No se trata de mirar cómo Jesús  se va sino cómo se queda. La Ascensión de Jesús nos abre el camino al Don del Espíritu Santo

Alfredo Quintero Campoy - Alejandro Fernández Barrajón

Pascua de la liberación
Pascua de la liberación Alejandro Fernández Barrajón

Podemos hacer posible la sonrisa universal de una humanidad que  sabe integrarse en la variedad de sus colores: razas, culturas, pensamiento, arte, deporte...estar dispuestos a cambiar  nuestros centros geográficos y ver que el mundo es más grande.

 Cuarenta días después de la resurrección del Señor, la iglesia celebra la fiesta de la Ascensión.

Jesús sube al Padre, a la derecha de Dios, después de haber cumplido su vocación redentora hasta la entrega de la vida. Deja en nuestras manos la iniciativa de construir y continuar el Reino que Él ha anunciado y ha inaugurado en medio de nosotros.  Los ángeles nos interrogan, como ayer: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? Con frecuencia un árbol nos impide ver el bosque, como dice el eslogan: “cuando el sabio señala a la luna con el dedo, el necio se queda mirando al dedo” Jesús se eleva en la ascensión para que descubramos su presencia en la necesaria ausencia, en la adultez, en la elección libre y madura de quien se sabe escogido y consagrado y cree sin haber visto. Su presencia hay que descubrirla ahora en medio de la humanidad, en la iglesia. No sirve de nada mirar al cielo; es en la tierra, entre los hombres, en plena Pandemia, donde la presencia de Cristo se perpetúa y se descubre. Somos ya adultos en el camino de la fe. Jesús nos deja solos para que aprendamos a caminar sin muletas, sin seguridades materiales, empujados por nuestra propia opción en libertad.

La obra de Jesucristo se plasma con el don del Espíritu Santo. No se puede empezar la obra que Jesús encomienda a sus discípulos sin el don del Espíritu. Es un don que se abraza desde la fe. Ya la segunda lectura de la carta a los filipenses de Pablo nos recuerda que hemos recibido el don en la medida de Cristo. Queda muy claro que nuestra elección parte desde un querer de Dios; hemos sido llamados y estamos comprometidos a escuchar su voz. La voz de Jesucristo es la que nos guía en el caminar de cada día. Nuestra voluntad y acción tienen que moverse con plena docilidad al don del Espíritu. Una de nuestras grandes tareas es discernir cuál o cuáles han sido los dones que el Espíritu santo ha impregnado en cada uno de nosotros. Ahí encontramos la identidad de nuestro diario vivir, nuestra consagración como bautizados.

Ascensión es envío. Es momento de mirar hacia el mundo, hacia los surcos de la vida donde está sembrada la palabra divina de Cristo, la buena Nueva de la esperanza. No se trata de mirar cómo Jesús se va, sino cómo se queda en medio de su iglesia y caminar en la dirección que Él nos indica: “Se volvieron a Jerusalén, llenos de alegría” Los discípulos están convencidos de su triunfo y de su presencia permanente: “Donde dos  o tres ser reúnen allí estoy yo en medio de ellos”

Con esa claridad del don sabemos cómo conducirnos, qué debemos hacer y, por tanto, centrarnos en nuestra propia realidad exigida. Sería injusto conmigo mismo si pretendiera hacer un camino de vida y de acción fuera de lo que no he recibido como don o que no me caracteriza como persona. Hay que ubicarnos en el carril de nuestra existencia con nuestras propias características y dones y, desde esa realidad, buscar integrarme. Jesús, al subir a los cielos, hace descender el don de todos los dones: El Espíritu Santo. Nos debe bastar ser partícipes de ese Espíritu con la característica propia de lo que nos comunica. Ninguna persona agota todos los dones del Espíritu Santo, sólo Jesucristo posee los dones en su totalidad y los comunica  a sus seguidores en la medida que él quiere. Una expresión hermosa de la segunda lectura de este domingo séptimo de Pascua es que Jesús subió a los cielos llevando consigo todas nuestras cautividades, es decir, dejando una situación totalmente liberada para tan sólo nosotros hacer camino de libre elección. Estamos llamados en Jesús a vivir una unidad integradora en la variedad y diversidad. Una de nuestras grandes dificultades es cuando no sabemos trabajar en equipo y darle el reconocimiento al otro en su dignidad natural. Una de las grandes dificultades que no nos hace progresar como sociedad, familia, grupo e iglesia es cuando no sabemos integrarnos en la variedad.  ¡Nos necesitamos! Yo te necesito, tú me necesitas; aprendamos a convivir y compartir. Dejemos que la sabiduría de la paciencia, la amabilidad, de sobrellevarnos nos conduzca a esa unidad integradora. Nuestro espíritu se perturba demasiado quejándonos y murmurando. ¡Cuánta perturbación hay en nuestros ambientes, en la sociedad, en el trabajo, en la iglesia! No preparamos espacios propicios al Espíritu porque animamos mucha perturbación con la falta de respeto y falta de aceptación de la diversidad. ¡Cuánta murmuración y qué poca acción!

