"Cainismos tan crueles como obsoletos o sectarismos con un grado de crispación inusitado e inmoral" Nuevas miradas para viejos debates: sobre la negociación de los Acuerdos con la Santa Sede

Misa en el Valle de los Caídos
Misa en el Valle de los Caídos

Ante la reciente apertura del debate sobre la negociación de los Acuerdos con la Santa Sede, hoy nos adentramos en DiáLogos en esta vieja cuestión. Para ello, proponemos nuevas miradas a fin de enfocar el debate desde la creatividad social y política, y más allá de los enquistamientos sobre las relaciones Iglesia-Estado, que tanto han dividido y dividen los planteamientos de la sociedad española.

Querido Javier:

No soy propenso a pensar que la historia se base en un eterno retorno, pero hay cuestiones que, por su enquistamiento en el debate, se antojan como un ciclo que periódicamente vuelve a la palestra mediática. Desafortunadamente, y debido quizá a la polarización que continúa generando entre las diferentes posturas políticas, los temas que atañen a la gestión de las religiones, particularmente de la Iglesia católica, en nuestra sociedad democrática se engloban en esta categoría.

En los últimos días, y coincidiendo con el cambio de nombres en el Ejecutivo, se han convertido en noticia y debate dos puntos que parecen ir de la mano: por un lado, la propuesta de una Ley de Libertad de Conciencia, Religiosa y de Convicciones, retomando un intento finalmente frustrado durante la última legislatura de Zapatero; por otro, la negociación de los Acuerdos entre España y la Santa Sede, firmados en 1979 y que tempranamente ya fueron objeto de debate social y político.

La opción de la parte socialista del Gobierno parece apuntar hacia una vía intermedia entre las dos posturas que han secuestrado este debate: el mantenimiento, sin modificar una coma, de los Acuerdos, por un lado, o la denuncia internacional y declaración de defunción de los mismos, por otro. Según la propuesta del nuevo ministro de Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Democrática, Félix Bolaños, la intención del Gobierno se situaría en el punto medio: la revisión negociada, actitud, creo, más propia de un estado democrático que la toma de decisiones unilaterales respecto a un asunto que atañe a unos acuerdos internacionales y a un actor tan destacado en nuestra sociedad como la Iglesia católica, que sigue representando a la opción religiosa del 60% de la población.

Félix Bolaños, con Carmen Calvo
Félix Bolaños, con Carmen Calvo

En este, como en otros temas, creo que nos falta una creatividad propia de los tiempos que vivimos, que han sido calificados de "postseculares". Seguimos reproduciendo, consciente o inconscientemente, la ruptura de las dos Españas que tanto dolor y sangre ha dejado en nuestra historia reciente. Por eso, me gustaría lanzar una serie de reflexiones a este respecto.

Aquellos sectores que reclaman la denuncia sin concesiones de los Acuerdos de 1979 no solo parecen ignorar el peso que un acuerdo internacional posee o la necesidad democrática de la negociación entre el Estado y los diferentes actores de la sociedad civil, sino que infravaloran el momento de excepcional apertura en el que se encuentra la Iglesia católica. No solo hay en esta historia un Estado aconfesional buscando el lugar de las religiones en el seno de una sociedad democrática, sino también una Iglesia que se encuentra inmersa en un proceso de reflexión y replanteamiento de su rol en medio de un contexto secularizado; una Iglesia, además, que ha mostrado en este periodo complejo una fehaciente voluntad de colaboración con las autoridades públicas en asuntos tan delicados como la gestión durante la pandemia. ¿Por qué la necesidad de tensar mediáticamente una cuerda que, en la actualidad, se encuentra afortunadamente holgada?

