El Dios que me habla V y último (El santo temor)

A este artículo le faltaba un peldaño. Al fin voy a intentar subirlo. Se me quedó en el tintero “el santo temor de Dios” que creo merece alguna reflexión.



El temor es un elemento de nuestro sistema de defensa. Sin él nos estrellaríamos constantemente contra cualquier peligro. No hay más que observar a los niños. Ellos no temen hasta que desarrollan la conciencia de peligro o les contagiamos nuestros fantasmas. Al hacerse conscientes de los peligros de la vida, aprenderán a no meter la mano en la hura del alacrán (a mí me picó uno y no se lo recomiendo a nadie), a evitar un precipicio o a vigilar la cartera en el autobús. Muchos, muchísimos peligros nos acechan y es muy bueno tener temor para protegernos y espabilar nuestro cuidado.

El temor, por tanto, es bueno. Es una alarma natural, el piloto rojo que se enciende ante peligros conocidos o desconocidos. Claro que, en ese afán por proteger a nuestros hijos, los padres o la sociedad nos inventamos “hombres del saco”, “saca sangres” o “demonios” que frenen la imprudencia o el libertinaje. Nos equivocamos, porque inducimos un miedo patológico (exagerado e irreal), que merma energía y frena la capacidad de avanzar. Lo acertado sería ayudar a formar una "conciencia recta" sobre bases reales y racionales.



Por desgracia, el mayor error que hemos podido cometer es involucrar al mismísimo Dios en esta patología del miedo. Le hemos convertido en “el mayor ogro”, “el mayor peligro”, a fin de frenar nuestros barbarismos y exageradas ansias de libertad. En vez de estimular nuestras capacidades humanas (reflexión, prudencia, solidaridad, etc.) hemos creado “un monstruo” que nos apalea airado (o nos apaleará después) cuando somos malos.

Los profesionales de la religión han justificado tal fantasma defendiendo que Dios es justo y, por tanto, ha de masacrar indefectiblemente al libertario injusto. En vez de explicar que toda acción tiene sus consecuencias y que el mal siempre acarrea males. La sabiduría popular lo abrevia: “El que siembra vientos recoge tempestades”. Si me tiro por el barranco -por ejemplo- me romperé enterito sin intervención alguna del “dios castigador”. El castigo nos lo imponemos nosotros mismos (nos auto castigamos) con nuestras decisiones erradas. Es un terrible engaño colgarle a Dios el castigo, como engaño es culpabilizar a la luz de la oscuridad.



A esto hemos llegado por un proceso histórico sobre el que debemos avanzar. El “dios aterrador” surge para nosotros en el AT. Es fácilmente explicable porque, en una sociedad teocrática y primitiva, el freno decisivo estaba en “el dios de la ira, de la venganza o del castigo”. Los dirigentes judíos supieron explotar y politizar el miedo como freno al “corazón de piedra” de un pueblo semibárbaro. Posiblemente no tuvieron otro remedio.

Lo utilizaron igualmente para impulsar la obediencia ciega y el coraje conquistador. Si las órdenes procedían del “dios de los ejércitos”, sin duda la motivación sería suprema; sobre todo, si al incumplimiento se asociaba el castigo divino. La inhumana aberración de la “ley del exterminio” -por ejemplo- no hubiera sido posible sin tales condicionamientos. Es decir, los dirigentes judíos convirtieron “lo políticamente correcto o útil” en voluntad expresa de Dios. Más claro: utilizaron a Dios. No sé si consciente o inconscientemente como consecuencia de su teocracia, pero sin duda lo utilizaron.

El NT rompe con los “falsos dioses” y Cristo nos revela el verdadero rostro

del Padre: el Dios Amor. Pero me temo que nuestras autoridades religiosas, inmersas en la inercia del pasado y más celosas de hacerse obedecer que de descubrirnos el rostro de Dios, han seguido utilizando -más o menos según épocas- el “miedo al monstruo”.

Es comprensible, porque el rostro de Dios es difícil de escrutar y el miedo es una herramienta eficaz para reconducir conductas. Lo hemos hecho también las familias asustando a nuestros hijos con “el coco” o con “el castigo de dios” para hacernos obedecer. Lo comprendo pero no lo comparto. No se puede imponer la religión y mucho menos bajo amenaza.

La religión (de “religare” = unir) mana espontáneamente en el fondo del ser humano, aunque algunos obstruyan ese pozo. Sólo cabe buscar dentro para descubrir al único y verdadero Dios. De ahí nacerá la adhesión-unión (religión) y el estilo de vida (moral). Mal van a apoyar esa búsqueda quienes absolutizan los libros y las opiniones de otros, sin buscar dentro de sí. Se parecen a aquel huertano que, fascinado por el precioso manantial encontrado por su vecino, le pidió unas botellas del precioso líquido para plantarlas en su huerta. Ciertamente es imprescindible contar con instrumentos y personas que nos ayuden e iluminen. Pero el trabajo de búsqueda ha de ser personal para llegar al íntimo encuentro.

