22.10.18. Juan Pablo II (1978-2005). Una semblanza teológico-eclesial

La iglesia católica celebró ayer (22-10-18) la memoria de San Juan Pablo II, y con esa ocasión quiero ofrecer hoy una breve semblanza teológico-eclesial de su papado.

Tras el breve pontificado de Juan Pablo I, que gobernó la iglesia sólo 33 días (del 26, VIII al 28, IX del 1978), fue elegido papa el cardenal polaco Karol Wojtyla (* 1920), que tomó el nombre de Juan Pablo II, gobernando la Iglesia durante más de veintiséis años, en tiempos de gran cambio (hasta el 2005).

Su pontificado sigue marcando de manera intensa la vida actual de la Iglesia católica (2018), de forma que resulta difícil ofrecer un juicio imparcial sobre sus grandes valores y sus posibles deficiencias. Ha tenido una enorme personalidad, potenciada por su experiencia anterior, bajo la ocupación nazi de Polonia (1939-1945) y bajo el comunismo polaco (1945-1978), un papa convencido de la misión carismática de la Iglesia, que él ha dirigido de forma incansable, ante el aplauso de muchos, y el recelo de otros y la admiración de la mayoría

Ha sido uno de los personajes sociales y religiosos más significativos de la segunda mitad del siglo XX, y su pensamiento y acción ha definido de manera poderosa la vida de la iglesia católica y la política de Europa, con la caída de los gobiernos comunistas vinculados al eje soviético. Sus aportaciones pastorales y sociales son inmensas y aparecen reflejadas en una obra escrita muy extensa en la que sus discursos, encíclicas, exhortaciones y cartas, con otros textos más ocasionales, ocupan en torno a cien mil páginas.

A pesar de la extensión de sus escritos, Juan Pablo II ha sido más pastor que pensador, más hombre de acción que teólogo, aunque ha tenido un enorme interés por la cultura. En esa línea, él dejó los temas teológicos en manos de J. Ratzinger (futuro Benedicto XVI), a quien nombró presidente de la Congregación para la Doctrina de la fe (1981), encargado de defender la ortodoxia, y quiso ser pastor y papa en una línea de restauración, más que de recreación en la línea del Vaticano II.


Su pontificado ha sido generoso en el diálogo con las diversas tendencias políticas y sociales, pero ha implicado un tipo de repliegue religioso y social de la Iglesia, hacia posturas que a su juicio implican más seguridad intelectual y eclesial (en una línea de repliegue más que de verdadera misión y de evangelio). Por eso, su pontificado (exaltado por algunos como cumbre del papado y de la Iglesia católica entre el siglo XX y el XXI) aparece para muchos tiempo de más sombras que luces.

Más que impulsor universal de un cristianismo de "iglesia fuerte", Juanpablo II aparece ante muchos como el último intento de integrismo eclesial, en una iglesia que ha de volver radicalmente al evangelio.

Imagen II. El Papa Francisco visitó ayer (como es natural) la tumba de San Puanpedro II, pero su "visión eclesial" parece diferente.


Encíclicas doctrinales


Juan Pablo II es el papa que más documentos ha escrito y promulgado en la historia de la igle-sia, de forma que su magisterio abarca prácticamente todos los temas de la teología, elaborados de un modo básicamente trinitario, desde Redemptor Hominis (1979), donde desarrolla el misterio de Cristo, hasta Dominum el Vivificantem (1986), que se ocupa del Espíritu Santo, pasando por Dives in Misericordia (1980), que trata de Dios Padre. Su teología ha sido en principio muy tradicional, aunque ha querido abrirse al nuevo pensamiento de la modernidad.

Magisterio social

Ése ha sido el campo más fecundo de su pontificado, como se refleja un modo especial en Sollicitudo Rei Socialis (1987) y en Centesimus Annus (1991), donde retoma y recrea algunos motivos básicos de la Rerum Novarum de León XIII. El Papa se opone no sólo al marxismo, sino también, y de un modo especial, al capitalismo, poniendo de relieve el valor primordial de la persona y la prioridad del trabajo sobre el capital. Sus palabras han sido escuchadas con respeto por políticos y pensadores de varias tendencias, pero no han sido aplicadas todavía de un modo consecuente en el campo de la política y de la economía internacional.

