Más que palabras.- Mujeres espejo y espejo de mujer.

MADRID, 21 (OTR/PRESS)

Mi queridísima amiga Nativel Preciado en una de sus novelas más bellas "Llegó el tiempo de las cerezas" relata con suma precisión lo que ella denomina la mujer espejo, partiendo de una reflexión de Virginia Wolf "las mujeres han vivido todos estos siglos como esposas, con el poder mágico y delicioso de reflejar la figura del hombre el doble de su tamaño natural". Carlota, la protagonista de la novela, dice que siempre se había creído la mujer espejo, pero no un espejo cualquiera sino de esos que están un poco combados, como los de las antiguas ferias, que aumentan el tamaño de cuanto se refleja en ellos. "A los hombres -dice- les gusta doblar su dimensión real y por eso les complace mirarse en mí. Creo que les atrae mi aparente placidez, lo atenta que les escucho, lo mucho que me involucro en sus problemas y el afán que pongo por ser eficaz (... ). Con el paso de los años, mi falta de identidad, el hecho de ser tan complaciente, me vuelve cada vez mas susceptible y se ha vuelto en mi contra".

No sé por qué, esa imagen de la mujer-espejo me ha venido muchas veces a la cabeza y he vuelto a pensar en ella durante estos días en los que, al menos en parte, el poder autonómico y municipal se escribe en femenino, lo cual me produce un cierto regusto de género e intelectual. Si María Dolores de Cospedal, Luisa Fernanda Rudi, Esperanza Aguirre o las alcaldesas y demás mujeres que acaban de ser elegidas reprodujeran los esquemas masculinos en su gestión, posiblemente terminarían buscando hombre-espejos que les ayudaran a subir su autoestima, pero ni los tiempos están para el halago fácil, ni aumentar ficticiamente el ego va a servir para resolver los problemas a los que todas ellas tendrán que enfrentarse si no quieren defraudar a los ciudadanos.

Tal vez por eso ha causado tanta expectación política y mediática que la nueva presidenta de Castilla-La Mancha haya entrado a saco, tijera en mano eliminando altos cargos y organismos públicos. Ha ido directa al grano ofreciendo austeridad y empleo, quitándose de un plumazo el 60 por ciento de los altos cargos y suprimiendo el Defensor del Pueblo, la Comisión Regional de Competencia y el Consejo Económico y Social. "Ha hecho lo que un hombre jamás haría, que es cesar en vivo y en directo, sin contemplaciones a un buen puñado de cargos que había ido a escucharla en un intento de mantenerse en el chiringuito", me comentaba una colega toledana, que ¡cosas del oficio! tuvo que servir de paño de lagrimas de alguno de ellos.

Las nuevas presidentas marcarán su impronta personal ¡cómo no!, pero son mujeres de partido y comprometidas, que tendrán que ejercer el poder en tiempos revueltos para la clase política, conscientes de que en su espejo muchos miraran la imagen de lo que deberá ser la acción de su jefe de filas, llamado a ser el próximo inquilino de la Moncloa. Son mujeres ideológicamente de centro derecha sin complejos, a las que les tocara ejercer el poder con guante de seda, recubriendo una mano de hierro para afrontar con firmeza y determinación la difícil situación. Serán criticadas por su gestión cuando esta no sea eficaz y también serán vigiladas con lupa en razón de su género, como les ha ocurrido a todas las que han ostentado cualquier cargo de responsabilidad -por buen curriculum que tengan-, pero todas ellas están formadas y suficientemente preparadas para ejercer con dignidad su cargo y condición. Yo espero que no sean mujeres-espejo sino el espejo en el que muchos hombres que se dedican a la cosa pública se miren para hacer una gestión más eficaz y pegada a los ciudadanos.

Que el poder autonómico tenga aroma de mujer levantará, sin duda, el recelo de ese machismo vergonzante, que aún está agazapado en todos los estamentos de nuestra sociedad, pero la vara de medir debe ser idéntica que la que se aplica al resto de los políticos. Su acción debe ser ejemplar y ejemplarizante, para que no les pase nunca lo que a Carlota: que no encuentren su identidad.

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