"Se mata porque se estorba"


Beato Óscar Romero, mártir por odio a la fe

Guillermo Gazanini Espinoza. 23 de mayo.- / “El que se compromete con los pobres tiene que recorrer el mismo destino de los pobres: ser desaparecidos, ser torturados, ser capturados, aparecer cadáveres”. Palabras de Monseñor Óscar Romero, el nuevo beato proclamado santo desde su muerte violenta en un país lacerado, agonizante por el poder de los que hacían gobierno. Su elevación a los altares es una proclamación moderna de esperanza en medio de la violencia de los sistemas económicos generadores de millones de sufrientes.

La violencia fue amenaza cotidiana para el obispo de los pobres. Durante su ministerio habría recibido constantes avisos como el acaecido en aquella capilla, el 24 de marzo de 1980. Su muerte fue como la de muchos más, los sacerdotes eran perseguidos y asesinados; los activistas, silenciados y la violación de los derechos humanos, constante. Identificarse como defensor de la dignidad de la persona era equivalente a ser subversivo, enemigo del régimen y del poder. Ante esta violencia, monseñor Romero preguntaría porqué se persigue y asesina, porqué el ser humano toma las armas contra sus semejantes. En 1979 dijo la causa obvia de esa vorágine destructiva: Se mata porque se estorba.

Para Romero, sacerdotes y fieles asesinados son mártires en el sentido popular, hombres y mujeres predicadores de la encarnación en la pobreza que van a los límites peligrosos donde incomodan y molestan al gobierno, al establishment, a los señores y capos, a los líderes corruptos, a los políticos podridos y hacedores del mal, a los mercenarios comerciantes de la dignidad de las personas, a los clérigos apáticos y acomodaticios. Como Romero, los mártires populares apuntan y denuncian recibiendo la palma de martirio a la manera de Cristo. Y más allá, el Beato de América pregunta sobre la condición moral y espiritual de estos mártires: “Y si tuvieron sus manchas, ¿quién no las tiene hermanos? ¿Qué hombre no tiene de qué arrepentirse? El hecho de haber dejado que les quitaran la vida, su persecución y tortura, el sufrimiento y la forma violenta que arrebató sus existencias, afirmaría, son tan valiosos como el mismo bautismo de sangre que los ha purificado, son los cristianos, verdaderos seguidores de Cristo, el único y real líder de la liberación, del camino que lleva a la Vida Eterna”.

Muchos hacen de Cristo un aliado para justificar la prosperidad en base a una religión de los elegidos y predilectos cuyo nivel de riqueza es la medida de la bendición divina; otros ven en Jesús el sutil pañuelito donde se enjugan culpas, sin la mínima intención de conversión, mirando por el bienestar propio y de los amados, pero nunca de los sufrientes; poseen a Cristo como bandera política, eslogan atractivo, los demás son rivales, estorbos para el éxito del poder, no importa si es necesario aniquilar y desaparecer.

Los intereses de los pequeños, de los pobres –no sólo en el sentido material o pecuniario- son los mismos que los de Cristo. Como afirmó Romero, el poder es antagónico al mensaje de Cristo predicado por la Iglesia como signo de contradicción, una Iglesia sin privilegios y separada de los intereses, de la gloria y la vanidad. En esa perspectiva, será libre para juzgar, para vivir en profecía y ser perseguida hasta el martirio como diría el 11 de marzo de 1979:

La persecución es una nota característica de la autenticidad de la Iglesia. Que una Iglesia que no sufre persecución, sino que está disfrutando de privilegios y el apoyo de las cosas de la tierra, ¡tengan miedo!, no es la verdadera Iglesia de Jesucristo. Esto no quiere decir que sea normal esta vida de martirio y de sufrimiento, de miedo y de persecución, sino que debe significar el espíritu del cristiano. No estar con la Iglesia únicamente cuando las cosas andan bien, sino que seguir a Jesucristo con el entusiasmo de aquel apóstol que decía: “Si es necesario muramos con él.
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