Compromiso y misión cultural. Nuevos areópagos.

En este campo destaca su encíclica Redemptoris Missio (1990) que ofrece un programa muy audaz de misión cristiana, vinculando la lucha contra la pobreza (en los cuartos mundos, dominados por el hambre y la injusticia) con la presencia de la iglesia en el nivel de la cultura, abriendo así nuevos areópagos para que el cristianismo dialogue con el pensamiento actual (en la línea de Hech 17):

« a. El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unifican-do a la humanidad y transformándola —como suele decirse— en una aldea global. Los medios de comunicación social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal instru-mento informativo y formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos indivi-duales, familiares y sociales…
b. Existen otros muchos areópagos hacia los cuales debe orientarse la actividad misionera de la Iglesia. Por ejemplo, el compromiso por la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos; los derechos del hombre y de los pueblos, sobre todo los de las minorías; la promoción de la mujer y del niño; la salvaguardia de la creación, son otros tantos sectores que han de ser iluminados con la luz del Evangelio.
c. Hay que recordar, además, el vastísimo areópago de la cultura, de la investigación científica, de las relaciones internacionales que favorecen el diálogo y conducen a nuevos proyectos de vida. Conviene estar atentos y comprometidos con estas instancias modernas…» (R. Missio 37).


Diálogo con las religiones

Juan Pablo II ha destacado la vinculación entre las diversas religiones, dialogando no sólo con los monoteísmos abrahámicos (judaísmo, Islam), sino también con otras tradiciones espiritua-les, como han mostrado los encuentros celebrados en Asís, bajo al patrocinio de San Francisco, al servicio de la comunión y la paz. Ningún Papa había mostrado anteriormente esa capacidad de diálogo y respeto por las tradiciones religiosas. Sin embargo, son muchos los cristianos y los fieles de otras religiones que no están de acuerdo con la declaración Dominus Iesus, de la Con-gregación para la Doctrina de la fe, firmada por el Cardenal Ratzinger (2000), donde ha puesto de relieve la superioridad formal de la Iglesia católica.

Contra la Teología de la Liberación

Esa teología no ha sido del agrado de Juan Pablo II, como indican los documentos que fueron preparados, bajo su mandato, por la Congregación de la Doctrina de la fe: Libertatis nuntius (1984) y Libertatis Conscientia (1986), para mostrar los errores doctrinales y eclesiales de esa Teología, que, a su juicio, sería dependiente del marxismo y destruiría la autonomía de la iglesia, para convertirla en una simple instancia social, sin base en la revelación de Jesucristo. Muchos cristianos de América Latina y de otros continentes piensan que esas condenas no responden en realidad a lo que quiso y quiere la teología de la liberación, de manera que ellas deberán ser revisadas en el futuro.


Moral personal y doctrina de género


1. Moral personal. El papa ha ratificado la doctrina de Pablo VI (Humanae Vitae, 1968), profun-dizando en ella, de un modo más sistemática y exigente, en su encíclica Evangelium Vitae (1995). Sigue siendo ejemplar su defensa de la vida, en todos los momentos, pero en algunos casos (como en el rechazo global de los anticonceptivos) resulta quizá poco matizada.


2. Teología y moral de género. Juan Pablo II ha sido un papa muy interesado por la mujer en la iglesia, como muestra su carta apostólica Mulieris dignitatem (1988), donde ha defendido un feminismo de la diferencia. En esa línea, y fundándose en una visión jerárquica del Cristo Va-rón, el Papa ha rechazado el acceso de la mujer a los ministerios eclesiales. Son muchas las mujeres y los hombres que no están de acuerdo con la visión antropológica, bíblica, teológica que está en el fondo de ese rechazo.
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