Benedicto XVI continuó ayer su visita a Francia con una masiva celebración en la
explanada de los Inválidos. Ante 260.000 fieles, el Pontífice expuso, una vez más,
su profundo compromiso con la erradicación de la pobreza en el mundo, y la inexcusable responsabilidad de los cristianos en la construcción de una Tierra en la que quepamos todos, en plano de igualdad. Y lo hizo volviendo a recordar la búsqueda de Dios, y el rechazo a los falsos ídolos. El principal de ellos, el
ansia de poseer, la raíz de todos los males.
Está resultando interesante escuchar a Benedicto XVI en su peregrinaje por la Francia que, sin dejar de ser la nación laica por antonomasia, trata de encontrar el justo medio entre el
respeto a las confesiones religiosas y la independencia del Estado.
El Papa ha encajado a la perfección con el siempre efectista
Sarkozy, y ambos han recordado que la laicidad -basada en la pura razón- es perfectamente compatible con la fe. Tal vez por ello, a media tarde, el Pontífice se ha dirigido al
santuario de Lourdes. Allá donde, hace ahora 150 años, la Virgen se apareció a Bernadette. ¿Cuestión de fe? Tal vez. Pero una fe que logra impregnarse con el pueblo, con la gente. Que se hace visible pese a todo. Y que logra razonar con el mundo.
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