El celibato no es el problema...
Semanario Koinonía / Arquidiócesis de Puebla.- 30 de agosto. Todos somos capaces de prometer. Hay promesas que engloban de un modo particular a quienes las hacen, así son las promesas de los que se casan, las promesas de los que se consagran a Dios como religiosos o en otras formas de entrega a Dios en la Iglesia, y las promesas de los sacerdotes. No todos, sin embargo, cumplen sus promesas. Por eso fracasan algunos matrimonios, o algunos religiosos dejan los hábitos, o algunos sacerdotes abandonan el ministerio. Unos y otros pueden dejar una profunda huella de dolor y de desconfianza, pues quien ha fallado a una promesa, si es culpable, tal vez mañana volverá a incumplir nuevos compromisos adquiridos. Por eso es importante entender lo que significa hacer una promesa para toda la vida.
Los novios, a lo largo de los meses o años de preparación para el día de su boda, se dan cuenta de que sus vidas van a cambiar radicalmente. Si se aman, están dispuestos a aceptar todos los riesgos. Si el amor es total y fiel, viven con esa especial alegría que suele rodear a los recién casados durante las primeras semanas, y, después, durante meses y años. Igualmente cuando un muchacho descubre que Dios le llama a una vida de consagración, sabe que puede decir “sí” o puede decir “no” a esa invitación. Pero el “sí” sólo será posible si descubre la belleza de Dios, su amor, su cercanía.
Cuando Dios llama no impone, no obliga. Quien ha sido elegido sabe que pueden decir “sí” o “no”. ¿Y qué ocurre cuando un sacerdote no es capaz de ser fiel a sus promesas? Pues ocurre lo mismo que cuando un matrimonio fracasa: todos sentimos un profundo dolor. Si los hijos sufren cuando sus padres se divorcian, también muchos cristianos sienten el dolor de ver que “su sacerdote” un día les deja, y se va con una joven o una señora. Es un dolor profundo, pero que debe estar acompañado de respeto. Es un dolor realista: puede pasar, ha pasado, y, seguramente, volverá a pasar. En temas como este es necesario darnos cuenta de que tocamos una realidad que quizá no comprendemos del todo.
La vocación sacerdotal es un misterio que arranca de Dios. Si no llegamos a tener una idea correcta sobre quién es Dios, o si pensamos que el ser humano es como una marioneta que hoy dice “sí” y mañana dice “no”, con la facilidad con la que uno cambia de zapatos, el celibato será una cuestión discutida, pero en un contexto que no es capaz de llegar a lo más profundo del problema. La pregunta fundamental no es ¿No deberían casarse los sacerdotes?, sino ¿Cristo era Dios o no? Si Cristo era Dios, y si fundó la Iglesia, y si por medio del Papa y de los Obispos ha pedido a los sacerdotes que vivan la promesa del celibato, la respuesta no puede ser otra que la de respetar este misterio y apoyar, con la oración, a nuestros sacerdotes, es decir, a quienes quieren amar con un “sí” total al Dios que les ha amado de un modo muy particular. En cierto sentido, la fidelidad de los sacerdotes a Dios sólo se podrá vivir si se ama en profundidad, el sacerdote busca ser fiel a sus promesas porque ama a Dios y se deja amar por Dios. El celibato, por lo tanto, no es el problema.
Cristo, hoy como siempre, invita a muchos al sacerdocio, a aceptarlo por amor. La fidelidad será posible con Él. Y la alegría de quien sabe amar y ser coherente en el amor es algo que hoy necesitamos quizá con más urgencia que nunca
Los novios, a lo largo de los meses o años de preparación para el día de su boda, se dan cuenta de que sus vidas van a cambiar radicalmente. Si se aman, están dispuestos a aceptar todos los riesgos. Si el amor es total y fiel, viven con esa especial alegría que suele rodear a los recién casados durante las primeras semanas, y, después, durante meses y años. Igualmente cuando un muchacho descubre que Dios le llama a una vida de consagración, sabe que puede decir “sí” o puede decir “no” a esa invitación. Pero el “sí” sólo será posible si descubre la belleza de Dios, su amor, su cercanía.
Cuando Dios llama no impone, no obliga. Quien ha sido elegido sabe que pueden decir “sí” o “no”. ¿Y qué ocurre cuando un sacerdote no es capaz de ser fiel a sus promesas? Pues ocurre lo mismo que cuando un matrimonio fracasa: todos sentimos un profundo dolor. Si los hijos sufren cuando sus padres se divorcian, también muchos cristianos sienten el dolor de ver que “su sacerdote” un día les deja, y se va con una joven o una señora. Es un dolor profundo, pero que debe estar acompañado de respeto. Es un dolor realista: puede pasar, ha pasado, y, seguramente, volverá a pasar. En temas como este es necesario darnos cuenta de que tocamos una realidad que quizá no comprendemos del todo.
La vocación sacerdotal es un misterio que arranca de Dios. Si no llegamos a tener una idea correcta sobre quién es Dios, o si pensamos que el ser humano es como una marioneta que hoy dice “sí” y mañana dice “no”, con la facilidad con la que uno cambia de zapatos, el celibato será una cuestión discutida, pero en un contexto que no es capaz de llegar a lo más profundo del problema. La pregunta fundamental no es ¿No deberían casarse los sacerdotes?, sino ¿Cristo era Dios o no? Si Cristo era Dios, y si fundó la Iglesia, y si por medio del Papa y de los Obispos ha pedido a los sacerdotes que vivan la promesa del celibato, la respuesta no puede ser otra que la de respetar este misterio y apoyar, con la oración, a nuestros sacerdotes, es decir, a quienes quieren amar con un “sí” total al Dios que les ha amado de un modo muy particular. En cierto sentido, la fidelidad de los sacerdotes a Dios sólo se podrá vivir si se ama en profundidad, el sacerdote busca ser fiel a sus promesas porque ama a Dios y se deja amar por Dios. El celibato, por lo tanto, no es el problema.
Cristo, hoy como siempre, invita a muchos al sacerdocio, a aceptarlo por amor. La fidelidad será posible con Él. Y la alegría de quien sabe amar y ser coherente en el amor es algo que hoy necesitamos quizá con más urgencia que nunca