácil ser coherente un día o poco tiempo, pero difícil serlo toda la vida; es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, pero difícil serlo en la tribulación y persecución. En nuestro bautismo recibimos la luz de Cristo y nos comprometimos a ser fieles y no traicionar en las tinieblas lo que aceptamos gozosos como un don divino. Fieles a pesar de todo, hasta el fin de nuestra vida.

En las siguientes visitas a México el Santo Padre Juan Pablo II, con distintos objetivos pastorales, nos dejó una sola consigna: la fidelidad a Cristo en su Iglesia.
La segunda visita del Papa a México se realizó del 6 al 13 de mayo 1990. Los objetivos de la visita fueron impulsar la vida eclesial de las comunidades, convocándolas a la nueva evangelización, y la beatificación de tres miembros de la Iglesia en México, los niños indígenas Cristóbal, Antonio y Juan, protomártires de la Nueva España y primicias de la primera evangelización de México. Estos hermanos nuestros son ejemplo de fidelidad para todos.

Su tercera visita fue del 11 al 12 de agosto de 1993, en Mérida y en Izamál, Yucatán. Se reunió con las culturas indígenas de América Latina, con ocasión del Año internacional del indígena.

En su cuarta visita pastoral del 22 al 26 de enero de 1999. El objetivo de esta visita fue la promulgación del documento postsinodal Ecclesia in America, fruto del Sínodo de los obispos del continente. Nuevamente el tema de fondo era la fidelidad a las raíces cristianas y reasumir el compromiso misionero del Continente de la Esperanza, con el lema: ¡Nace un Milenio. Reafirmamos la fe”.

En el Estadio Azteca, el 25 de enero de 1999, vivimos los mexicanos unidos con todo el continente americano, el “Encuentro del Santo Padre Juan Pablo II con todas las generaciones del Siglo”. El entusiasmo de todos se expresaba con las “olas” y los gritos de "Juan Pablo, Hermano, ya eres mexicano", el gozo del Santo Padre era evidente.

Cruzado ya el umbral del nuevo milenio, el Santo Padre Juan Pablo II regresa a México para su quinta visita, del 30 de julio al 1 de agosto de 2002. Su objetivo fue la canonización de Juan Diego, testigo de las apariciones de la Virgen de Guadalupe y la beatificación de dos indígenas oaxaqueños evangelizadores durante el siglo XVI.

Desde la Basílica de Guadalupe Juan Pablo II nos propuso la figura de Juan Diego como el primer santo indígena del continente americano, fruto de la iglesia evangelizadora y misionera que con la fecundidad de la Buena Nueva generó una nueva iglesia en estas tierras. Sus palabras aún resuenan en nuestros corazones:
“¡Dichoso Juan Diego, hombre fiel y verdadero! Te encomendamos a nuestros hermanos y hermanas laicos, para que, sintiéndose llamados a la santidad, impregnen todos los ámbitos de la vida social con el espíritu evangélico. Bendice a las familias, fortalece a los esposos en su matrimonio, apoya los desvelos de los padres por educar cristianamente a sus hijos. Mira propicio el dolor de los que sufren en su cuerpo o en su espíritu, de cuantos padecen pobreza, soledad, marginación o ignorancia. Que todos, gobernantes y súbditos, actúen siempre según las exigencias de la justicia y el respeto de la dignidad de cada hombre, para que así se consolide la paz.”

La fidelidad hemos de vivirla como Dios lo quiere, como los santos nos dan ejemplo: fieles a Jesucristo en la Iglesia, atentos y obedientes a su Vicario en la tierra, y con un compromiso por dar nuestra vida en servicio de nuestros hermanos, sobre todo los más vulnerables y necesitados.

Se agolpan los recuerdos amorosos y los sentimientos cálidos que vivimos en cada visita de nuestro Papa Mexicano. Agradecemos de todo corazón a nuestro Santo Padre Benedicto XVI el dar este regalo de la beatificación para toda la Iglesia.

Que Juan Pablo II sea para todos un modelo de santidad, un ejemplo de fidelidad plena, un valioso intercesor por México para que sea siempre fiel a sus raíces cristianas. Que nos alcance la paz y la justicia que lleven a nuestro pueblo por los caminos del amor.

Palabras del cardenal Norberto Rivera Carrera, Arzobispo Primado de México, en el homenaje a S.S. Juan Pablo II en el Estadio Azteca.
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