La sociedad de la paz nos toca construirla a nosotros, tenemos las herramientas. Dios nos ayuda, pero a nosotros nos toca operarla. Podemos hacer posible la sonrisa universal de una humanidad que  sabe integrarse en la diversidad de sus colores. La naturaleza misma es sensible a nuestras buenas y negativas emociones humanas. Si nos integramos eso afectará positivamente a la misma naturaleza y se expresará mejor la belleza de su esplendor porque todo se comunica por el Espíritu  que es uno. Por eso Jesús dice: “Anunciad el evangelio a toda creatura”. Todo está en comunicación por el Espíritu de Dios. Todo nos afecta positiva o negativamente. Estamos en un mundo rico, extenso, vasto y diverso. El discípulo de Jesús debe saber estar en el mundo sin conocer fronteras, es decir, abierto a todos; con la gran variedad de diferencias en los rostros, culturas, pensamientos, procesos y geografías. El gran acierto que siempre tendremos es cuando sepamos caminar en esa  unidad con el vínculo de la paz. Una sola fe, un solo bautismo, un solo Señor, Un solo Dios Padre que actúa a través de todos y está en todos. La fe nos animan a hacer un camino juntos. Nuestras guerras y divisiones son producto de que no respetamos la diversidad y, al no respetarla, no estamos en condiciones de convivir y compartir. El Espíritu de Dios nos impulsa a compartir y a convivir.

Con la Ascensión comienza el camino y la oportunidad de la comunidad, de la iglesia.“Id y predicad el Evangelio, bautizando en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu”“Cuando el Espíritu descienda sobre vosotros seréis mis testigos”

Ahora se impone una reflexión: ¿Hemos sido fieles continuadores de la obra evangelizadora? ¿Estamos dispuestos a seguir siéndolo?

Ahí están los logros indiscutibles del Espíritu y del compromiso de la iglesia:

La iglesia sigue adelante, viva y fuerte, en su deseo de ser proyecto evangélico de liberación.

Sigue apostando por el hombre y por la vida, por los derechos humanos y por los más pobres.

Sigue manteniendo una palabra oportuna e inoportuna frente a todos los intentos de desvirtuar el Evangelio y convertir la vida en una competición donde siempre vencen los fuertes.

Sigue habiendo hombres y mujeres, muchos, con el deseo y el empeño profundos de ser instrumentos de Dios al servicio de la humanidad.

Ahí están también los fracasos que brotan de nuestra pequeñez y limitación, de nuestro pecado:

Una iglesia excesivamente lejana de los pobres y excluidos.

Una iglesia que confunde con excesiva frecuencia el poder con el servicio.

Una iglesia rodeada de excesiva ornamentación y formas poco evangélicas y humildes.

Una iglesia que ha de ser más dialogante, hogar de todos y consuelo de los más desfavorecidos.

Una iglesia menos clerical y más sinodal.

Los discípulos deben ir al mundo; ese mundo formado en su realidad por diferentes culturas, colores, razas. Hay que ser capaces de atravesar áreas geográficas, estar dispuestos a cambiar  nuestros centros geográficos y ver que el mundo es más grande; es decir, el inicio sí es Jerusalén pero se tendrá que llegar a Roma atravesando   Samaria,   Galilea,   Damasco,   Chipre,   Grecia.   ¡No   hay   fronteras   para   la   fe! ¡Entendámoslo! Los orígenes dan una razón, un principio, pero el espíritu de Dios está abierto a toda raza y región y Dios escogerá mujeres y hombres que estén disponibles a dejar fluir en plenitud la gracia comunicada, ¡sin estorbos! A la evangelización no le sirven los estorbos. Jesús sube a los cielos para dejarnos mover en una libertad plena.

Lo cierto es que, sin la aportación de la iglesia, no sería igual nuestra cultura, y nuestra sociedad.

La “ausencia” de Cristo ha sido llenada por la presencia de la iglesia, como una vanguardia de humanidad, al servicio de todos: en la cultura, en los derechos humanos, en el progreso de los pueblos, en la transmisión de valores. Nuestro mundo se ha humanizado de la mano de la iglesia.

