Nuestro propio desierto

-¡Buenas noches! -dijo el principito.
-¡Buenas noches! -dijo la serpiente.
-¿Sobre qué planeta he caído? -preguntó el principito.
-Sobre la Tierra, en África -respondió la serpiente.
-¡Ah! ¿Y no hay nadie sobre la Tierra?
-Esto es el desierto. En los desiertos no hay nadie. La Tierra es muy grande -dijo la serpiente.
El principito se sentó en una piedra y elevó los ojos al cielo.
-Yo me pregunto -dijo- si las estrellas están encendidas para que cada cual pueda un día encontrar la suya.
-¿Dónde están los hombres? -prosiguió por fin el principito. Se está un poco solo en el desierto...
-También se está solo donde los hombres -afirmó la serpiente.
El principito la miró largo rato y le dijo: -Eres un bicho raro, delgado como un dedo...
¿Cuantas veces hemos experimentado la necesidad de buscar ese “desierto” en nuestras vidas?
En pleno siglo XXI nos cuesta hacerle un hueco en nuestra agenda. Quizá por miedo a lo que nos podamos encontrar o por el ritmo de vida que llevamos, especialmente en las grandes urbes donde sólo hay prisas, gritos, ruidos… puede que nos cueste toparnos con nuestro “yo”, con el desierto de nuestra vida, con esa realidad ante la que en ocasiones preferimos dar un rodeo. Nos cuesta cerrar los ojos y empezar a mirar desde el corazón. Si nos arriesgamos puede que sea duro y difícil lo que veamos: nuestro propio desierto. Y descubrir qué hay dentro, algo que quizá aún no hayamos hecho por temor a lo que nos podamos encontrar en ese silencio, en esa nada…
Puede que sea bueno escuchar nuestro interior e intentar que la vida no sea quien nos viva, sino todo lo contrario: seamos nosotros los únicos dueños de lo más preciado y personal que tenemos sin dejarnos llevar.
Intentemos crear nuestro propio desierto, recuperar la paz, la vida, ese camino virgen e intransferible. Aprendamos a contemplar, a contemplar desde dentro, desde el corazón. De esta forma nuestro punto de vista y matiz sobre muchas cosas puede que llegue a cambiar…