A esto se suma la incomprensión de dos realidades sociológicas por parte de unos y de otros. Unos parecen ignorar que la religión es un hecho de conciencia, pero que necesita y requiere de su expresión pública, tal y como defienden autores como Habermas o Charles Taylor, frecuentemente citados en este espacio de DiáLogos. Además, se puede argumentar la salida de la asignatura de la religión tal y como está planteada hoy en el sistema educativo, tal y como se ha defendido en los últimos días, ¿pero qué la sucederá? ¿El vacío absoluto? De nuevo, la apuesta de sectores académicos y de la sociedad civil, que era recogida en el último informe de la Fundación Europea Sociedad Educación, de que exista, al menos, una asignatura aconfesional sobre cultura religiosa parece no ser considerada por parte de algunos sectores políticos.

Mientras, otros cierran los ojos ante el hecho de que la sociedad española ha cambiado profundamente en el lapso de 40 años y que, quizá, esta realidad podría conllevar nuevas consideraciones a la hora de negociar los Acuerdos, pero, de nuevo, siempre teniendo en consideración que la sociedad española no es laica (laico es solo el Estado), sino plural, y que parte de esa pluralidad se sigue expresando en términos católicos. Esta era la reclamación de fondo efectuada en la plataforma “más plurales” por parte de la escuela concertada, que -en mi opinión- continúa constituyendo un ejemplo de las múltiples formas en las que la gestión pública de la diversidad social puede ser canalizada en espacios de colaboración más allá de la oposición que caracteriza a nuestro entorno mediático.

Por eso, quiero concluir esta reflexión con el deseo de que la propuesta emitida por parte del ministro Bolaños en los términos de colaboración en los que se ha formulado concluya en buen puerto a través de una travesía de diálogo, y que no quede desdibujada ante las presiones de unos y de otros. En el momento en que la vía intermedia sea abandonada por alguna de las actitudes maximalistas, la conclusión será la misma: la nada o, peor aún, el aumento de la polarización mediática ante unos principios políticos, de un signo o de otro, que han vuelto a chocar con la diversidad de la sociedad y los retos que esta implica para la consolidación de un Estado democrático en el seno de un marco plural.

El Consejo de Ministros aprueba la Ley de Memoria Democrática, que expulsará a los benedictinos de Cuelgamuros
El Consejo de Ministros aprueba la Ley de Memoria Democrática, que expulsará a los benedictinos de Cuelgamuros

Espero que el tiempo de verano en el que estamos dé descanso y sosiego para la maduración de este debate. Te deseo a ti, querido amigo, un buen periodo estival para que a la vuelta, en septiembre, retomemos nuevamente este espacio con nuevas ideas y reflexiones.

Rafael

Querido Rafael:

Nada más pertinente que la necesaria reflexión que hoy nos regalas como el mejor colofón de un curso tan duro y extraño, que precisa tanto del descanso reparador que todos merecemos, pero muy especialmente quienes han sufrido más directamente las múltiples expresiones del dolor de la pandemia, como la mirada sosegada, animosa y crítica, para reconfigurar nuestro mejor modo de encarar el trabajo personal y colectivo por el bien común, incorporando la mejor enseñanza que esta experiencia ha podido imprimir nada menos que al conjunto de la humanidad.

A pesar de la esperanza que objetivamente nos otorga el proceso de la vacunación general, cuyo logro resulta tan admirable, aunque su aplicación precise todavía de una mayor equidad, aún no han concluido sus efectos letales y las víctimas recientes nos deben seguir conmoviendo y mover nuestra mejor solidaridad, la que proviene del aprecio a la ciencia y quienes cuidan, desde tantas profesiones y voluntades, de nuestra salud, como la que apela a desterrar comportamientos públicos que merecen el reproche social y la llamada a las responsabilidades personales y colectivas.