Hasta los no creyentes perciben este soplo de humanización que ha supuesto la huella cultural, humana y religiosa de la iglesia. La cultura universal es un signo indiscutible de ello.

El Espíritu Santo puede actuar en nosotros porque Jesús ya nos ha redimido. Hagamos cada uno de nosotros nuestro trabajo confiado por Dios para que el Espíritu Santo pueda seguir actuando en todos. Una de las tareas más grandes de la iglesia es crear ambientes de plena libertad en los que veamos espacios abiertos para seguir a Jesús como Camino y Verdad que nos hace libres.

El fruto de la Ascensión del Señor ha de ser el entusiasmo y el poder creativo de la iglesia; su protagonismo liberador en medio del mundo.

Hoy somos nosotros, los creyentes, los convocados en nombre de Dios, a ser portadores de vida y de esperanza. Para construir esta iglesia en camino que quiere ayudar a caminar. Esta iglesia incomprendida tantas veces que quiere entender y animar a todos. Esta iglesia que quiere apostar con fuerza para que nuestro tiempo sea más creativo y más justo, más humano y más de Dios. Esta iglesia a la que a veces se la quiere reducir al silencio pero que está dispuesta a gritar y  anunciar el Evangelio a tiempo y a destiempo. Los que hoy quieren ignorar a la iglesia están ignorando su propio pasado, su historia, sus raíces... Se puede vivir al margen de la iglesia, pero no ignorarla. Se puede no asumir la fe de la iglesia pero es un error ignorar su aportación humanizadora a la historia de los pueblos.

El Rostro de Cristo se configura desde todos los bautizados como voz de evangelio que llega hasta los últimos rincones de la tierra a toda creatura. El Espíritu de Jesús se expande y se hace presente en toda la creación. El Cristo resucitado nos impulsa a ir siempre más allá de las fronteras. Jesús se sigue encarnando desde el bautismo que recibe cada persona para abrazarlo en su realidad y transformarlo desde la gracia, para hacer de cada uno una realidad nueva y plena.

La Ascensión es la apuesta de largo de la iglesia en el compromiso de cada uno de los creyentes. Convocados a construir, desde el Evangelio, la iglesia nueva de la esperanza. Sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, todos, en un mismo proyecto evangélico que señale la presencia de Dios en el mundo y sea signo de su misericordia. Todos los bautizados hemos recibido la misión de Jesucristo de “anunciar el Evangelio a toda criatura”, con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestra vida.

El elemento de entrada es la fe para recibir a Jesús y dejarlo entrar en nuestra vida sea por el bautismo como por cada eucaristía en la que nos alimentamos de su cuerpo y sangre.

 Fray Luis de León, el  monje agustino y poeta renacentista del siglo XVI, encerrado en la cárcel por envidia de algunos, escribió uno de los más bellos poemas conocidos al acontecimiento que  celebramos: la Ascensión del Señor:

 ¡Y dejas, pastor santo,

tu grey en este valle hondo, oscuro,

en soledad y llanto!

Y tú rompiendo el puro

aire ¿te vas al inmortal seguro?

Los antes bienhadados,

y los ahora tristes y afligidos,

a tus pechos criados,

de ti desposeídos

¿a do convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán tus ojos

que vieron de su rostro la hermosura.

que no le sea enojos?

Quien oyó su dulzura

¿qué no tendrá por sordo y desventura?

Aqueste mar turbado

¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto

al viento levantado?

Estando tú cubierto

¿qué norte guiará la nave a puerto?

¡Ay nube envidiosa

Aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?

¿do vuelas presurosa?

¡Cuán rica tú te alejas!

¡Cuán pobres y cuán tristes, ay, nos dejas!

Tú llevas el tesoro

que sólo a nuestra vida enriquecía,

que destemplaba el lloro,

que nos resplandecía

mil veces más que el puro y claro día.

¿Qué lazo de diamante

 (¡ay alma!) te detiene y encadena

a no seguir tu amante?

¡Ay, rompe y sal de pena!

¡colócate ya libre en luz serena!

¿Qué temes la salida?

¿Podrá el terreno amor más que la ausencia

de tu querer y vida?

Sin cuerpo no es violencia

vivir, mas lo es sin Cristo y su presencia.

  Dulce Señor y amigo,

Dulce padre y hermano, dulce esposo:

En pos de ti yo sigo,

o puesto en tenebroso

o puesto en lugar claro y glorioso.

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