Hay católicos que piensan que el apostolado consiste en construir enormes y costosos canales para hacer llegar el agua del Evangelio a todas las creaturas. Sin embargo, el sistema hídrico del propio Evangelio enseña a cavar pozos:“el agua que yo le daré será en él manantial que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14). En lenguaje popular: “No le des peces, enséñale a pescar”. “No le des agua, enséñale a cavar”. Pero volvamos al temor.

El error de “utilizar a Dios” para mover conductas se volverá contra los mismos que lo practican. Se verán desenmascarados y abandonados. Si además se ha cultivado el “miedo reverencial” a la casta sacerdotal (especialmente a sus líderes) para forzar respeto y obediencia, la reacción contraria de liberación será todavía más fuerte. Esto es, en parte, lo que hoy nos ocurre.

La adhesión a los religiosos se produce espontáneamente cuando su testimonio resplandece por encima de sus consignas, cuando se constata que realmente siguen el Evangelio: “y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). Los cristianos de hoy tenemos un hambre infinita de ejemplos, de guías coherentes, de líderes convencidos de que “hacer es la mejor forma de decir”.

No es verdadera la “religión del miedo”, ni existe un “dios colérico” que nos acosa cuando desoímos a los clérigos, ni siquiera cuando nos portamos objetivamente mal. Las consecuencias negativas de nuestra mala conducta nos llegarán sin duda, pero no por la mano de Dios. El que se vuelve ciego, por empeñarse en vivir en la oscuridad, jamás podrá decir que la causa de su ceguera fue la luz.



Estoy convencido que el Espíritu está sembrando hoy en nuestro Pueblo un ansia inmensa del Dios verdadero: el Dios Amor, que “sufre” cuando nos hacemos daño o se lo hacemos a otro, cuando olvidamos nuestra condición humana y nos arrastramos como gusanos. Pero que respeta nuestra libertad porque es un don que Él nos regaló y no nos quitará. Aunque le duela el dolor que nos traerá nuestra decisión de alejarnos de Él, como el “hijo pródigo”.

¿Entonces el temor a Dios es malo? El descrito hasta ahora sí, porque parte de falsedades. Dios nunca es un peligro ante el que haya que alertar nuestro sistema de defensa. Todo lo contrario: Dios es nuestra defensa, que actúa normalmente tras las luces de nuestra inteligencia, tras la fuerza de nuestra voluntad y tras el discernimiento de nuestra libertad.

Hay dos clases de temor: el “temor al mal” (peligro, desgracia, castigo) y el “temor a perder un bien”. El primero es una blasfemia aplicárselo a Dios. El segundo es el “santo temor de Dios”. Un cristiano, con un mínimo de vida interior, ha debido descubrir y experimentar que el camino de Dios es el camino de la felicidad (no sólo de la felicidad de “después” sino de la actual). El “santo temor” es el dolor ante la sola posibilidad de alejarse de la Vida, de equivocar el Camino (aunque sea inconscientemente), de no acertar en el correcto uso de tus dones.

Es tremendamente chocante que tengamos que aprender tantos manuales de uso (ordenador, lavadora, móvil, y un larguísimo et cétera) mientras descuidamos totalmente nuestro manual de uso como personas. ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis piezas esenciales y mis funcionamientos correctos? ¿Cuál es mi misión en la vida?... Con toda seguridad el “santo temor” nos llevará a profundizar en nosotros mismos para aprender a “manejarnos”, para caminar el camino de la plenitud humana, que es el trampolín para saltar a los brazos del Amado.



Una enamorada nunca tendrá temor de su enamorado. Su felicidad es estar con el amado. Lo que teme la enamorada es vivir alejada de su amado. Pienso, por ejemplo, en los novios o esposos que viven a distancia por razón de su trabajo.

Desde hace muchos años repito esta jaculatoria: “Que lo haga bien, Señor, que lo haga bien”. Cuanta más oscuridad, duda, fragilidad o tristeza han asaltado mi vida, más ha arreciado esa oración. Sé que la vida es una hilatura que se va tejiendo con cada decisión, con cada paso, con cada acto. Mi miedo es no discernir y no elegir bien, causando daño propio o ajeno.



Sé que mi libertad es un bólido de mil caballos de potencia. Es un gran regalo, una máquina preciosa. Pero dependerá de cómo la conduzca para que me lleve a la deseada felicidad o al macabro accidente. Por eso temo, claro que temo, equivocarme de carretera, distraerme al volante. Lo que me fue dado para llevarme a la plenitud y al gozo, temo emplearlo para mi desgracia.

Por eso bendigo el “santo temor” que me pone en camino de la fidelidad, el orden, la perfección, el equilibrio y el amor. Sé que por esos escalones se llega a los brazos del Amado. Por eso sigo repitiendo con Oliva, mi viejita amiga de la Parroquia: “No permitas que me aparte de Ti”, para que Tú seas cada vez más en mí. Amen.

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