No es preciso glosar ni una sola coma de cuanto con profunda razón comentas, criticas y solicitas. Solo me parece oportuno sumarle dos apostillas para acentuar su enorme valor. La primera procede de la valiosa orientación que supone la mejor y mayor atención a la “creatividad de nuestro siglo” como antídoto y alternativa a actitudes y comportamientos cuasi incomprensibles:cainismos tan crueles como obsoletos o sectarismos con un grado de crispación inusitado e inmoral. Pides con razón lo que viene a representar hoy seguramente una verdadera y novedosa virtud social, por cuanto supone buscar innovadores caminos e instrumentos, a partir de conocimientos sin precedentes, al servicio de un bien común capaz de superar males y desgracias irredentas. Claro que su exigencia no parece menor: es la respuesta cooperadora e inteligente frente al individualismo narcisista e insolidario, que tanto proclama el mercado consumista de enorme éxito constantemente publicitado. Trato, en fin, de señalar que tu anhelo cabe extenderlo al conjunto de la humanidad, porque precisamente los males que precisan de esa virtud social no poseen la patente o exclusividad española. Se extienden por desgracia a gran parte del mundo, promovidos por esos populismos de diversa extracción ideológica, pero de similares objetivos supremacistas y depredadores, lejos de la mejor recepción patrimonial de los valores morales de las grandes religiones vivas hoy.

La segunda apostilla se refiere a ese doble desafío que tantas sociedades democráticas tienen aún pendiente de encauzar desde un consenso suficiente y en una realización práctica que integre esa creatividad como virtud social puesta al servicio del bien común y, por supuesto, qué decir de las que no cumplen esa condición aún.  Expresión pública de las diversas confesiones y enseñanza de la cultura religiosa solo caben, a mi entender, desde esa “laicidad positiva o cooperativa” que debe presidir convicciones ciudadanas y conductas de los poderes públicos y responsables mayores de las propias religiones, es decir, finalmente del Estado y las confesiones religiosas.

Por eso resulta esperanzador que cualificadas autoridades de ambas partes mantengan una posición dialógica abierta en la búsqueda de acuerdo para los dos pactos que tanto lo precisan: la actualización de la Ley de Libertad Religiosa y la revisión consensuada de los Acuerdos entre España y la Santa Sede de la Iglesia Católica. No va a ser tarea fácil seguramente por lo que bien atisbas y porque, como tú bien nos has dicho en tu tesis doctoral y en varias y muy relevantes y recientes publicaciones el imaginario colectivo, con sus valores y duendes, tiene en este caso entrañas muy sensibles y delicadas. Por ello, quisiera que esa reflexión veraniega que tan oportuna sugieres al respecto discurriera a partir de dos pre-condiciones que, en mi parecer, contribuirían poderosamente a alcanzar tan loable propósito, una por cada parte.

Valle de los Caídos
Valle de los Caídos

Por parte del Ejecutivo y el Legislativo, poderes públicos en este caso de la responsabilidad fundamental, el incremento de su apuesta por esa expresión de la laicidad post-secular que debe traducirse en una mayor y mejor confianza en la relevancia e interés social y cultural de las propia religión católica que se expresa en sus innumerables valores patrimoniales colectivos y caracterizada hoy, más que nunca, por su diversidad. Por parte de la Iglesia Católica, a mi ver, con la voluntad manifiesta de renuncia a cualquier privilegio material, lo que implica la prioridad cristiana de compromiso de servicio, alejado de cualquier poder (ayer lo recordaba el Evangelio de Marcos en relación al discípulo Santiago, patrón de España). Desde tal doble perspectiva y voluntad común, la lectura de los viejos recelos sobre el papel de la enseñanza concertada resulta fácil de superar si se asume su voluntad de “servicio público”, como no pocos colegios quieren honestamente y su correlato de atención, evangélicamente preferente, a los más desfavorecidos de nuestra sociedad. Por su parte, ninguna de las dos partes debiera manifestar reserva inicial alguna sobre la enseñanza aconfesional, académica si cabe aún expresarlo mejor así, de la cultura de las religiones. De hecho un precepto, aislado ciertamente, de la reciente Ley educativa, permite un desarrollo potencial de ese consenso deseable.

Mientras llegan las tareas que en septiembre a todos esperan, te deseo, querido amigo, como a cada mujer y hombre que se asome a este lugar de DiaLogos, el merecido descanso y la renovada esperanza que surge desde la palabra así celebrada.

Javier

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